Laxe, 17/05/2009








Hoy, después de la lluvia de la noche, salió el sol y el mar se vistió de un intenso azul, y las flores amarillas de las retamas y las aulagas fueron más brillantes. La costa se parece hoy a los canchales de la Pedriza, aquí embellecidas por el cortejo espumoso de las olas

Convertir la ciega pasión de la reproducción
en intensa poesía
temblor último en el extremo de cada célula;
encontrarse
morir en otros brazos
rezar para que la existencia siga teniendo sentido
y continúe habiendo rumor de olas
en largos y sollozantes encajes blancos
sobre las playas del mundo.

El agua desciende hervor
entre los cantos rodados
metales de voz gruesa
en el concierto de la espuma
luz de luna sobre la arena,
y en torno a ella el azul sin tiempo
el mar sin tiempo
bullendo junto a la finitud de la vida,
pulida, dislocada, vejada
vejada por los años y las mentiras
ennegreciendo como una turbera
de cuerpo húmedo
aunque rodeada de espléndidas flores amarillas.

Pero qué grato el sol
sobre mis mejillas
frente al hervidero de la playa,
cuán grato el presente
y el vuelo de las gaviotas
y las manos cálidas de las rocas
que acarician mi piel.


Apenas anduve unas pocas leguas de la mano del mar, la orillamar, que dicen aquí, unas veces entre grandes rocas romas y otras acariciando con mis pies el encaje blanco de las olas, poco después de vadear un río que dibujaba grandes meandros en la playa, cuando ya me entraron ganas de hacer una paradita. Eso era lo acordado, caminar sin prisas, y así, obediente a mi disposición y a la belleza del paraje, me paro, doy de comer a mi cuerpo y me tumbo boca arriba todo oídos, todo ojos para el mar y el cielo.
Anoche, mi peli en el vivac, Las hermanas Munekata, de Ozu, terminó a las dos de la mañana y hoy por consiguiente desperté tarde y con aquella historia en blanco y negro pegada a la retina. Ozu, con su cámara a ras del suelo, siguiendo de cerca los hábitos de la vida japonesa, enriquece su historia con los objetos cotidianos, que la muerte, junto a la cual el canto de un pájaro, la belleza de unas flores, no es capaz de nublar. La muerte es un accidente natural, el mar es hermoso, las gaviotas planean despreocupadas en el azul del cielo.
No es pereza la mía hoy, es la conciencia de Ozu que me invita a mirar los detalles de mi entorno, a recoger en mi piel la caricia de la brisa y el sol. Me dejé el reloj en casa, mi teléfono está desconectado, estoy a merced del momento. Ni siquiera hoy domingo se divisa un visitante en la extensa playa de Traba.

Domingo por la tarde en un bar de Laxe. Un gran salón, se pasa un partido de tenis, una pareja joven hacen frente al televisor su tarde. Ella mira aburrida el espectáculo, de vez en cuando juguetea con el teléfono, él mira distraído, le coge el teléfono a ella y entonces ésta mira al techo esperando pasar las horas. Posiblemente es el día que tienen más tiempo para verse. El fondo del salón es un lugar oscuro sin atractivo alguno, fuera está el sol y un bonito día para pasear por la playa, sin embargo. Un rato más tarde llega una panda de chicos, hacen mesa común, se divierten, él se desentiende totalmente de ella, ella no hace ningún esfuerzo por integrarse en la conversación, sonríe cumplidamente a alguien que le dirige unas palabras, después clava ambiguamente sus ojos en el televisor.

2 comentarios:

Ana Jordán Davia dijo...

Saludos desde el sofá.
Lo tuyo es un no parar, envidia de todos los que cominamos contigo desde nuestra casa.
Que tengas un buen viaje y recuerda vamos contigo
Ana

Alberto de la Madrid dijo...

Hola Ana, como ves más de medio año a mi cuerpo le empezaba a parecer demasiado... y como bien sabes hay que hacer caso al cuerpo que es en definitiva quien siente, padece; vamos, que aun llevándose alguna pedrada de vez en cuando es más de fiar de aquel otro que dice que mejor quedarse en casa y atenerse a las cuaresmas y esas cosas.
Un beso