Yolanda Díaz y el arte de ver. Vivac en el Ocejón.

 




Cumbre del Ocejón, 1 de octubre de 2021

Ha habido suerte, un pequeñísimo rellano justo en la cumbre. Y además a sotavento y perfecto para que sea yo el primer sapiens de estas tierras el que reciba los primeros rayos del sol de un día de octubre de este año de gracia. Había algunas nubes de forma lanceolada por poniente que podían haber dado juego al atardecer, pero nada, entre el pico de la Tornera y el Alto del Porrejón se escondió un sol sin chicha ni limoná. El firmamento todavía no ha llegado a su auge, esa oscuridad de betún en que las estrellas surgen espléndidas y luminosas de la profundidad de la noche. Es un proceso lento realmente misterioso comprobar con la vista en el cielo cómo de la masa informe del crepúsculo poco a poco van surgiendo de la oscuridad los astros. Lo siento por los que no gustan de vivaquear en las alturas porque de ellos no será el reino de los cielos .

El Ocejón visto desde el sur y según te vas acercando a Tamajón tiene el aspecto de un volcán que se hubiera levantado violentamente sobre el llano. Los caprichos de la orogenia le han dejado como colofón de una lejana convulsión que nos hiciera el regalo a los madrileños de proporcionarnos posteriormente bellas montañas y profundos bosques.

Tamajón

Nada más abandonar Majaelrayo ya es el profundo olor de las jaras, un caminillo que zigzaguea entre los matorrales y los robles de troncos cubiertos de vistosas barbas de viejo que andan preparándose ya para el otoño. Un poco más arriba las jaras ceden cortésmente el sitio a la estepa negra que se convierte con los helechos en casi los únicos acompañantes de los adustos robles.

Hoy voy más atento que de costumbre. Ayer por la noche leí el primer capítulo del libro de John Burroughs que escribía sobre el arte de saber mirar y contemplar la naturaleza y por tanto hoy me aplico al cuento. Algo hablaba yo de esto el último día de mi salida al monte en Peña Cebollera.

El Ocejón desde las cercanías de Majaelrayo

El  arte de ver, el arte de oler, de oír… En nada difieren más las personas, apunta Burroughs, que en su capacidad de observación. Muchos son conscientes sólo a medias de lo que ocurre a su alrededor. Leí el capítulo a la búsqueda de claves que me ayudaran a agudizar mi atención, el pájaro que canta a mi paso, las flores junto al camino, los olores que suben desde las profundidades del bosque… Pero no para ahí la cosa, escribe Burroughs, saber de lo que nos rodea es sólo la mitad. Amar es la otra mitad. Las montañas y los bosques que atravesamos requieren de esa medida de la vida que es el amor. Y siguiendo el curso de los pensamientos de Burroughs es necesario pararse para subrayar una idea esencial cuando escribe que los tres recursos más preciados de la vida son los libros, los amigos y la naturaleza; y el más magnífico de todos ellos y que siempre tenemos a mano, es la naturaleza.

Así que está tarde tengo entretenimiento mientras subo a buen paso camino de la cumbre del Ocejón.  Cuánto que aprender, me digo, cuánto que ejercitar los sentidos y la voluntad para vivir realmente esa naturaleza que tanto apreciamos. Con qué ojos veo yo al zorro que me roba la comida, los buitres y su volar solemne cuando estoy en una cumbre, los distintos matices de color que se producen en las praderías de los Alpes cuando se acerca el otoño. Leyendo a Burroughs me siento un torpe observador que se pierde la mitad del espectáculo. El arte de mantener los ojos y los oídos abiertos me temo que a estas alturas requiere una mayor atención y un aprendizaje para que no sea pírrico el placer que obtenemos de nuestras salidas al monte. Me digo, claro. Aunque acaso sea una quimera cuando uno ha sido tan desatento durante toda la vida, cuando sólo ha sabido sorber a grandes tragos la inmediatez de lo que llega a sus sentidos. Será que como en el concierto al que aludía el otro día, además de no cejar en la atención, tenga que acostumbrar el oído a distinguir cada instrumento de la orquesta, cada susurro que sale de entre los arbustos y los árboles, cada  olor que sube de los rincones del bosque, esa culebra que se cruza en tu camino, esa vistosa araña que devora entre sus patas delanteras un insecto, atender a cada uno de los instrumentos que dan vida a la obra entera. Un ejercicio difícil que necesita de un buen oído y acaso una disposición natural que muchos no tienen, que acaso yo no tengo.

