Cima de Peña Oso, Mujer Muerta, 4 de septiembre de 2021
La profundidad de mi vivac de hoy apenas me deja ver unas pocas constelaciones, el mango de la sarten de
Las historias de los pozos en el cine son tan truculentas que lo mismo me paso al montar la escenografía de mi escritorio; basta recordar aquella de El imperio de la pasión (Nagisa Ōshima). Sí, que eso de tener un escritorio tan chulo, porque escritorio sería esto aunque esté tumbado y dentro del saco, da para que uno se adentre tanto en un relato de Landolfi como en alguna historia de terror de Poe o Lovecraft. No tengo cobertura para comprobar lo que dice
Bueno, vale, que tan poco es pa tanto este fortín de rocas destinado a proteger del viento a los locos que gustan dormir en las alturas. Además hoy ni siquiera pensé que fuera a escribir. Se me hizo tarde subiendo, quise apretar y me pasé de revoluciones, ese límite que dice mi cardiólogo de 220-(la edad que tienes); me pasé de revoluciones a mitad de la subida entre el puerto de Pasapán y Peña Oso, así que ateniéndome a esa fórmula que ya empieza a mosquearme montón, que yo en otros tiempos jamás me atuve a límites de ese cariz, pero que cumpliendo años parece necesario aceptar, no vaya a ser que por correr me vaya a dar un patatús; ateniéndome a ello, decía, algo aflojé el paso. La próxima vez que tenga oportunidad de hablar con Carlos Soria, lo primero que le pregunto es cómo lleva él eso de las pulsaciones y si hay bronca por medio de su médico cuando no hace ni puto caso de la dichosa formulita. Porque vamos a ver, si él tiene, creo, ochenta y dos tacos, si las cuentas no me salen mal, no debería pasar de 220-82=138 pulsaciones por minuto, pulsaciones que yo alcanzo tan solo subiendo las escaleras del metro; corriendo, se entiende. Se me hizo tarde subiendo, decía, pero se ve que si no esnifo dos o tres rayas de escritura lo mismo me da un patatús. Así que al trapo.
Bueno, y llego al fin al fondo de la cuestión que traía hoy en la cabeza: un nuevo libro que sorbo los dos últimos días gota a gota para que me dure una pequeña eternidad. Y es que sucede que días atrás dos chicas y un chico que me bienquieren, porque si no les habría sido imposible dar con uno de los mejores regalos que uno pueda recibir, que atinar, cuando quieres hacer un regalo, con el libro adecuado no es moco de pavo ni sucede a menudo. Antes de seguir: Malela, Lucía, Quique: ¡Muá, muá, muá! Sois unos cielos, ¡Gracias! ¿Qué cuál es el título del libro? El valle feliz, un valle a los pies del Damavand, la montaña volcán más alta de Persia (Persia en tiempos de Annemarie Schwarzenbach, su autora). Annemarie, una mujer valiente y solitaria, periodista, arqueóloga y escritora, que en los años treinta del pasado siglo se hizo una apasionante vida a la medida sus deseos y que vierte en las páginas del libro que cayó en mis manos días atrás una fuerza tal de ponerte en situación de buena esperanza. No es que a estas alturas vaya a quedarme embarazado, es que además de ser un placer la lectura del libro, una refrigerante brisa las sensaciones que suscita, la vida de esta mujer y su actitud aventurera vuelve a poner un interrogante, a suscitar, a reafirmarme en aquello de que la vida puede ser un arte si te lo propones.
Esa duda que tantas veces tengo yo con el peso de mi mochila, la cantidad de cosas que por una razón u otra se me han hecho imprescindibles, ella se las ventila prescindiendo prácticamente de golpe de casi todo. De cara a adentrarse en la profundidad de un mundo desconocido por un tiempo ilimitado, lejos de casa, de la civilización, en una tierra inhóspita, determina hacerlo apenas con lo puesto, deja atrás su cámara, sus libros, prácticamente todo, “Quería que mi equipaje fuera cada vez más ligero, ni objetos, ni fotos, ni libros, ni nombres, ni techo sobre la cabeza”. Y lo hace sola. Y yo, que amo esa clase de vida, leo estas cosas con delectación; decisiones que son algo más que poesía y que en Machado, ese desnudo como la mar, representa acaso sólo una metáfora, se convierten en Annemarie en fuerza motriz de su vida.
