Eduardo Martínez de Pisón. Paisaje, naturaleza y montaña.

  



El Chorrillo, 13 de septiembre de 2021

 

Últimamente suelo salir a diario a caminar antes del alba. Esta mañana en el cielo de levante alboreaba una débil claridad cuando empezaba a descender hacia el arroyo Tochuelo, una larga depresión que corta las ondulaciones del terreno, tierra de cebadas y trigales con almendros y olivos dispersos aquí y allá y que más adelante, acompañando el curso del mal llamado arroyo, que acaso lo fuera un siglo atrás, se adorna con la presencia de altos y añosos olmos. Un paisaje conocido desde treinta años atrás cuando decidimos comprar una casa en la soledad del puro campo y que se ha convertido en el entorno habitual de mis caminatas mañaneras. Las más de las veces son dos horas de intensa conversación con el hombre que va conmigo, que diría Machado, donde unos temas suceden a otros llevados por los caprichos de la concomitancia unas veces, otras animados por una idea recurrente que se me ha quedado enredada en el pensamiento.

Hoy, sin embargo, tuve la inclinación de cambiar mis hábitos y quise aprovechar mientras caminaba en el silencio de la mañana para escuchar la voz de Eduardo Martínez de Pisón, voz apacible y sin prisas, voz que emana del conocimiento y del amor a la naturaleza y que hoy hablaba de paisajes, naturaleza y montaña. Había dejado atrás el rumor de hojas del cañaveral y la pella de fuego del sol empezaba a asomar por encima del flequillo del horizonte, allá sobre el cercano olivar, cuando Eduardo empezaba su charla relatando los principios de sus contactos con la naturaleza.

Hablaba en algún momento de la diferencia que existe entre territorio y paisaje. Siempre me admiró la preparación de esas personas que son capaces de dar una estructura a las ideas, la capacidad de organizar un discurso en donde los elementos del mismo encuentran su lugar, su relación de causa efecto, su orden lógico y natural. Aquello que el resto de los mortales vemos como un conjunto indiferenciado, sin límites precisos, sin una relación clara de dependencia, cuando encuentra una mente brillante, pasa de ser opaco, ambiguo, indeterminado a cobrar unos perfiles, una claridad que para el que lee o escucha se presentan en ocasiones como una aparición, un descubrimiento. Me gusta especialmente esa clara visión con que nos introduce Martínez de Pisón en algunos conceptos. La vieja idea de que la belleza está tanto en el ojo del que mira un paisaje como en el paisaje o la obra de arte en sí, Eduardo la lleva a la definición de paisaje que, siendo un lugar, tiene, a diferencia del territorio que éste representa, que sólo es eso, un bosque, una montaña, un barranco, su fisicidad, un elemento subjetivo que es el que hace del paisaje un producto de la civilización. El paisaje, afirma Martínez de Pisón, es el resultado que lanza la mirada sobre un territorio.

Cuenta en su entrevista cómo desde niño aprendió a mirar la naturaleza y a escuchar lo que ésta le decía, y naturalmente es algo que suena en mis oídos con el gusto de quien de carambola encuentra en su propia infancia los instantes de gestación de uno de los aspectos que va a enriquecer la propia historia personal a lo largo de toda la vida. Eduardo habla de cómo buscaba lagartos y cuervos en sus correrías de la niñez, ese entrañable tinte que tenía la infancia de entonces y que en mis años de niño es un río donde pasaba acampado los veranos, el arco, las flechas, la caña de pescar, las cabañas en los árboles, el fuego por la noche junto al rumor del río.

El paisaje tiene carácter porque tú lo miras, porque él encuentra un lugar en tu corazón y será el escenario de una parte considerable de tus afanes. Martínez de Pisón no se conforma con asignar al paisaje ese aspecto que el viajero, el observador, el caminante aporta con su mirada, va más allá. La montaña, el paisaje, afirma, te toca el corazón y ya eres un sujeto poseído por las montañas. Preciosa afirmación ante la que a todo aquel que amó las montañas desde su adolescencia no le cabrá otra cosa que sonreír con complacencia. Poseído por las montañas…

La mujer que le hace la entrevista apenas tiene nada que decir, al profesor le han dado la posibilidad de hablar de algo que ama y él enhebra su discurso tema tras tema profundizando con sus palabras en un puñado de ideas. El sol ha levantado ahora sobre el horizonte y los herbazales; todo el campo agostado se baña en el brillante amarillo de los cuadros de Van Gogh y Brueghel. Un día más por delante comienza. Sólo se ama lo que se conoce, afirma el entrevistado, así como de pasada, las montañas, los ríos, las flores, las aves… ¿Cómo no profundizar cada día más en el conocimiento de lo que amamos, cómo no darles nombres, asignarles un lugar dentro de nosotros? Una vez caminé algunas horas por el Pirineo con un peregrino, eso se consideraba él. Cada vez que atravesábamos un collado, se volvía hacia el valle y las montañas que dejaba atrás y con los brazos en alto se despedía de ellos: ¡Adiós montañas, adiós, valles, gracias! Y lo hacía de corazón, como quien se despide de un buen amigo hasta nunca, hasta la próxima vez. Eduardo cuenta cómo hacía él algo parecido en la Antártida, cuando tras una larga estancia de trabajo y estudio en el lugar, se despidió de aquellas tierras, un día en que precisamente un rayo de sol irrumpió en la bruma de la tarde para corresponder a su saludo. Tenía la impresión, dice, de que todos los lugares le decían adiós.

Andaba ya la entrevista hacia el final cuando llegué al alto del olivar donde el sendero tuerce noventa grados a la derecha para dirigirse a mi casa, un territorio de cultivos de secano, columbrado por el bosquecillo de los olivos, que tiempo atrás, cuando Filomena, se convirtió en el paisaje más encantador que uno pueda imaginar en una tierra de cebadas y trigales. No sé si para Martínez de Pisón esta inesperada nevada, la belleza de aquella mañana en que Victoria y yo armados con el material de montaña de invierno y calzando las raquetas de nieve, salimos al alba de casa para ver amanecer en esta estepa rusa invernal en que la nieve había transformado los campos vecinos, no sé, digo, si aquello lo podríamos llamar paisaje o territorio, pero lo cierto es que nunca más este tramo de camino que hago esta mañana oyendo una entrevista podrá estar más bello que en aquella ocasión.

Ya imaginaba yo que sería difícil terminar una intervención así sin añadir unos cacillos de poesía. Cita Martínez de Pisón a algunos poetas, recita unos versos, pero acaso la expresión más hermosa que le oigo es cuando se refiere a la necesidad de penetrar dentro de la montañas, nada que tenga que ver con la espeleología, si tu escalas las paredes y aristas del Midi d’Ossau, afirma, lo que estás haciendo es trepar por el interior de una catedral fantástica, fabulosa.

Que los hados nos conserven su lucidez, su sencillez, su sabiduría, por muchos muchos años.  

 


 


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