El bosque era una mórbida esponja




Canal de Roya, 17 de julio


     El bosque es una mórbida esponja ocre en donde mis botas se hunden como en una profunda y blanda alfombra. Como de costumbre, sumido en mis pensamientos, perdí el camino correcto. Me encontré de repente con un bello y profundo valle de empinadas pendientes y aquello me gustó tanto que no caí en constatar si aquel era mi camino. Era un paisaje agreste en que el sol, todavía muy bajo, creaba contrastes atrevidos. Cuando quise mirar el gps porque aquello no cuadraba en absoluto con mi lejana memoria del descenso a Candanchú, ya me encontraba muy lejos de la bifurcación de los caminos. Me pareció tan atractivo el valle que decidí bajar por él, una breve visita a esta parte del Pirineo Francés... el único problema a la vista era que mis alforjas de vagabundo estaban vacías, unos pocos frutos secos y se acabó.

     Ahora había dejado el valle principal a mí izquierda y rodeaba las estribaciones en cuyo alto espejeaban las aguas del lago de Estanés y junto a cuyas orillas pasa la ruta del Gr–11 que debía de haber seguido. El hayedo umbrío y los pájaros y las flores y una vegetación exuberante en donde a duras penas se abre paso el camino, son mi exótica compañía en estos momentos. No pude esperar y tuve que echar mano de mi electrónica para dejar constancia de ello. Ahora trato de buscar en la pantalla alguna senda que me lleve a Candanchú.


     Hoy apenas tengo tiempo par leer, el paisaje y el ambiente son demasiado atractivos como para sumergirme en la lectura que comencé ayer, era un libro de Javier Sádaba, De Dios a la nada, las creencias religiosas. Ayer, mientras bajo la lluvia me acercaba a Zuriza, había hecho un recorrido por los tiempos de Asurbanipal y seguido las aventuras de Gilgamesh y hoy debía repasar la historia del pueblo judío, pero el camino se ha hecho complicado y requiere toda mi atención, debo ir eligiendo entre pequeñas sendas que me vayan llevando hacia Candanchú. Me temo que mi menú de hoy va a consistir exclusivamente en cacahuetes y almendras. Ahora me acompaña el estrépito de una cascada junto a la que he parado a tomar un tentempié.



     A Dios gracias el menú fue bastante más sustancioso que un puñado de almendras. Una pareja de argentinos eran los propietarios del restaurante a donde había ido a parar nada más llegar a Candanchú. Cuando después de la ensalada él me trajo el entrecot, siendo los dueños argentinos y yo un inconfesable devorador de carne no podía haber pedido otra cosa, el caso es que las dimensiones del entrecot y el precio del menú no se correspondían, había una disonancia entre precio y dimensión, dos unidades que siendo de categorías diferentes deben guardar sin embargo una adecuada relación. Se lo dije, hubo un instante de silencio, probablemente porque se le hizo evidente su racanería, y a falta de otra cosa no se le ocurrió más que decir que es que el entrecot era argentino; vamos que habiendo miles de vacas por los alrededores bien alimentadas a este señor se le había ocurrido ir a comprar su carne al culo del mundo, un restaurante por demás que en estación baja como ésta debe de servir a una docena de comensales en una semana. Llevo mal eso de que a uno le traten como a un pardillo. De todas  maneras mi temperamento, que es de hombre tímido pero de saltarle al cuello a aquel que pretenda descaradamente tomarme el pelo, se ha suavizado con los años, o mejor me lo he tenido que currar con arduos ejercicios de contención y de contar en momentos críticos no hasta diez como aconsejan los cánones sino bastante mucho más de diez. El caso más notorio que tuve en este sentido fue en la frontera entre Senegal y Malí. Habíamos hecho un viaje que se suele hacer en día y medio en cerca de tres, siempre por culpa de la policía que con una argucia u otra pretendía continuamente sacar dinero a los pasajeros, así que en los controles, y más en la frontera, las demoras podían ser de horas. En esta situación me encontraba a doscientos metros del chiringuito de la policía de la frontera sacando fotos a algún pasajero, cuando de repente un poli con cara de muy brutote me llamó de lejos: que estaba fotografiando las instalaciones de la aduana,  una cabaña de cañas que apenas se tenía en pie. Me pidió que le entregara la máquina. Cuando llegamos al puesto el mandamás del lugar agarró la cámara y se la metió en un cajón. No le salté al cuello pero poco le faltó, recuperé la cámara saltando por encima de la mesa. Me tuvieron que agarrar entre varios. Media hora de gestiones y los buenos oficios del conductor del autobús devolvieron las cosas a su sitio. Casi salimos como héroes de aquel chiringuito, los sesenta o setenta pasajeros fueron amigos incondicionales hasta el final del viaje. Vamos, que con los años necesariamente uno tiene que aprender a ser comprensivo con el prójimo y un diminuto entrecot tampoco tenía por qué convertirse en un drama, más cuando aquello estaba realmente bueno.  No, si lo mismo era verdad que aquella carne había llegado en el último vuelo de Iberia.

     Sí, había llegado a Candanchú mucho antes de lo esperado después de atravesar los magníficos hayedos de los valles del pico de Aspe. Fue una agradable passeggiata por los solitarios bosques que rodean el ibón de Estanés. Tras la comida bajé a tomar el valle de la Canal Roya, que en este tramo es común con la primera etapa del Camino de Santiago Aragonés, y hacia el final de la tarde encontré un simpático balconcillo para instalar mi tienda. Anochece y sobre mi cabeza asoma una media luna que preludia acaso una marcha nocturna por mi parte cuando llegue a su apogeo. Hacia el pico de Aspe las nubes cubren las montañas. 


2 comentarios:

Laure Esteras dijo...

Creo que en una foto, creí ver el Midi d' Oseau, pero la zona llana me despistaba, podría ser lo que llamabamos la Zapatilla de Candanchu.
En esa zona la carne no se relaciona con los Euros, están acostumbrados a niños pista, que no miran mucho la bolsa. Camina y cuentanos para ver con tus ojos.

luisBasGz dijo...

¿Estan contentos los girasoles?
Estancontentos parecen flores
y se sonrien con el calor
que generoso les da el sol.