El encuentro con la alta montaña




Refugio de Aguas Tuertas, 16 de julio


     La tormenta retumba cómo un gran dios perezoso que estuviera enfadado con el personal de aquí abajo. Un prolongado redoble de tambores y de golpes, en un arranque de grandeza inusitada, bronco, como quien quiere hacer un alarde de poder, como si toda una  montaña estuviera rodando hecha añicos cuesta abajo, el gran bramido prolongado de cumbre en cumbre, de valle en valle. Y cuando este aparente final parece concluido, de nuevo el furor, el retumbar sobre nuestras cabezas, la hecatombe otra vez. ¿Habrá espectáculo más magnífico que esto en la naturaleza?

     Ya me había pillado otra tormenta dos horas antes, había hecho un spring intentando zafarme de ella, porque se la veía venir, pero fue inútil, durante quince minutos cayó un diluvio y después, como si al cabreo hubiera seguido un repentino cambio de animo, el cielo se abrió y salió el sol.


     La temprana mañana de mi vivac junto a la pequeña ermita a las afueras de Isaba parecía lejanísima. Había empezado a caminar poco antes del alba, en la grisalla de las primeras luces la mole de las Peñas de Ezcarre ocupaban el fondo del valle. Hice un desayuno abundante en el camping de Zuriza y enseguida me puse en movimiento; mi primera intención era seguir la senda Camille para llegar al final de la tarde al refugio Gabardito, pero al final decidí subir a la collada de Petraficha, bajo la Chipeta para recordar acaso las correrías por aquella zona de treinta años atrás. Bastante antes de llegar al collado ya echaba el bofe de una manera exagerada.  Al final la satisfacción de comprobar que después de tanto tiempo de haber recorrido estas montañas por primera vez hoy todavía podía volver a hacerlo con igual o parecida emoción. Me había sentado a tomarme un respiro y de golpe, medio adormilado como estaba, me sorprendí rodeado por un numeroso rebaño de ovejas. Después, más abajo, me encontré con el pastor. Tuve una larga charla con él, un pastor progre con unos bonitos pendientes en sus orejas. Se le había perdido un ternero y una cabra y andaba paseándose el monte de un lado para otro. Yo me había encontrado una cabra parda más arriba, pero aquella no le interesaba, no era suya. Recordé mi paso por estos valles con él y a su vez él me ayudó a recordar los montes y valles de los alrededores. Cuando nos despedimos sus palabras fueron: venga, a ver si nos encontramos dentro de treinta años otra vez. Que te vaya bonito, contesté y me bajé pensando en esa posibilidad de vernos dentro de treinta años por estas laderas. Jo... no estaría mal.


     A la altura del refugio La Mina, donde habíamos acampado un par de veces toda la familia muchos años atrás, fue obligado hacer un pequeño ejercicio de nostalgia, los años en que las dilatadas vacaciones de maestros nos permitían vagar por el Pirineo durante todo el verano cargados con nuestra biblioteca ambulante, el ajedrez, los juegos de los niños. Nuestro R4 servía de campamento base.

     Recuerdo que salía todas las mañanas a dar un largo paseo, luego me sentaba en algún prado y me dedicaba a la lectura, en aquella ocasión era El juego de abalorios, de Herman Hess. Aquello tenia mucho de ejercicio místico, una lectura propia para comenzar el día. El caso es que una de aquellas mañanas, nada más sobrepasar una pequeña loma empecé a oír unos gemidos que en un primer momento confundí como producto de una escondida pena de una mujer que lloraba dentro de un tienda que habían instalado en un prado que había más abajo rodeado de bojes; pero, amigo, no había transcurrido más de dos minutos cuando el libro se me cayó de la mano de la sorpresa; de repente, sin solución de continuidad, como dicen, aquello se convirtió, santo cielo, en un marasmo de ayes y gritos; la fémina que los emitía, convertida en un volcán en erupción, olvidando que en diez kilómetros a la redonda la estarían oyendo, se entregaba a su éxtasis con cuerpo y alma usando sus cuerdas vocales como trompeta de Jericó que anunciara por todos los valles circundantes un orgasmo que más parecía un terremoto que otra casa. ¿Por qué serán siempre, casi siempre, tan escandalosas las mujeres? La última vez que viajé por América Latina, era difícil pasar una noche de hotel sin que los gañidos de alguna hembra viniera a turbar el silencio de la noche. Aparatosos gritos a veces, dulces y melodiosos amor míos en otras, suaves susurros. A veces uno se dormía y, despertándose una o dos horas después volvía a encontrarse con parecidos arrullos amorosos.

Hoy cerca de la escena de aquellos días me salió una nena que, como si me conociera de toda la vida vino hacia mí a explicarme que dentro de ahí, un corral cercano, había muchas vacas; su hermano Beltrán venia detrás; ella, cuando le pregunté su nombre, me contestó: me llamo Gadea Guarreras; sus padres, que venían detrás soltaron una carcajada. Recordé con ellos mi estancia en ese mismo lugar con mis hijos cuando tenían su edad. Nos despedimos porque la tormenta amenazaba ya mismo.


     En el rústico refugio en lo alto de Aguas Tuertas hoy somos cinco caminantes. Cuando la segunda tormenta empezaba a amainar, por la puerta del refugio se podía ver el arco iris, le pedí a Carmen que posará de perfil para hacer una toma. No tardamos en irnos todos a la cama.







1 comentario:

Laure Esteras dijo...

Da gusto leer estos relatos, pero me da envidia sana, no conocer esa zona del Pirineo, de los Picos de Telera para el Oeste, me apena decir que no lo conozco, espero no marchar sin algún día pisar esa zona, ese dia te pedire consejo, un itinerario, un lugar. Sigue caminando y cuentanos, intentaremos ver por tus ojos.