Joan el vagabundo



Barcelona – Madrid, 2 de septiembre

¡Mar a la vista! Mi última etapa del recorrido pirenenaico. Los extremos se tocan, Irún y Llançà aparecen hoy como dos puntos próximos en mis pensamientos después de semanas de duro caminar por esta hermosa cordillera.

Había comprado un tercio de sandía y unos yogures en la tienda de Vilamaniscle y buscaba un banco y una sombra para dar cuenta de ello. En el parque la única sombra estaba ocupada por un hombre de aspecto curtido y rostro de formas duras y firmes. Junto a él había un macuto que no debía de pesar menos de veinte kilos. Toda la pinta de un trotamundos con muchos kilómetros a sus espaldas; se lo dije, efectivamente, caminaba desde el final de la primavera.




Inciso, las conversaciones telefónicas del AVE me hacen imposible seguir escribiendo, la peste de este hábito en los comienzos de viaje consiguen que escribir sea una tarea ardua. Ya en el último viaje tuve que llamar gentilmente la atención a un viajero; parece como si muchos, ante la perspectiva de aburrirse en estas tres horas y pico que dura el viaje Madrid – Barcelona, la emprendieran enseguida con el teléfono como quien se agarra a un salvavidas para no morir ahogado. Algo así sostendrá Joan más adelante cuando exponía uno de los grandes miedos que según él acechan al hombre moderno: el miedo al aburrimiento. Y lo decía él que pasa meses solo sin otra compañía que sus ganas de contemplación, su solitario ir y venir de aquí para allá. De todos modos no deja de ser curioso en un mundo donde tantos parecen hacer de la privacidad un baluarte, el que tantos ventilen su vida privada, lo que hacen, lo que les gusta, esto o lo otro de fulanito o menganito a voz en grito en un lugar cerrado en donde viajan más de un centenar de personas. Qué pasa tronqui, dice al teléfono el viajero de al lado, y en ese momento el otro parece empezar a contar uno de esos problemas que sólo al amigo más íntimo se relata. Gente que expone un buen trozo de su vida privada así de golpe a los oídos de los otros pacientes viajeros. Si sigue así, de aquí a Zaragoza voy a estar en condiciones de poder escribir una novela sobre la vida y obra de este señor que llevo enfrente, señor encorbatado, como Dios manda, con el aspecto "honorable" de un jefe de ventas de cualquier empresa.


Bien, me había encontrado con Joan en la plaza de Vilamaniscle. Llevaba dos meses trotando de acá para allá del Pirineo. Estudiante de biología en su primera juventud había descubierto pronto que su vida no debería ser el camino trillado de un ganasueldos cualquiera. A partir de esa convicción empezó a tomar forma lo que iba a ser su vida en adelante. No tendría casa,  ni coche, ni teléfono, nada, lo puesto; tampoco tendría facturas que pagar; lo que llevara en su macuto serían todas sus pertenencias en este mundo. Hacia veinticinco años que llevaba este tipo de vida. Había viajado por todo el mundo y los últimos años caminaba por Cataluña. Su cuerpo se había acostumbrado a la comida fría y eso simplificada la cosas. Cuando se le acababa el dinero buscaba un trabajo sobre la marcha, recogía fruta, hacía algún servicio acá o allá.


Dejamos el pueblo a nuestra espaldas enzarzados en el dilema de aclarar si era posible vivir en Occidente al modo de Oriente, vivir el espíritu de Oriente, su cultura, su filosofía, la concepción de la vida que anima el Tao o el Zen de manera parecida a como lo hacen ellos. Joan manejaba esto temas con soltura, sus conocimientos de biología ayudaban mantener a buen nivel la conversación que nos traíamos. Según él los condicionamientos que arrastramos desde nuestro nacimiento eran susceptibles de ser modificados totalmente, algo que yo no compartía del todo, y con menos razón después de leer recientemente a Jung. Le ponía mi ejemplo de estudiante durante ocho años en un colegio de salesianos. Tuvo que pasar más de una década para que yo pudiera desligarme ¿totalmente? de casi todo lo que allí me habían metido en la cabeza, y eso que después de los catorce años ya me indigestaba con las lecturas de Bakunin, Marcuse o el Así hablaba Zaratustra, de Nietzshe. El tira y afloja de lo que hemos mamado desde niños puede llegar a durar toda la vida. Y le comentaba cómo me paseo en estos días todas las mañanas por el Tao Te King muy interesado por tener en cuenta lo que allí se dice, pero consciente de que sería necesario haber nacido en el año quinientos antes de Cristo, ,vivir en la condiciones que lo hizo Lao Tse y, por último, estar imbuido, impregnado por un concepto de la vida al que yo creo es imposible llegar desde nuestro condición de occidentales maniatados por la presión de grupo y una cultura tan diferente a la de ellos; sería necesario todo esto para poder acercarnos con cierta aproximación a su filosofía. Le expresaba mi idea de que yo me conformaba con estar en un discreto equilibrio en donde pudieran vivir juntas ideas y creencias de ambas partes del mundo.

