Esa mirada…

  


No sé de quien es el original, probablemente de Luis M. Soriano.


El Chorrillo, 15 de septiembre de 2021

 

Espero que Carlos no lea estas líneas porque, aun siendo de Carlos de lo que hablo, en realidad es de la fuerza y el vigor que puede encerrar el ser humano en su interior, tesoro que pocos son capaces de desenterrar, bien porque, como en La isla del tesoro, no consiguieron el croquis que les llevara a él, bien porque acaso los tesoros que todos llevamos dentro están tan profundamente enterrados en nosotros que sólo los buenos zapadores son capaces de acceder a ellos. Espero, porque quizás lo que siento bajo esa mirada que me mira tan intensamente es la presencia de un yo que me escruta, que me interroga, que me dice, gilipollas, no pierdas el tiempo con las tontunas del mundo, con tus ridículas flaquezas, sé tu, sé tú la fuente de toda tu vida, haz de ella algo que merezca la pena; a la mierda tantas pamplinas, tantos dimes y diretes, tantas memeces con que inundamos las redes y las portadas de los periódicos. Brindemos con Walt Whitman, el Poeta del Cuerpo y del Alma, por la vida. La vida es un éxtasis. Lo dice Emerson, el clarividente, el hombre fuerte, el descubridor de Whitman. Ojos que no ven, corazón que no siente, así hasta que tropezamos accidentalmente con la Mirada, esa Mirada que hoy me cautiva y que habla con la fuerza de la desproporción, de la seguridad de una verdad que se muestra a través de unas pupilas llenas del vigor de la vida.

No te detengas
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario”.

Walt Whitman, naturalmente.

Tambaleante y todavía un poco dormido me echo al camino. Me voy comiendo un racimo de uvas en la claridad del amanecer. Al poco pequeñas gotas de agua empiezan a caer. Atravieso el túnel de la autovía. Una autovía que antes apenas tenía tráfico y que cada vez está más concurrida L. Medio país despierta a esta hora camino del trabajo. Privilegios de jubilado. Hablamos siempre tánto de lo mal que está el mundo que a uno le da rubor decir lo contrario. Paso junto a una finca, ocho ocas con el cuello estirado como señoras de postín camino de la ópera se pasean por el terreno. Rubor porque hace ya 15 años, casi la mitad de mi vida laboral, que no doy palo al agua y recibo religiosamente cada mes una paga que me da para vivir y para cubrir todos los caprichos que pueda imaginar. El camino se estrecha acompañado por el verdegris de las retamas. No, no parece que vaya en serio eso de la lluvia. Me pregunto si no haremos de agoreros con excesiva frecuencia. Pasada media hora ya apenas se oye el ruido del tráfico de la autovía. Un respiro. El rumor de mis pasos, algún pájaro cantando en la hondonada donde el cañaveral, un gallo a lo lejos dando los buenos días a la mañana. Una tormenta de semanas atrás que duró toda la noche ha dejado sus señas de identidad en los campos y en los caminos en forma de riadas. Ha quedado el terreno como el cauce de un río abandonado. Ahora viene la cuesta que lleva el camino del cementerio de Batres. Desde este altillo es de donde veo amanecer todos los días. Hoy no, hoy la mortecina luz del amanecer tinta de suaves y apagados colores ocres los campos recién arados. Un grupo de retamas alcanzadas días atrás por el fuego exhala un profundo olor a tierra calcinada. Cuatro perdices levantan el vuelo a mi paso. Más allá, sentado en medio del camino con las orejas tiesas, un conejo escruta la llegada del caminante, unos segundos y sale disparado, se pierde entre las retamas. Jubilado eres y en polvo te convertirás. Un día llegará en que, como en los versos de Juan Ramón Jimenéz, yo me iré y se quedarán los pájaros cantando… etcétera, los carboneros, los mirlos y los conejos ya no verán cada madrugada a un solitario caminante atravesar sus tierras.

Pero esta mañana esencialmente es la intensidad de una Mirada la que acapara mis pensamientos, y ello pese a la lectura a la que he vuelto poco más allá, La fuerza de existir, cuando el sendero empieza a zigzaguear hacia el arroyo Tochuelo. Onfray, filósofo en la linea de una reivindicación del potencial liberador del placer y de la necesidad de romper con la tradición que nos ha hecho creer que el mundo material no cabe en el cielo de las ideas, alimenta también mi sed matinal de conocimiento y existencia. E interrumpo mi lectura para volver a la Mirada. El día anterior había encontrado en el muro de un amigo la fotografía de Carlos y bajo ella le había comentado: “¡Qué mirada!... y qué determinación en ella”. Él me había respondido: “Carlos es el que me inspira para comenzar un nuevo proyecto, aunque no tenga nada que ver con la montaña”. Mi amigo tiene setenta y tres años y actualmente cursa estudios en Bellas Artes en la universidad de Salamanca. No es poca cosa… No es poca cosa también que a esta edad alguien te inspire para iniciar una carrera universitaria. Nunca Carlos ni otros tan decididos como él podrán saber la enorme repercusión que su vida y su hacer pueden tener en el corazón de otros hombres. Esos hombres que alimentan nuestras expectativas y dan textura y realidad a nuestros sueños.

Últimamente tengo una pequeña debilidad, le digo a este amigo estudiante de Bellas Artes, colecciono miradas. Las meto en un cajón y de tanto en tanto las contemplo. En ese cajón hay ya algunas de Carlos. En realidad a veces me siento como cuando era niño y alimentaba mi mente infantil con biografías de hombres notables que me ayudaban a encontrar el camino de alguna verdad que se revolvía en mi interior como buscando una brújula con la que orientarse.

Seguro que en el mismo cajón en que guardaba tantas miradas ese caminante y al que los carboneros, los mirlos y los conejos ya no verán cada madrugada en un cercano o tardío otoño, alguien encontrará unos versos de agradecimiento,

Miraste a los ojos, penetrando,
en lo más profundo de mi alma.

Obviamente Walt Whitman.


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