Cumbre del Casquerazo, 19 de septiembre de 2021
Me había encontrado unos hitos que dejaban la portilla de los Machos a la derecha y por allí tire. Los hitos me llevaron a la misma cumbre, un montón de pedruscos unos encima de otros y ni la más mínima posibilidad para instalar allí mi vivac. Chasco. Vamos, que después de todo este subidón ¿no voy a poder dormir en la cumbre?, me dije nada más ver aquello. Tan habituado estoy a encontrarme en las cimas un corral a la medida de mi gusto, que esto empezaba a indisponerme con esta cumbre. Pero no seas impaciente. Busca, me dije, y efectivamente, no me hizo el feo porque más allá, descendiendo un poco en dirección a la portilla de los Machos, allí estaba esperándome ese habitual rincón que los hados me destinan semana tras semana. Un corralillo pequeño, pero coqueto y acogedor, todo un balcón abierto sobre las lejanas profundidades de la comarca de
Ah, y lo peor de todo es que ni luna ni nada, que si asoma con estas rocas por encima de mi vivac, será cuando esté sopa. De todos modos la luna llena llena es el lunes a las once de la noche, así que si quiero luna lunera cascabelera me parece que voy a tener que buscarme otro sitio para la noche próxima. No sé por qué, pero es que me había encaprichado con eso de la luna –de caprichos se vive, ¿no?– me había hecho a la idea de tener una luna grandota como un enorme queso guardando mi sueño.
Hace un rato, subiendo los Barrerones, atravesó la ladera la brisa de los recuerdos, aquellos primeros años de visitar Gredos, cuando haber descubierto la montaña recientemente implicaba que uno no pensara en otra cosa durante la semana que en ese corredor que se te había metido entre ceja y ceja, esa pared que subía, como quien diseña un atrevido dibujo en un folio, por medio de la cara sur del Perro que fuma, esa vía todavía virgen que partía de las Canales Oscuras y recorría aquella umbría roca del Cuerno del Almanzor… toda una inquietud que, hasta que el autocar de Goyo no nos dejaba sobre
Pero la brisa de hoy lo que me traía especialmente era un puñado de sensaciones, ese silencio que se cernía sobre el Circo de Gredos cuando poco a poco lo íbamos dejando a nuestras espaldas tras dos intensas jornadas de escalada. Recuerdo esa sensación de plenitud, de sueño cumplido mientras despacio descendíamos los Barrerones camino de
Visto desde esta tarde, aquellas primeras salidas a Gredos tenían un nosequé que acaso se parece mucho, sí, a ese estado en que vive todo enamorado. Quizás sean diabluras o inventos de la memoria que tiñe el pasado de benevolencia, pero creo que no, que realmente aquellos primeros años fueron un amor platónico en todo su amplio sentido, de ahí esa sensación de que hablaba más arriba de cierta melancolía con la que retornábamos a casa. Me sucedía con Gredos, pero no con Galayos ni con
Más tarde, ya sabemos, las cosas dejan de ser tan bonitas y adquieren el cariz de lo corriente, esa normalidad con que hoy día tras día seguimos visitando las montañas. De hecho me llamaba la atención, cuando hoy me cruzaba con la gente que regresaba a
Sí, ya sé que hablar en estos términos a la gente cuerda le puede parecer algo totalmente trasnochado, pero es que en aquellos tiempos teníamos de todo menos cordura. Benditos los locos porque de ellos será el reino de los cielos. Sufríamos una especie de borrachera de montaña que nos dejaba totalmente fuera de nuestros cabales, porque fuera de nuestros cabales teníamos que estar para dormir en invierno con muchos grados bajo cero en
Pero qué preciosas tonterías hacíamos en aquellos años, Dios. Rumor de viejos tiempos, daguerrotipos, el placer del recuerdo.
Y levanto la vista del teclado del teléfono y, date, ahí tengo a la luna colándose por una rendija entre las rocas de la cumbre. Y resulta que ella no es otra que la mismísima que alumbraba nuestro vivac hace medio siglo un invierno junto a los Hermanitos, una noche que hacíamos
Montañas que me dais la vida, titulé yo uno de mis libros, esos que narran alguna travesía veraniega por Alpes o Pirineos. No sé si las montañas tienen entidad propia o soy yo el que revisto a las montañas de una subjetividad similar a la de los seres humanos, pero sea tanto una apreciación subjetiva como no, lo cierto es que esas dichosas montañas han tenido y tienen una fuerza tan extraordinaria sobre nosotros que justo es que demos las gracias por el hecho de que ellas se hayan cruzado en nuestras vidas.
Fue obligado poner el despertador porque sin sol que me diera en la cara por la mañana lo mismo seguía durmiendo hasta el mediodía. Sonó, me incorporé y allí estaba el sol de dorados dedos cubriendo de ámbar y caramelo las cumbres del Circo. No demoré mucho en el saco. Quizás más abajo todavía podría hacer alguna fotografía interesante. El Ameal, Risco Moreno y el mismo Almanzor aún vestían sus galas del amanecer en las cercanías del refugio. Las aguas tranquilas de











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