Y me sucede algo curioso leyendo a esta mujer, que una montaña, el Damavand, que ya se me había sugerido a través del maravilloso cuadro de las fotografías de Luis M. Soriano o del relato del amigo Paco, que había ascendido con Luis Miguel esa cima el pasado año, y que aún así no terminó de llamarme la atención especialmente, llegado a las páginas de Annemarie, a su poesía, a su vida en el entorno de del Damavand, se transforman por obra y gracia de la escritura en un lugar encantado donde un valle, el volcán, el paisaje y la vida de una mujer confluyen en un todo que es el que yo como lector aspiro como si de una fragancia nueva se tratara.
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| El Damavand. Original de Luis Miguel Soriano |
Algo muy especial sucede cuando las montañas se pueblan con el paso de los hombres, con su poesía, sus miradas, sus atractivas vidas, esa gran diferencia que viste a las montañas no sólo con ese escueto deseo de ser escaladas, “conquistadas” (¡Qué ironía!). Cuando una montaña nace en tu corazón es porque un poeta, un verdadero amante (nunca un coleccionista) se ha interpuesto en tu camino y ha llenado tu alma con alguna especie de íntima belleza, una historia. Un desconocido anhelo sube entonces por tus venas.
Hoy, pensando en el libro de Annemarie, en la idea de que mucho de lo que vivo en estas noches de vivacs en las cumbres puede escapárseme en ese empeño por escribir –qué difícil es hacer dos cosas a la vez, disfrutar de la noche y lo que te rodea y a la vez dar cuenta de ello–, hoy, digo, intensifiqué mi atención, apagué varias veces el teléfono durante la escritura para contemplar el universo sobre mi cabeza. No sé si el procedimiento es válido, creo que no lo es del todo, pero al menos me sirve para tenerlo en cuenta. Cuando Annemarie decide en su viaje definitivo abandonar tantas cosas hasta quedar casi con lo puesto, a lo que aspira es a vivir lo más intensamente posible. ¡Cuántas veces habré pensado yo lo mismo, no tomar fotos, no escribir, dejar de usar el gps. ¡Ah, si me atreviera! Que todo se quedara en vida, en sensaciones, en el placer de la contemplación. Y junto a ello ese otro contradictorio y liberador deseo de pasar por la vida sin dejar huella que Marina Tsvetaeva cantó algún día:
Y, quizás, la mejor victoria
sobre el tiempo y la gravitación...
es pasar sin dejar huella,
pasar sin dejar sombra
sobre los muros...
¿Y cuánto tiempo ha transcurrido desde que comencé a escribir? Acaso dos horas. Y ya no queda ni rastro de mi cansancio. Y contemplo la escritura, la escritura sedante, la escritura que te deja bien, que te reconcilia contigo mismo y que en tantas ocasiones te abre el camino a la belleza del mundo, y sí, creo que todavía tengo que llevar la escritura conmigo, la escritura amiga, la escritura, la almohada en que declinar la cabeza y el cansancio. En fin. Sobre el brocal del pozo de mi vivac las estrellas brillan lejanas y amigables. Recuerdo ahora a Julio Villar atravesando el Atlántico en su cáscara de nuez y contemplando en silencio su soledad, el firmamento, todo él tachonado de estrellas. Ser valiente en la vida tiene sus compensaciones. A mí me gustaría contemplar una mañana tras otra, allá por encima de mi tienda de campaña el Damavand del que escribe Annemarie, me gustaría contemplar ese firmamento cuajado de estrellas en la soledad del océano de ¡Eh, petrel!, pero como decía el otro día un compañero en FB hablando de Carlos, para hacer ciertas cosas en la vida hay que echarle muchos cojones.
Buenas noches desde bajo las estrellas.
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| ¿La meadita del perro que marca su territorio? |






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