El Calvitero bajo una luna en cuarto creciente

 

La noche se cierne sobre la cima del Calvitero



Cima de El Calvitero, 10 de septiembre de 2021

 

Casi un cuarto creciente de luna y un sol fin de tarde herrumbroso nada espectacular. Me decía David hace un rato en un comentario que le gustaba esa colección de fotografías que el alba y el crepúsculo van dejando en el recinto oscuro de mi cámara. Le decía yo que sí, que esas dos horas mágicas del día dejan frecuentemente una estela de belleza tal sobre el paisaje que no es necesario siquiera ser un mediano fotógrafo para llevarte a casa una hermosa fotografía. No siempre, claro, que el sol y las nubes son como los gatos, que sólo se dejan acariciar cuando a ellos les da la gana. Aunque en el caso de un bello atardecer más bien nosotros los que somos acariciados; nuestros sentidos, nuestra mirada en tales circunstancias, son las puertas y ventanas a través de las cuales entramos en contacto con esos pequeños milagros que acontecen a diario y a los que probablemente un mundo tan ocupado como el nuestro apenas tiene tiempo de celebrar.

Ayer noche, mientras finalizaba las últimas páginas del libro de Annemarie Schwarzenbach, El valle feliz, y pasando de puntillas sobre la desgarradora vida de la autora, constataba que cuando un buen narrador en estado de gracia, valga decir con todos sus sentidos despiertos y dispuesto a extraer toda la belleza que encierran tantos rincones del mundo, tiene la oportunidad de encontrarse en soledad con un particular paisaje, un valle, una montaña, un bosque, el mar, de ello pueden resultar páginas de una honda poesía que, cuando llegan al lector producen en éste la impresión de ser un disminuido mental, yo mismo en ocasiones, por no saber, haber sabido sacar en parecidas circunstancias, más que una mínima parte que el poeta, el escritor expresa en sus páginas. Yo probablemente habré pasado por decenas y decenas de valles como el que describe Annemarie, el de Lahr (el valle feliz), y acaso pocos de ellos los he sentido tan vívidamente como cuando leo del estado de ánimo que suscita en su autora, cuando párrafo a párrafo veo sobresalir el Damavand nevado al fondo de alguna de sus páginas como una loa a la belleza profunda de ese rincón del planeta.

Cierta mañana la autora es sorprendida por la belleza del momento y exclama: “El cotidiano amanecer. ¡Yo lo veía por primera vez! ¿Había estado ciega hasta entonces? ¡Tanto tiempo en este país y no había visto nada hasta ese amanecer”. Hay muchos modos de ver un paisaje y nuestro estado de ánimo, nuestra atención, nuestras expectativas, nuestra sensibilidad e incluso nuestra cultura tienen una buena parte en el resultado que obtenemos al contemplarlo. Eso que el otro día Martínez de Pisón nombraba como territorio, la parte objetiva del paisaje, su fisicidad, sería pobre cosa si no contara con todos los atributos de la subjetividad que nosotros le añadimos. Quizás en torno a estas consideraciones esté la clave de esa mayor o menor belleza que encontramos frente a un paisaje; la emoción, el entusiasmo, el sentimiento de plenitud que en ocasiones va anexado a una determinada vivencia en la naturaleza, tiene que ver con esa naturaleza, pero con mucho su intensidad acaso se relaciona con nuestra persona, con nuestro estado de ánimo.

Y mientras leía sobre esos paisajes, el desierto, las montañas, me preguntaba cómo sería trascender, ir más allá de lo vivido corrientemente, cómo penetrar más allá de la escueta visión de lo bello, la estampa bonita, el atardecer espectacular. ¿Qué es lo que nos separa de esa vivencia que leída en el libro de Annemarie me parece de una maravillosa y extraordinaria profundidad y que probablemente a un viajero corriente sólo le merece la atención de una mirada distraída?

