Bajo los guindos

GR-10. Madroñal, 27 de junio de 2008


A los lados de la estrecha carretera las ramas de los cerezos se doblan por el peso de la fruta madura. Hace un calor de fuego, me refugio bajo los guindos, alzo la mano, acaricio la fruta, está fresca y jugosa. Con muchos árboles como estos acompañando el camino la caminata se hace más llevadera. El sol ha sobrepasado el arco del mediodía y es hora de ir buscando cobijo en algún bar, un lugar donde poder comer algo. Entro en las solitarias calles de Madroñal, un pueblo al que llegué atajando por un camino que dejaba atrás una gran vuelta por Cepeda y el río Francia. Cuando la ruta del GR no me convence corto por lo sano y busco alternativas; hoy mi atajo fue un bosque encantado lleno de pájaros y riachuelos cantarines, de esos bosques de cuento que uno pensó siempre que sólo existían en las historias de Andersen. Había caminado por un paisaje hermoso y solitario sólo habitado por las esquilas lejanas del ganado, terreno ondulado, tierra de castaños y robles donde el horizonte lo ocupan lomas azuladas al amanecer y donde el calor va poniendo según se adentra en el día sostenidos y bemoles hasta llenar de suaves armonías la mañana. Camino ondulado para sentarse de vez en cuando a soñar y a recordar, porque una de las cosas más agradecidas de la vida consiste en eso, en pararse a la vera del camino a recordar los ratos gratos, los momentos de anhelo, las horas en que soñar lo era todo. Oh, magnífica soledad del solitario que vaga y se sienta bajo un alcornoque a soñar lo soñado, a contemplar la vida que le viene como fruta madura a los ojos y al alma, como bocado exquisito con que regalar un paladar exigente de gourmet que uno quisiera ser para estas cosas. Eso era después de atravesar estrechos y perdidos caminos que se perdían entre las zarzas y los helechos, de puro abandono, de pura soledad, pese a las señales rojiblancas que aparecían de tanto en tanto perdidas entre la carrasca. Hoy, sentado bajo la sombra de ese alcornoque, fui un tantico más feliz, soñé, recordé, me sentí agradecido a la vida… que me ha dado tanto. Me sucede, voy caminando tranquilamente y de golpe noto como si me corriera por el esófago, por algún conducto innominado del cuerpo un extraño fulgor, agudo y dulce, suave como la misma mañana en que amanecí hoy. No diré lo que fue, sólo que sucedió, se produjo, ese alumbramiento que eclosiona de tarde en tarde en nosotros, que hace que nos sintamos, vidriados los ojos o serenos como un potrillo despreocupado, tan agradecidos, tan poca cosa, pero a la vez tan dichosos. ¿Qué mejor para estas circunstancias que tener un buen arsenal de recuerdos, un manojo de rosas o claveles, mejor rojos si es posible, con que hacer señas a los rincones de la vida en donde se esconden las mejores gracias de nuestra memoria? Coño, tío, que te repites, que pareces el burro de la noria dando vueltas y vueltas alrededor del mismo pozo. Ya, ya lo sé… ¿y qué?, a fin de cuentas todo sale del agua de esos cangilones, y de la tierra que ellos riegan. Agua y tierra para una vida.
Sé que no debo tomar alcohol, pero, sentado aquí en esta tasca de pueblo a la hora de la siesta, con la compañía esporádica de la conversación del tabernero o su esposa, con una música que habla como todas las cosas hablan en este mundo, del amor, sentí deseos de apuntalar mi estado de gracia de alguna manera y el Torres 10, no había Magno, me pareció cosa adecuada para ello, para eso y para hacer un gasto que justificara mi larga estancia en esta tasca a la hora de la siesta. Así que escribo sobre lo que no iba a escribir, como sucede casi siempre, que pocas veces la escritura sigue adelante allá por donde uno se propone en un principio, sino que se entretiene por el camino y muda de parecer según la brisa y el color del cielo, que anda a salto de mata, como ese zorrillo color fuego que se me cruzó esta mañana en el camino, que andaba al acecho de algo y de golpe viéndome decidió abandonarlo todo y poner pies en polvorosa camino de un lugar tranquilo y sin preocupantes encuentros.