Tengo que apuntar… Pausa. Ahora sí, ahora el cielo está en ese perfecto esplendor en que los astros navegan cada noche. Hacia el sur queda el resplandor de Guadalajara y sus pueblos, pero alteran poco el cielo donde la Vía Láctea se despliega como un enorme fular de seda transparente por encima de mi cabeza. Curiosa además la temperatura que hace que me permite escribir sin pasar frío con las manos fuera del saco. Debo apuntar, decía, no obstante, que pese a estar de acuerdo con Burroughs bien se le podían hacer algunas objeciones. Por ejemplo, que siendo caminar un modo de meditar, no conviene dispersar la atención en múltiples motivos, más, yo aseguraría, quizás en mi descargo, porque soy muy despistado, que puede llegar a ser una gran cosa no enterarse de nada de lo que sucede a mi alrededor, incluso ni enterarte de que has perdido el camino que llevabas, que eso es señal de que estás en íntima relación contigo, de que la conversación que mantienes contigo mismo es intensa y fructífera.

De todos modos no fue el único tema que cruzó por mi caletre mientras el senderos zigzagueaba por el extenso robledal de la ladera. ¿No os ha sucedido alguna vez que dando vueltas a un asunto haya otro que de tanto en tanto aparece en el umbral del pensamiento requiriendo tu atención, eso que también sucede en música cuando en medio de la melodía principal se insinúa mediante una flauta o un fagot el inicio de otro tema? Algo así me sucedía a mí hoy, que pensando en las ideas de Burroughs, en éstas se metía de rondó el recuerdo de Yolanda Díaz. Admirable, resuelta, competente, clarividente, sabia… Será posible, me digo, que por una vez  alguien con la cabeza sobre los hombros vaya a tener altas responsabilidades en el Gobierno… Y recordaba la última entrevista del otro día en la SER y su deseo explícito de declarar la guerra a los egos y a esas disensiones  entre unos y otros de la izquierda que son el pan de cada día desde hace décadas. Si la cosa va de egos, me voy, conmigo que no cuenten, dijo. No sé si esta mujer va para presidenta de gobierno, decía días atrás en un tuit Gerardo Tecé, pero lo que sí es seguro es que va para santa. Tuve que clicar en ese corazoncito que aparece bajo los tuits.

Pongamos una vela a la virgen para que las enormes dificultades que va a encontrar Yolanda Díaz en su camino para aglutinar voluntades en la izquierda sean superadas. De momento dejemos nuestro escepticismo a remojo y abramos las puertas a la esperanza.

Como esto se ha hecho un poco largo no me queda nada más remedio que ir acabando. Es casi media noche y  necesito reservar un largo rato a la contemplación del universo sobre mi vivac. Termino con unos versos. Días atrás un compañero recogía unos de Basho en su muro con los que deseo finalizar mis anotaciones de hoy.

¿Quién será el dios que acompaña 

al caminante a todas partes,

que se muestra en la piedra y en la nube, 

en la gota de agua y en el grano de arena? 



***

El canto de un par de acentores me despierta en las cercanías del alba. Qué curiosidad la del amor de estos pájaros por las alturas y por los madrugones. El fuego en la línea del horizonte y un trozo de luna sobre el cielo, ese era el escenario que se contemplaba de madrugada desde la cumbre. Un poco más tarde el sol pugnando por atravesar la lejana bruma surge como de debajo de un mar lentamente, parsimoniosamente. Arrebujado en el saco espero paciente su explosión sobre el horizonte. Y enseguida, poco a poco se produce el milagro: el sol ha nacido sobre el planeta. Es hora de dormir un rato más hasta que el calor del nuevo día envuelva la cumbre y mi vivac con su confort mañanero.

Cada vez que vuelvo después de dormir en una cumbre, tengo la sensación del pescador que regresa a casa con la nasa repleta de peces.



 



Oído durante la salida: 


Agateador común


Mito

Reyezuelo listado


Alondra totovia


No hay comentarios: