El abuelo

  


El Chorrillo, 25 de septiembre de 2021

 

Si hay algo que pueda producir un dulce calorcillo en el alma es sentir la voz de los nietos alrededor requerir algo del abuelo: Abuelo, ¿me cuentas un cuento? Abuelo, ¿te bañas conmigo en la piscina? Abuelo, ¿juegas conmigo al fútbol? Venga, abuelo vamos a terminar la choza que nada más le faltan los palos y la paja del techo. O acaso, abuelo ¿me enseñas a hacer un iglú con la nieve? En esta última situación imaginaba yo a Carlos cuando vi esa fotografía de ahí arriba. Los nietos rodeándole en el campamento base y tirando de su mano para terminar de convencerle.

 Hace ya tiempo le decía un día a Carlos por teléfono, después de haberle dedicado uno de mis post, que ya me daba corte nombrarle en mi diario, que daba la impresión de que fuera él, yo qué sé, el santo y seña de mis referencias para la edad madura, no sé, algo así. Y es que leches, yo ya no puedo decir aquello de cuando sea mayor quiero ser como tú, que ya lo soy y ahora lo que me queda es seguir alimentando mis ganas de vivir. Y nada, miro, y de tanto en tanto, ahora con más frecuencia desde que voló con Luis Miguel a Nepal, me lo encuentro en un tuit, en una entrada de FB, en un guasap que me envía un amigo: un gesto, una mirada, o como hoy que me lo encuentro con ese aspecto de abuelo que me encanta. Y es que nada más verle en FB lo primero que me salió fue una sonrisa, porque lo que veía delante de mí era el rostro bonachón de un abuelo cuando lleva a sus nietos a los columpios cercanos a su casa. Ya me los imaginaba yo a éstos por allí rondando el campamento base y tratando de convencer al abuelo para que les llevara consigo a esa montaña grande que se veía un poco más allá de las tiendas amarillas. Venga, abuelo, llévanos a jugar con la nieve. Y él, eludiendo el bulto: otro día ¿eh?, cuando regrese de arriba con Luismi.

Cuando era estudiante de bachillerato recuerdo que una de las primeras cosas que estudiábamos en Filosofía era aquello de los universales, la mesa como concepto que engloba a todas las mesas y la mesa concreta que nombra a una particular mesa. Cuando hablamos de personas usamos también esos universales, niño, joven, viejo, anciano, etc. Pero lo que sucede es que las categorías universales que utilizamos reducen sustancialmente la riqueza de la diversidad que el universal encierra. Si oímos a alguien referirse a un anciano lo que tenemos en mente, sabiendo que éste es una persona de edad avanzada en el último periodo de su vida, es un hombre achacoso, viejo, postrado por la edad al que ya las posibilidades de ver cumplidos sus sueños se le han acabado. Nada que ver con este abuelo al que yo imagino jugando con sus nietos entre la nieve después de haber visitado esa altísima montaña que se divisa sobre el campamento base.

Para Carlos habría que inventar un nuevo término que, al escucharlo o leerlo, nos catapultara a un concepto de la vida, de los sueños y de la realidad muy diferente al que hoy en general concebimos cuando hablamos de esa tribu que componemos los septuagenarios y octogenarios.

¿Qué coño puede alimentar más a esta tribu, aparte de vivir la calurosa cercanía de los nietos, que comprobar que el refrescante aire de las montañas y la aventura sigue penetrando por las rendijas del alma?


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