En la tasca de Madroñal tanto Aníbal el tabernero como su mujer, se adormilan, ella acodada sobre una mesa echa un sueño, él tras la barra; pero Aníbal despierta sin más, sin rastro de sueño cuando llega un cliente y arremete con el tres a cero de ayer de España contra Rusia, se enzarzan con los pronósticos del próximo España-Italia; hablan a gritos de cierto borrachín que no debía de haber estado allí; alguien que debió de cobrar mil millones de pesetas en dos años. Ni idea. Eso es verdad, grita de repente el cliente, y Aníbal, no cortándose un pelo, contesta, es mentira… no le dejaban pasar de media línea adelante. Entran dos mozas vestidas de amarillo canario. Hoy y la próxima semana no habrá otra cosa que esa por aquí que esa hora y media de dar patadas a un balón. Ahora la televisión ha dado paso a una de las series lacrimógenas propias de la hora de la siesta. Muy chulo eres tú, le suelta una de las de amarillo canario al cliente de la soflama futbolera, viendo que el otro no para con su arenga; qué malo eres, Aníbal, apostilla la otra.
Cuando entré en la tasca perseguido por el cuchillo de luz que se tendía cegador desde las fachadas enjabegadas del pueblo, tras mis buenos días de rigor, porque aún no había comido y el buenas tardes de ellos, que ya se habían almorzado, Aníbal me aseguró que no tenía nada de comer, un plato con chorizo y jamón acaso; pero tras un rato de conversación y visto que caía bien, después de ser invitado por Amancio, camionero de ochenta años, y pagar yo una ronda en respuesta, se me hizo saber que me iban a poner unas patatas con bacalao que estaban para chuparse los dedos; mi comida, dijo Aníbal, ufano de su desprendimiento. Me corrí un tanto con aquella generosidad. Ya éramos todos amigos, nada de usted, que si no rompemos la baraja, aseguró el barman.
Por mucho que lo repita y lo olvide al rato siguiente y lo vuelva a recordar y repetir, la verdad no cambiará y esta era esta mañana bajo el alquernoque, éstas y algunas más, la intensidad con que viví los tiempos de M. Bajo por una estrecha carretera muy de mañana oyendo los cuentos de Aldecoa, unos paisanos cazan víboras para un laboratorio de la ciudad y, de repente, se me viene encima como una sensación de anhelo vivido escrutando el amanecer a la espera de ruido de la cancela que me traerá la presencia de ella, se me viene encima aquel tejer versos que me salían del alma como antes nunca salieron. Me digo aquello de: qué bueno que viviste, qué suerte tuviste, cabrón. Y es verdad, no siempre uno se encuentra en la vida con esa vigorosa y entrañable fuerza, porque por mucho que digan que todo está en nosotros (Suzuki), o que todo eso es un invento nuestro, algo que vive en nosotros sin necesidad de parienta en ciernes (Proust), lo cierto es que sin ella no habría existido esa vivencia; sin las montañas, sin las noches, sin escalar lisas paredes de granito, sin el rumor de los arroyos tampoco la existencia podría haber llegado a los grados de intensidad a los que llegó. El campo, el caminar desde antes del alba, produce tranquilidad de espíritu, el sosiego de la naturaleza, su intemporalidad me convierten en otro de los muchos habitantes con los que me cruzo, el zorro, la víbora, el milano, la vaca que asoma su cornamenta por encima del cercado de piedra.
Esta mañana me emociona recordar. No estoy yo seguro de que todos los descubrimientos del Buda y sus seguidores, su severa disciplina, la doctrina del Jesús del Evangelio, las enseñanzas de Lao Tsé, sean tan deseables a la postre. Tantas disquisiciones, tantas sutilezas, tan hondos pensamientos, tantas esfuerzos, todo ello para evitar las tentaciones del mundo, del demonio, de la carne, de… tantas cosas que sustentan nuestro anhelo, que dan calor a la vida, que la llenan de color y diversidad. Decía el otro día Suzuki que el Buda no era dado a las disquisiciones filosóficas porque estimaba que la vida no daba para todo y que por ello se dedicó especialmente a los aspectos prácticos de la iluminación. Es un buen argumento para enfocar tantas cosas de la vida. La vida no da para casi nada. Yo dejé de trabajar hace dos años pensando en que esto iba a ser Jauja y que iba a hacer tantas tantas cosas que, etc.; mentira podrida; además, ni falta que hace. Pero la conclusión está ahí, la vida es corta en exceso, de ahí que no podamos profundizar en demasiadas cosas a la vez, o mejor todavía que no nos dé tiempo a profundizar en nada y nos veamos obligados a ser aprendices de todo y maestros de nada.
Si andas por ahí distraído y de golpe se te cruza en el camino la suerte, ¿qué harás si no aprovecharla? Se te cruzó, me encontré con ella no más (eso me sucedió a mí hace años). Ahora sigue tu camino; pero, recuerda, no busques, si has de encontrar no es cosa tuya, en cualquier caso no será porque con tus esfuerzos la convoques; será como encontrarse con un paraje bonito, con una mañana llena de bruma despertando en los bajíos del bosque; el día amaneció así, sin más.
Mis dudas sobre el budismo, sobre la calma absoluta que no conoce de la pasión, la alegría de los encuentros, el calor de las despedidas, que niega en cierto modo la vida (la vida tal cual es en el común de los mortales). No deja de suceder que cada uno sea el centro del mundo para sí mismo, de ahí que no cejemos de buscar; no vale el discurso de los otros. Cada uno debe encontrar su propio camino, si bien sea necesario ayudarse con lo que el hombre aprendió desde que bajó de los árboles.
Río Alagón. Huele a juncales y a tierra de lombrices, los olores viajando desde la infancia a las orillas del río Alberche.
Quizás los budistas, en su modo de vida, en su iluminación estén a gusto, pero no es algo envidiable desde la sintonía en que lo observo yo esta mañana, en que mi vida me parece tan deseable como la de cualquier maestro zen. La mía tiene su disciplina como la suya, la mía tiene sus gozos, como los suyos, la mía tiene sus contrariedades que quizás no estén en la de ellos; pero el ser uno y no demediado tiene su precio.
No me gusta la solemnidad ni la sentenciosidad de los maestros zen, el gusto con que hacen uso de los koans, en donde tanto se puede pescar una trucha como un costipao y donde lo inescrutable parece ser el motivo de arranque de toda enseñanza.
La vía estaba cortada en mitad del túnel, la locomotora Olalla silbaba marcha atrás en la empinada cuesta del retroceso. El peso de los vagones tiraba de la locomotora amenazando con hacerla perder el control y ser arrastrada por el largo declive que llevaba al llano desde donde había partido media hora antes. La emoción estaba a punto de miel, los vagones tiraban de Olalla, los enganches de los vagones crujían a punto de saltar, los frenos quemaban el aceite y dejaban un olor rancio en los compartimentos. Higinio el maquinista volvió a poner con fuerza la mano en el freno previendo que aquel acto podría hacer descarrilar algún vagón; el tren se contorsionó, vibró entero con un estremecimiento de hierros descoyuntados a punto de salirse de la vía. Unos minutos después la locomotora Olalla quedó parada junto al apeadero. Higinio y su ayudante dejaron soltar aliviados el aire retenido en sus pulmones. Noté en ese momento que fuera de mis cascos silbaba también un pajarillo desconocido, el bosque apretado de la sierra de Francia que atravesaba después del bello pueblo de Sotoserrano, era hermosamente umbrío. Me quité los cascos y bloqueé el teclado, no fuera a suceder como esa misma mañana que durante mucho rato tuve la extraña sensación de ir acompañado a distancia por alguien que hablaba continuamente, y que me hizo volver la cabeza varias veces buscando el origen de la voz, hasta que caí en que las voces venían del interior de mi bolso, donde mi mp3 se había había puesto en marcha accidentalmente continuando la lectura de los relatos de Aldecoa sin que nadie se lo pidiera.
