Cumbre de Peña Collarada, 13 de agosto de 2021
Son las cuatro de la tarde, he sesteado un poco en la furgo y con este calor y el atontamiento de la siesta mi cuerpo está como derrumbao. Bajé por la mañana del Aspe y estuve haciendo meditación transcendental a ver si subir o no a Peña Collarada esta tarde, cinco horas pasadas de subida que para un vejete, un servidor, para servirle en lo que se le ofrezca, probablemente será algo más. Con que me dije: lo consulto con la almohada, y me acurruqué en el sopor de la siesta a ver si con ella se me aclaraba las ideas. Total que me despierto y sin estar decidido a nada me pongo a elegir la comida que debo llevarme. Agua sólo un poco porque al menos la encontraré en el ibón de Ip. Y así, sin determinar racionalmente la cosa, como tantas veces se hace en la vida, unos minutos después ya estoy bajo ese sol de fuego (sangre sudor y fuego, el Cid cabalga). ¿He dicho que son cinco, seis horas de subida? Sí, sí lo he dicho, lo que quiere decir que difícilmente voy a llegar a la cumbre antes de la noche. ¿Que cómo está la subida? Pues no muy bien, arriba un paso para adelante y dos para atrás y ya en el punto final alguna trepada que darán trabajo a manos y pies. Pero nada, me echo la manta a la cabeza y continúo para arriba dándole vueltas al asunto y secándome el sudor que se me mete en los ojos y no me deja ver el camino. A todo esto un pequeño alivio, la cuesta se hace más respetable pero en compensación la sombra del bosque me acoge y da un respiro. Además, después de todo, qué carajo, qué gusto me da observar a mi cuerpo que se ha repuesto del calor sofocante en la furgoneta y ahora sube, bravo él aunque yo le apremio demasiado, con una holgura y presteza que me deja abobado cuando le contemplo, ese paso decidido uno, dos, uno, dos, como si le hubieran dado cuerda y le importara un pito la cuesta o el calor. Qué tío, me encanta cuando le veo así. Algo declina su ánimo más arriba cuando termina la sombra protectora del bosque, pero resiste.
Es un valle un tanto desolado donde ni cantan los arroyos ni las esquilas de las vacas. Cerca del ibón de Ip veo a lo lejos a un caminante. Le llamo a voces, ¿hay agua más arriba del ibón? No, simplemente no, lo que me obliga a descender un desagradable cuestón que ha quedado embarrado por un descenso alarmante del nivel del agua. Hoy toca aumentar la habitual dosis de agua en un litro más. En este desierto seguro que mi cuerpo y mis riñones me lo van a agradecer.
Apenas hay una sombra de sendero en toda la subida, que lo compensa, ah, sorpresa, la presencia primero de un par de solitarias edelweis que no veía desde hace años de pisar montañas, y después toda una ladera repleta de ellas. Vamos, que de sobra me premia el perder de tanto en tanto el sendero. Más arriba emprendo un penoso ascenso por pedreras inestables de piedra pequeña por la que es difícil no resbalar. Tan metido estoy en ganar palmo a palmo altura que cuando miro el gps encuentro que de las dos canales que tengo delante he elegido la errónea. Media hora o más que tal como está avanzada la tarde sospecho que me va a obligar a usar la linterna para terminar la ascensión. Las montañas a mi espalda tienen ya el color ámbar del último adiós del día. Poco más arriba del collado la poca luz que queda me obliga a forzar la marcha al punto de tener que parar un rato más tarde a comprobar mis pulsaciones que en ningún caso deben sobrepasar los cientos setenta. Están al límite. Debo aflojar la marcha. Termino sacando la linterna cuando pierdo los hitos y me encuentro ante unos escarpes que piden el uso de las manos. En este punto recuerdo a Alex Hannold escalando en México una pared de máxima dificultad en plena noche. Qué poca cosa es uno, ¿verdad? me digo a mí mismo ante la incertidumbre de hallar en aquel laberinto oscuro el camino correcto. No vuelvo a encontrar ningún hito hasta la cumbre, así que despacio y ojo al parche. Un poco de intríngulis si me entra por dentro ante la posibilidad de encontrarme algún resalte infranqueable. Pero bueno, no hay penas ni incertidumbres que mil años duren y por consiguiente veo apuntar la luna a mi izquierda y minutos después estoy en la cumbre.
Las diez y cuarto de la noche. Las luces de Canfranc quedan allá abajo lejos como luciérnagas en lo hondo de un pozo. Algunas fotos de la cumbre y a preparar la piltra. El cielo me tiene suspenso durante mucho tiempo tras la cena. Es un espectáculo inagotable.
El despertador suena a las siete pero la bruma va a convertir el amanecer en un cuadro algo desteñido, me digo, y me echo a dormir de nuevo hasta que el sol se mete de lleno en el corral de mi vivac.
Dos horas más tarde busco un lugar donde descansar un rato. Hace un calor del carajo, la cabaña donde paré ayer unos minutos no aparece, tengo la impresión de que durante la noche alguien la ha desplazado unos kilómetros más abajo. El sendero se abre paso por un pasto totalmente agostado, ni un árbol, nada que alivie este calor. Una hora después estoy con los tachines metidos en el agua del río mientras doy cuenta de un brick de zumo de piña. Terminado éste a la orilla del río pasa frente a a mí una moza camino del agua con las tetas al aire y no se me ocurre pensar otra cosa, sí, que por qué coño las tetas traen tanta polémica o por qué su insinuación más que su visión arroba la mirada de los sapiens, total, dos protuberancias a la altura del pecho coronados en su punta como el Teide por la magia de un pezón. Quién coño tramó esto, ¿un dios asexuado, un diablillo que quiso jugar con los sapiens y la turgencia de sus genitales? Es muy fácil decir que la especie se las arregla para procurarse de la manera que sea la reproducción; la especie, eso que suena como si fuera una sociedad anónima, ha hecho tantas maravillas, además obviamente eso de procurar la reproducción de animales y vegetales, que uno a la fuerza tiene que pensar que la tal especie debió de seguir sofisticados estudios de bellas artes, especialmente en lo que se refiere al diseño de los cuerpos, los femeninos en especial, pero indudablemente también los de su género opuesto. En fin, misterios de la fe.
En Canfranc me encontraré hoy con Nuria y más tarde con Toti, un muy agradable imprevisto que completaremos después desplazándonos hasta los Baños de Panticosa para cenar con Pilar y José Manuel Vinches.
No hay comentarios:
Publicar un comentario