Hay que tocar con las cuerdas que quedan.
Tras la tormenta la calma. Amaneció lindo, sin una nube, por el hueco de la cuadra entraba la luz liviana del alba; me había dormido. No es agradable caminar con los pies empapados, las botas mojadas, los calcetines chorreando, pero bueno, al poco rato apenas ya lo notaba. Estábamos otra vez en verano.
Marinoff contaba una historia que me emocionó. Hablaba de un célebre violinista al que en mitad de un concierto para violín se le rompió una cuerda. Paró la orquesta, él miró por un momento perplejo su instrumento y a continuación indicó al director que comenzara de nuevo el movimiento interrumpido. Tocó con tres cuerdas. El violinista sacó de sí un potencial que acaso ni él conocía; fue una interpretación inolvidable. Cuando terminó el concierto se hizo un asombroso silencio en la sala, después del cual todo el auditorio en pie prorrumpió en un fervoroso aplauso. Tras ellos tomó la palabra el violinista y emitió ese pensamiento tan plático y que a mi tanto me emocionó: es como la vida misma, hay que seguir tocando las cuerdas que quedan. Hay que seguir tocando con las cuerdas que nos quedan, se me aparece esta mañana como un emotivo enunciado con que paliar los estragos del tiempo. Es una bonita imagen la poder seguir haciendo música mientras se pueda.
Son acogedores estos pequeños barrancos que bajan hacia el ancho valle de Vallibona, breves escarpes que cruzan la ladera y que el camino va rodeando en largas revueltas; un caminillo que pasea entre los pinos y las encinas sin prisas, que obliga a saborear el descenso, la sombra, ese perfume a pinar que desprende la tierra humedecida por la tormenta.
No es fácil a veces seguir tocando, sin embargo, más bien hay que hacer un gran esfuerzo para ello, sobre todo cuando no llega esa fantástica disponibilidad con que antes venían los proyectos, o cuando uno se sentía inmerso en una idea que lo arrastraba con su fuerte corriente. Hoy todo es más liviano, por una parte no tienen el empuje de lo nuevo, se ha vivido muchos años y como consecuencia la rodadura, el haber cumplido tantos caminos de alguna manera va matando, deshaciendo aquella fuerza primera; y por otra esa sensación de las mermas que la edad acarrea consigo, tan fuerte a veces cuando absortos ante una idea atrevida llegamos a comprender que aquello ya no nos pertenece, ya no tenemos edad para ello.
2 comentarios:
Preciosas fotos. Todas.
Esto que has escrito me llega al alma.
Gracias.
Un beso,
Hola guapa,
ya se va acabando el calor, espero que te sientas mejor así. En Cataluña aflojó la temperatura y ahora el paisaje son bosques y montañas verdes en donde poder todavía sestear.
Un beso
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