Bosques de robles, helechos, laureles y pájaros a montones todavía ajenos al calor que se aproximaba. Este narrar tranquilo, como sin darle importancia a la vida que va pasando, tiene un aire de nosequé que orea los recuerdos, también apacibles y tranquilos de algún momento del pasado, como de que toda la vida podría narrarse en un gran libro siempre que cuidáramos de no olvidar a las golondrinas, a los vencejos, a las cigüeñas, a las brisas, los olores, el frío o el calor que acompaña a los actos. Tranquilo discurrir de los hechos, como la prosa de Aldecoa, donde todo sucede a lo largo de un día, pero donde nada sucede entre que se dejó a la esposa en la mañana y entre el instante en que se retorna a casa. Nada y todo sucede a lo largo en la vida. Recordaba ahora mi paso por Génova metido en un expreso en medio del delirio de la fiebre, solo, arrinconado en un compartimiento, confiando en que aquello remitiera en medio de la somnolencia y las náuseas; una enfermedad que me hacía tornar desde Italia a casa en medio de un invierno magnifico y soleado con los Alpes cubiertos de nieve.

Yo dediqué dos décadas de mi vida a flanear entre las enseñanzas del Evangelio para salir después como gato escaldao, perseguido por los desafueros de la Santísima Madre Iglesia (que el Señor nos ampare de ella); después, poco a poco fui aprendiendo que eso de los dioses eran ajustes morales que se imponen los hombres para enfrentar su miedo a la muerte, un modo de vivir de espaldas a la realidad e intentar dar forma a todo lo que se nos escapa de la comprensión; sin embargo no perdí mi empeño y mi afición por la mística, y de la mano de San Juan de la Cruz y Santa Teresa hice incursiones en el sufismo, me marché a la India para en las gradas de la ciudad santa de Benarés seguir el rastro de alguna intuición, me interesé por la pedagogía de Tagore, quedé prendado de las largas meditaciones de Shidarta junto al gran río (aquellos años en que devoraba a Herman Hess), me acerqué al zen. Y así, ahora, con el doble de años que Confucio, que a los treinta ya había descubierto lo que tenía que hacer durante el resto de su vida tras un aprendizaje que había durado una década y media, llego livianamente a la conclusión de que mi aprendizaje todavía está en pañales, y que todo es tan complejo, con tentáculos tan numerosos como la hidra, que será inútil perder el tiempo siguiendo el rastro exclusivo de cualquier enseñanza religiosa. Habrá que seguir leyendo y meditando, pero teniendo a buen recaudo el alma para no caer en la tentación de interpretar la realidad a la luz de una exclusiva mirada. Es así como se me presentan hoy las enseñanzas que rozan continuamente mis interrogantes, y se me presentan así porque el aire del campo, la mañana, el cielo de la noche que luce sobre mí cuando me despierto dentro de mi vivac, envuelto en mi saco y en la tela que me protege de la escarcha, tiene también mucho que decirme, y aunque no acierte a organizarlo en doctrina, en términos nirvánicos, en realización personal, yo sé que su contenido es tan poderoso como la doctrina del Buda, como la de cualquier otro místico de cualquier otro tiempo. No sabría expresarlo con palabras, ni poner delante o detrás el significado de tantas cosas, pero sin embargo estoy cada vez más seguro de ciertas verdades, verdades que no son argumentativas, que no tienen palabras para expresarse, pero que están ahí como está el alba y el crepúsculo, el ancho mar y sus olas rompiendo con su ribete blanco la piedra dura y negra de la noche. Ni el mar ni el cielo necesitan ser explicados, existen sin más; así es el camino muchas veces, así esa clase de intuición que le asalta a uno en sus largos ratos de soledad. Quizás sirva para explicarlo estas palabras de Lao Tsé: “Quien lo conoce no lo conoce y quien no lo conoce lo conoce”. ¿Admirable o tomadura de pelo? No lo sé, es muy difícil alumbrar la noche de un bosque cerrado con una sola linterna, de ahí la buena disposición y los oídos atentos sean una buena manera de relacionarse con el día.
Desde Madrid me dicen que hace un calor del carajo. Aquí se está algo mejor; esta mañana comencé a caminar con el jersey puesto, y ahora que el sólo a una nube tripona llega el calor del sol, me parece que voy a tener que volvérmelo a poner. Estoy en tierra de cerezas, las ramas de los árboles caen sobre la carretera dobladas por el peso de la fruta. Espero que con tanta fruta golosona al alcance de la mano no me entre cagalera. Buenas noches.

1 comentario:

Ana Jordán Davia dijo...

Como no me muevo de Madrid aprovecho tus marchas para poder sentir y oler el campo que te rodea.
Besos ,y ya sabes te acompaño
Ana