Hace un par de años recorría yo los altos valles al sur del Eiger. Un día de aquellos, inesperadamente, al cruzar un collado, avisté la enorme depresión por donde serpentea el glaciar más grande de los Alpes, el Aletsch. El glaciar descendía formidable, enorme describiendo amplios y elegantes meandros de hielo entre las montañas. En su cabecera las cumbres de la Jungfrau, el Eiger, y el Monk, erguidos como una  blanca y divina Trinidad, coronaban lo alto del valle. Recuerdo la profunda emoción que me embarga ante aquel espectáculo. Acampé frente a aquel escenario, necesitaba quedarme allí como un monje frente a una aparición. Hacer nada. Contemplar, mirar, dejarme bañar por el crepúsculo y la noche, por el amanecer. Al día siguiente caminé durante todo el día junto al glaciar. A la tarde me tropecé en lo alto de las morrenas con el terminal de un funicular. Cientos de personas merodeaban por el lugar, salían de las cabinas con la cámara pegada al ojo, sacaban una ristra de fotografías y después se dedicaban a hacerse selfies durante varios minutos, transcurrido lo cual se daban media vuelta y buscaban la cafetería para tomarse un refresco. Apenas nada de aquella belleza llegaba a sus corazones. Con la tarde avanzada tomé un pequeño sendero más abajo del glaciar que atravesaba un enorme barranco mediante un espectacular puente colgante. Por debajo de él, cien, doscientos metros en lo profundo, las tumultuosas aguas verdosas procedentes del glaciar ofrecían un espectáculo grandioso y salvaje. En la otra orilla volví a instalar mi tienda, junto al enorme fragor de las aguas que bajaban como precipitándose en el Infierno. Volví a dormir al arrullo de ese mundo primigenio que se respiraba junto al tumulto del agua.

Hago una pausa para mirar al cielo. La Vía Láctea cruza en diagonal por encima de mi vivac, atraviesa sobre Casiopea, y en el cenit, sobre mi cabeza, se abre camino entre Debeb y Vega para seguir su rumbo más allá del Triángulo después de atravesar el vértice en Altair. Queda a su izquierda el astro más brillante desde mi posición. Según SkiMap se trata de Júpiter. En la misma línea vertical estarían también Saturno y Neptuno, pero ni los veo ni estoy seguro. Necesitaría a mi amigo Paco el Estrellero para confirmarlo. Ni una nube, una ligera brisa, hacia el este y el norte las luces de pequeños pueblos perdidos en la oscuridad del llano.

Amanece tras el muro de piedra de mi vivac

En aquella ocasión de los Alpes mi sensibilidad estaba a flor de piel, todo lo miraban mis ojos, todo lo retenía y absorbía mi alma.

¿Será acaso que en las más de las veces vamos por la vida distraídos, que no sabemos  escuchar y ver, que en lo profundo de la naturaleza hay algo que pasa inadvertido a nuestros sentidos, a nuestra sensibilidad?

Al final de la tarde hacía frío y me había refugiado en un amplio corralillo bastante protegido y, metido en el saco, me había hecho la cena. El atardecer era deslucido y me había convencido a mí mismo de que no merecía la pena salir del saco para hacer alguna fotografía. Y minutos después: pero coño, ¿cómo iba a dejar mi crónica ayuna de alguna imagen? Total, que salí del saco, me calcé, monté el trípode y allí junto a unas prominentes rocas me fui en una carrera a ver si todavía cazaba un poco del turbio sol sepultándose más allá del embalse de Gabriel y Galán. Creo que salieron algunas imágenes que acaso merezcan la pena. En general son muy parecidas siempre, pero me gustan. Como el atardecer a palo seco queda muy sosito no tengo más remedio que ejercer de modelo. Clic, salir corriendo, subir a una roca y adoptar una pose todo lo más pasable que puedo. Desde arriba veo flashear a la cámara. Ya está. Así unas cuentas veces. No me olvido de la luna. Quizás me sirva para componer y dar amenidad al cielo. Al final, con el sol ya puesto, incluso el cielo se ha puesto bonito.

Es medianoche. Hora de dormir. Bonne nuit.

 

 


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