Cuando llegamos al col de la Serra, Joan cortó el discurso levantando la mano para invitarme a callar, levantó lo brazos en cruz, se volvió hacia el valle que abandonábamos y gritó con voz potente su despedida hacia las montañas que dejábamos atrás, una espléndida vista del Pirineo Catalán. Después se volvió hacia aquellos valles hacia los que descenderíamos enseguida y, con el mismo gesto vibrante y entusiasta, gritó en catalán su saludo hacia las nuevas tierras que pisaba. Siempre repetía este gesto cuando llegaba a un collado o a una montaña prominente, me decía. Nunca se me hubiera ocurrido semejante cosa, pero detenido en pensarlo era algo bastante razonable, más para un solitario cuyos compañeros de aventuras son los bosques y las montañas que atraviesa.

Bajando hacia la ermita de Sant Silvestre, cuando él como buen vagabundo se apuntaba a dejar sus deseos en suspenso viviendo el clima de un presente continuado y yo me aferraba al deseo como un elemento al que hay que mimar y, por tanto defender como algo esencial de nuestra humanidad, él matizó la idea, no se trataba tanto de suprimir el deseo como de no aferrarse a él, y ponía el ejemplo de un padre al que anuncian el sexo de su hija recién nacida como a quien le dan el pésame porque la comadrona está completamente segura de que quería un varón; a lo que el padre responde que no, que está bien así. El deseo del padre, con el matiz que quería añadir Joan, que quiere pero de una manera indistinta, aceptando lo que venga sin más, no era en realidad el deseo al que yo me refería y que, por demás, para mi constituía uno de lo motores esenciales del porqué de la vida, y que en la conversación, mientras descendíamos al fondo del valle yo emparentaba con el curiosidad, haciendo de ese binomio deseo–curiosidad uno de los elementos puntales de la evolución, eso que impulsa al hombre hacia una posible perfección. Nuestra conversación quedó cortada junto con la ermita. Desde allí Joan pretendía alcanzar la cimas que le llevarían primero al monasterio de Sant Pere de Rodes, donde quería pasar la noche, una eminencia que yo conocía del mes de junio, para llegarse después al día siguiente hasta el Cap de Creus. Nos despedimos como si nos conociéramos de muchos años atrás.

El entusiasmo y la salud que mostraba este hombre era algo digno de verse. Eso iba pensando mientras emprendía la subida que me llevaba al Col de les Portes, desde donde, al fin, avistaría el mar, ya casi a mis pies. Desde el collado, enmarcado por dos encinas, hice la toma con la que daría por finalizado el reportaje fotográfico de mi vagabundeo pirenaico. ¡Mar a la vista!, una leve emoción bailaba en mi interior.

 En realidad mi aventura terminaba en aquel collado, más abajo, el turismo, la aglomeración de la gente que se junta en las playas eran un mundo con el que el estado de ánimo en que me encontraba no quería mezclarse. Como quien desea preservar la pureza de sus sensaciones a salvo, guardarlas en un cofrecillo para sí, decidí allí mismo que ni siquiera me acercaría a tocar con mis manos ese mar azul que brillaba más allá de la blanca Llançà. Bajo la sombra de la encina llamé a Víctoria por teléfono y le pedí que me mirara si tenía combinación para llegar a Madrid esa misma noche. La había, no tenia tiempo que perder, una hora y media más tarde estaba subido en el tren que me llevaría a Barcelona. Llegaría a casa a medianoche.

Reconozco que fue todo muy precipitado, no me apetecía hacer noche en un pueblo de la costa tan ajeno a la vida que había llevado; con toda seguridad, si hubiera sabido de algún lugar solitario junto al mar me habría quedado. O quizás habría parado en Barcelona, pero la amiga con la que podía haber quedado estaba tan ocupada en la última semana que me dio apuro. En fin, mi caminar por España parece que cumple hoy una etapa más de este año loco, como comentaba en Facebook esta tarde Manuel Coronado, el también trotamundos de Merida. Espero encontrar en casa el sosiego para reposar este saco de vivencias que traigo conmigo, algo parecido a esa cesta que llevaban días atrás los recolectores de setas. Mi cestillo esta repleto, voy a ver ahora si hago con ello un libro más de la serie España a pie. En unos días está listo; su titulo será: Un vagabundo en el Pirineo.








2 comentarios:

Ana Jordan dijo...

Trae ese mar en los ojos para quienes no lo hemos descubierto a ritmo del paso a paso.
Te esperamos

Alberto de la Madrid dijo...

Sólo a ellas, las de los ojos almendrados con el azul robado en sus pupilas les cupo tal gracia, las hijas del mar; a nosotros, pobres buscadores de bellezas y armonías, sólo nos cupo la nostalgia del sueño, la añoranza de nuestra procedencia desgajada.