Para ser libres hay que atreverse a serlo


Caseta del Rei Sanxo, 04/05/11


Un bosque de quijigos, pinos, encinas; los pájaros que acompañan el lugar. Se me echó la tarde noche encima bajando del Teix. Al final nada del itinerario que había previsto. Cuando me tocó empezar el descenso a Deiá, contemplé el paisaje que tenía delante: lleno de sol, aglomeraciones calcáreas, pequeños bosquecillos entre las luminosas rocas, una dorsal que cabalgaba sorteada de arbustos por donde discurría claramente un camino que subía y bajaba por las laderas dirigiéndose evidentemente hacia la cumbre del Teix. Me había propuesto comer en Deiá, lo que quiere decir que como tantas veces no llevaba comida encima, pero aquel paisaje me resultaba atractivo, amén de recordarme otras dos ascensiones anteriores alguna década atrás. La primera con mis alumnos de cuarto de EGB, una purrela de animosos muchachos y muchachas con los nos dedicamos a estudiar la isla y a recorrer sus rincones más notables. Aquel del Teix fue uno de los más interesantes. Subiendo desde Valdemosa aprendimos las técnicas de la fabricación del carbón, supimos de cómo en hondos pozos se acumulaba la nieve, que convertida en hielo, luego se comercializaba en la zona; después, más arriba, cuando las encinas quedaron atrás, apareció el mar de aquel lejano mes de febrero, al otro lado de la Tramontana, un mar que los niños y yo mismo miramos con cierto arrobo y admiración. La otra dejo menor huella en mí, un largo recorrido por la isla en donde alternamos la bicicleta y las excursiones a pie por la Tramontana.



En esta ocasión había salido de Valdemosa también pero por otro itinerario, un bosque de encinas que subía entre los escarpados al norte del pueblo, hasta alcanzar la línea arbolada de las cumbres. Un camino discretamente concurrido por pensionistas de toda Europa, más o menos como el recién dejado Camino de Santiago, matrimonios alemanes e ingleses especialmente; cada uno con su guía en la mano. A veces había que pararse y cercirarse de la ruta a seguir. Nos quitamos el macuto, saco un mapa detallado que me ha dejado Víctor, y el matrimonio alemán o escocés se apropian de él para intentar memorizar el camino que lleva a Deiá. Nos despedimos; una amabilidad encantadora. Después de dejar a la familia escocesa, subiendo se me ocurría que un sistema que permite que tantísima gente mayor pueda emprender pequeñas aventuras a lo largo del mundo, y el camino de Santiago, por ejemplo, con sus más de ochocientos kilómetros sólo en España no es ninguna broma, o dedicarse durante muchos años a actividades personales sin el acoso de la jornada laboral, es un sistema que merece el mayor respeto, aunque por supuesto tenga enormes lagunas y despeñaderos en su conjunto; es una notable consecución de nuestra cultura ésta que hace posible que durante veinte, treinta años la gente mayor pueda gozar de esa libertad y de una renta que lo haga posible.



En lo alto, desde el balcón de un roquedal que cae a plomo por su vertiente norte, aparece el mar, calmo, con una franja de nubes posada apenas sobre la superficie azul. Mi cuerpo lleva un rato pidiéndome la ración de sueño correspondiente. Estos días lo tengo un poco abandonado y, ahora que le exijo un esfuerzo algo especial, van ya quinientos metros de desnivel desde Valdemosa, en el momento que me paro me dice que nanais, que si no le dejo dormir y recuperarse que lo voy a tener duro si lo quiero hacer andar. Así que busco un miradero sobre la línea de la costa, lejos aparece el golfo de Puerto Soller y más allá todavía las cumbres del Puig Roig, Masanella y Puig Major, y después de dar cuenta de lo poco que compré en el supermercado nada más bajarme del autobús, unos quesitos, un poco chocolate y dos naranjas, me hago una sombrilla con el aislante y me dispongo a dormir. Demasiado calor, las pocas nubes que tamizaban algo la dureza del sol, han desaparecido y la sombrilla apenas me sirve de nada, aquello es un cocedero; intento darme por no enterado durante mucho tiempo pero al final me levanto y me pongo de nuevo en camino. Mi cuerpo me sigue a regañadientes pero la cosa no va a más. Dejo la desviación a Deiá atrás y sigue de frente camino del Teix. Los pensionistas han desaparecido, me cruzo con dos caminantes. Subiendo el último tramo del Teix, Savater habla de la libertad en Pensamientos arriesgados. Para ser libre hay que atreverse a serlo... venciendo las diversas formas que ofrecen los diferentes carices de la esclavitud: que decida mi esposo, mi padre, que decida mi nación, que decida mi Dios... ¿Qué se entiende por libertad? Antes que nada la capacidad de potenciar y dirigir las propias iniciativas, el no padecer que determinen otros lo que ha de hacerse o ha de evitarse... la posibilidad de innovar, de vivir de otro modo aunque sea más peligroso o menos productivo, de hacer experimentos con las propias capacidades y de encarar la muerte del modo que uno quiera, pueda o sepa.



La luz del final de la tarde se posa suavemente sobre el paisaje circundante, toda la Tramontana a mi alrededor, Valdemosa inmediatamente tras los escarpados y los encinares, en la lejanía Palma y su amplio arco de playas. Saco el mapa, busco el camino de descenso; una senda que se dirige al Col de Soller y que pasa junto a una fuente. Poco más abajo del Teix aparece la marca de un hilo de agua sobre el camino: la fuente. En ella me despido del sol, el valle se hunde en la sombra de levante. Media hora después encuentro mi vivac en un llano bajo las copas de los pinos y las encinas. Fin de jornada.












2 comentarios:

Bornem dijo...

Un sendero con un bonito balcón. Que tal Alberto?, disfrutando de esta preciosa y lluviosa primavera, aunque por lo que leo, veo que te ha dado el sol

Alberto de la Madrid dijo...

Hola Manuel, un buen sitio la Tramontana para patear el monte.
Un saludo