Descendiendo del Cuello del Infierno

 


Picos del Infierno. El lienzo colgaba de las paredes del refugio Casa de Piedra. No tuve la precaución de anotar el nombre del autor de este bello cuadro, sorry!



Entre el Cuello del Infierno y los lagos Azules, 17 de agosto de 2021

 

Desciendo del cuello del Infierno lleno de sensaciones, camino. Me ocupa una historia de amor que trato de penetrar y meterla dentro de mí como un tesoro del conocimiento, como uno de los  grandes e inexplicables acontecimientos que suscitan en el alma una especie de ataraxia, un encuentro con uno de esos misterios que acaso nos hace hijos de una especie superior cuyas honduras nos permiten vivir y experimentar intuiciones y sentimientos capaces de hacernos llorar. Las puertas del paraíso están ahí como en Santa Teresa porque las condiciones han hecho posible un estado mental y espiritual muy por encima de  las situaciones corrientes.

Y esta primera sensación, extendiéndose como una mancha de aceite por mi ánimo, concita un estado mental propicio a las revelaciones en que la amistad y el amor se unen en un fecundo encuentro donde los hombres y las mujeres crean en su pensar, en la complejidad de su relación, un mundo sensacional, de sensación, que ennoblece y da belleza y enjundia a nuestra primera humanidad.

No estoy autorizado a relatar la historia que provoca mi estado de ánimo esta mañana y que me invita a parar junto a un arroyo antes de los ibones Azules para tratar de que no se me escapen las ideas y las sensaciones. Me conmueve esa mezcla en donde en una experiencia pueden darse la mano el amor y la muerte. En la especie de los sapiens, que tan cerca está de nuestros ancestros los otros antropoides, se ha magnificado tanto la naturaleza y la complejidad de los seres vivos que cuesta llegar a los rincones más íntimos de nuestro sentir. El amor y la muerte, dos aspectos de la vida en donde se encierran los interrogantes más  incisivos que pueden ocupar el alma humana, pueden hacernos  temblar de dolor, de euforia, de incontenible llanto. Estas cosas me acompañan mientras desciendo las caóticas pedreras que llevan a los lagos.

Más abajo, tras un nevero en cuyas entrañas nace un caudaloso torrente, el rumor del agua ablanda mi ánimo, lo sensibiliza; pero poco a poco observo cómo las impresiones primeras van perdiendo densidad. El sol está ya alto en el cielo y la luz y mis impresiones se hacen más crudas.

Vuelvo a sentarme ahora a la orilla del ibón Azul Inferior. Hace viento pero no molesta. La franja de montañas al este se levanta neta sobre un cielo sin nubes. Los caminantes con los que me cruzo son muchos desde primera hora de la mañana.

Me pregunto ahora si sería posible acceder o aproximarse a determinados estados de ánimo a gusto del consumidor o si por el contrario debemos estar siempre al pairo de lo que se derive de nuestro complejo sistema emocional. Hablo de esos instantes que desearíamos alargar infinitamente porque en ellos respira nuestro yo más auténtico o porque en ellos nos hallamos más cerca de cierta verdad del universo y de nosotros mismos. Prolongar el placer, un momento de inspiración, un instante de plenitud, retener entre las manos el soplo de una intuición… quizás ello sea posible rodeado por la música de un arroyo, el furor del viento o el silencio de la noche bajo las estrellas. Acaso en esas circunstancias sea posible atrapar escurridizas sensaciones e ideas que el ruido del mundo impide retener. Repantigado en un sillón toda la tarde frente al televisor es difícil que se susciten sensaciones interesantes.

¿De dónde derivan nuestras mejores sensaciones, en qué caladeros se pescan, qué situaciones de aislamiento o de compañía lo propician mejor? Después está también la biología; a veces es difícil saber qué parte de nuestro humor corresponde a los neurotransmisores y qué otras a las fuerzas que personalmente ponemos en juego, a las circunstancias en que envolvemos nuestros actos.  

Me adormilo junto al agua del lago tumbado al sol como un lagarto. Desperté al alba. El viento, que había sido huracanado toda la noche, todavía estaba ahí arrasando cualquier cosa que se moviera fuera de la protección del abrigo. Más allá del corral el tiempo era totalmente desapacible. A la ladera de los picos del Infierno ya estaba llegando el sol, pero daba igual, ¡era tan agradable estar allí arrebujado en el calor del saco mientras el viento bufaba entre las piedras del collado! Medio despierto medio  soñando mis pensamientos iban de acá para allá, de eso que llaman amor volaban en los minutos siguientes a los peligros que encierran las montañas y a los que con los años uno se hace mucho más sensible, o me recreaba en esa vida plena que la montaña tantas veces me ha proporcionado; pensaba en los hombres y las mujeres y en los múltiples recovecos que sus relaciones encierran, en el dolor que la muerte de alguien a quien quieres profundamente… La mañana en el saco era tanto una caja de Pandora de la que salía de todo como un remanso de paz en donde la percepción de la realidad parecía sublimada por la experiencia de los días anteriores, acaso por esa decisión mía del día previo que me obligó a renunciar a la cumbre.

Terminé pensando en eso de que la vida esta hecha de ritmos diferentes, más o menos como la música. La música de la vida. No sería tolerable una música en donde la misma melodía se repite una y otra vez, una música en la que no hubiera intervalos de silencio. En alguna parte de mi mente parecía estar fraguándose eso, un cambio de ritmo, un cambio de melodía. He pasado unos días magníficos sin dar tregua al cuerpo con mis caprichos de altura. ¿Y si me marcho a casa y cambio de rutina, pensé entonces, y dedico las tardes a leer todo eso que me traje, libros que ni siquiera he llegado a abrir un solo día, o encuentro algún rato para el cine o la música que no he tenido oportunidad de ver u oír porque en este ritmo de vida que he llevado no ha habido tiempo para ello? ¿Y si…? Pues sí, cuando abrí de nuevo los ojos, porque el sol me daba de plano en ellos por encima del parapeto de rocas del abrigo, ya tenía decidido que dejaba esas cumbres a las que proyectaba subir a dormir y me marchaba a casa.

Junto a la orilla del lago el viento se ha calmado un poco y ahora el sol pega fuerte y sin conmiseración. Estoy empezando a tostarme. Es hora de continuar el descenso.

De camino a casa decido tomar la carretera que pasa por los Mallos de Riglos, un lugar que tenía mucho que ver con esa historia de amor que había propiciado mi estado de ánimo.


Los Mallos de Riglos camino de casa

 

 

 


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