Reflexiones de un caminante solitario


El Chorrillo, 19 de junio de 2014


Me levanté tristón y un poco plano esta mañana. Sospecho que tiene que ver con el hecho de que ayer noche sacara definitivamente el billete de avión para marcharme a los Alpes. Dos meses en perspectiva de soledad y trabajo duro más la incertidumbre de que mi pierna y mis fuerzas puedan estar a la altura de las circunstancias. Esa lucha del principio del último ciclo de la vida por seguir despierto se presenta a veces como un camino de insospechada dificultad. No siempre uno tiene el ánimo en idónea disposición para emprender un proyecto que ha llegado a hacer suyo más con la parte racional del cerebro que con aquella otra que muchos años atrás lo arrastraba emocionalmente a emprender algunas ascensiones o propósitos. Entonces eran los propósitos los que tiraban de mí con una fuerza autónoma y procaz; mientras que ahora es mi convencimiento el que tira del carro, el convencimiento de que tengo que hacer esto y aquello para que mi yo y mi cuerpo se sientan satisfechos. Es cierto que después de arrancado un proyecto me sumo en él y vuelvo a ser la persona amante de los caminos y las montañas que fui siempre, pero es algo que surge metido ya en faena, cuando vuelvo a reencontrarme en plena actividad con los elementos de la naturaleza que amo, con esas pequeñas dosis de satisfacción que uno encuentra diseminadas por ríos, valles o montañas mientras el cuerpo absorbe, sufre, se hace uno con los elementos.



La próxima semana vuelo hacia Eslovenia, en la frontera con Italia, para iniciar una larga travesía por los Alpes, que acaso con suerte en algún momento me lleve hasta la orilla del Mediterráneo un día. Empiezo mal porque me encuentro flojito y poco animoso, pero confío en que vengan mejores momentos. La vocación de solitario es dura en ocasiones, digo vocación porque uno nace así y no puede remediarlo por mucho que en otros momentos sea dado a caminar junto a algunos amigos; yo me lo guiso, yo me lo como, yo, yo a todas las horas desde antes del amanecer hasta que la tenue gasa del crepúsculo cubre la tierra y viene a adormecer entre sus brazos el cuerpo cansado del caminante.


Hablar del camino como dolor, como alentador de emociones, como sustentador de esperanzas, como algo que te da vida pero que a la vez te deja exhausto si no hecho unos zorros, es como tratar de profundizar en la médula ósea del por qué de la existencia. "Lo que no emociona no moviliza", dice Juan Carlos Monedero en Curso urgente de política para gente decente. Está por ver qué es primero si el huevo o la gallina. Hasta ahora yo estaba acostumbrado a recibir el hálito de un proyecto, la emoción que genera el deseo de un viaje empeñativo, determinada ascensión a alguna pared de Pedriza o de los Alpes, por vía de la generación espontánea, venía, se apoderaba de mí y ya todas mis fuerzas y mis ilusiones estaban centradas en un proyecto que me arrastraba. Ahora no, ahora no son generalmente las emociones las que me movilizan a mí, debo ser yo el que, usando el más prosaico de mis adminículos cerebrales, la razón, levante una mampostería de razones para invitarme a mover el culo y salir de mi linda comodidad a enfrentarme a largos recorridos a pie, a travesía de semanas por las montañas de toda mi vida. Sí, las emociones vienen después, eso es seguro; y precisamente porque lo sé, porque conozco el paño que tengo en mis manos, no en vano trasteé toda la vida caminando, escalando o viajando por el mundo, siempre me estoy tropezando con parecidos interrogantes. Si no fuera por la experiencia que tengo en estas cosas y por el conocimiento de cómo funcionan, es más que probable que hace ya mucho tiempo que me hubiera descolgado de las actividades que regularmente me llevan a patear el país de un lado para otro. Saber que las emociones están allí, escondidas entre los valles de los Alpes, las estribaciones de las Dolomitas, los glaciares que abrigan la alta montaña, me da fuerzas para a palo seco y en frío un buen día de primavera decidir definitivamente pasar los meses de verano entre las montañas más hermosas de Europa.


Ahora estoy en ese momento de frialdad y expectativa. Pienso en la rótula de mi pierna izquierda, más jodida que todas las cosas con una condropatía de grado cuatro, en esto y en lo otro, que alguna cosa hay más por ahí, en que mi ánimo está más por pasar el verano bajo la sombra de las acacias que por emprender proyectos de juventud, y un ligero nerviosismo me corre por el cuerpo. Así que ayer tuve que poner fin a mi indecisión, que ya había viajado por el sur del Cáucaso y por las montañas de Cachemira durante el invierno, y la única manera de hacerlo era entrar en la web de alguna compañía aérea y sacar un billete para un vuelo que me dejara en la orilla del Adríatico. Se acabó, ya no hay posibilidad de marcha atrás. Al hecho pecho y a esperar que el uno de julio, cuando empiece a caminar desde la misma orilla del mar por los Alpes Eslovenos, poco a poco esas emociones tras las que mi olfato, como un chucho que buscara un buen hueso cada mañana del verano, vayan apareciéndoseme como virgencitas a un creyente conspicuo que ha puesto todas sus miras en algo que no existe actualmente pero que espera recibir en iluminación a poco de echarse a caminar por maravilloso arco rojo que señala la Alta Vía Alpina y que une el Adríatico y el Mediterráneo en un abrazo quasi amoroso.



Y termino mi entrada de hoy con otra cita del mismo libro de Juan Carlos Monedero, un hombre al que descubrí hace muy poco y en quien se apoya, junto a Pablo Iglesias, una parte importante de la esperanza que sustenta a una parte importante de los ciudadanos de este país: "Le corresponde a una memoria viva trazar el camino que junta las estrellas -la luz que recibimos de ellas- para urdir una constelación con un significado". Mi memoria, ya en otra ocasión hace una década atravesé los Alpes de poniente a levante, que se nutre de experiencias muy variadas en esta cordillera a lo largo de más de cuarenta años, con toda seguridad tendrá la oportunidad de urdir nuevos significados y nuevas emociones. 




9 comentarios:

slechuga dijo...

Enhorabuena Alberto, siempre con esa energía, que ha pesar de los años y los males que van apareciendo, tu reivindicas con tu manera de vivir.
Buena turné.

Manuel Coronado Gil dijo...

No me lo puedo creer, te vas a lanzar a la Via Alpina!
Un gran proyecto de algunos meses, Que envídia!
Seguiré tus pasos a través de tus blogs.
Buena suerte

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias, Santiago.

Alberto de la Madrid dijo...

Ya dediqué un par de meses a atravesar los Alpes en el 2003. Ahora voy a intentar un recorrido mucho más largo y empeñativo. Ya veremos, todo depende de mi rodilla que un día va bien y otro le da por hacerme alguna faena.
Yo también te sigo, y veo que no paras. Suerte y buen camino.

José Luis Moreno dijo...

Mucha suerte Alberto, espero tus relatos de este viaje con impaciencia y desde luego tus fotos, que son soberbias
,seguro que te haces otra debajo de las cimas del Lavadero, como la insertada aquí.
Un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias, ya veremos, ya no es lo mismo que cuando nos dábamos una vuelta por el Ocejón, pero quién sabe. Ahora las fotos hay que hacerlas desde abajo, antes las hacíamos desde arriba. :)

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias, ya veremos, ya no es lo mismo que cuando nos dábamos una vuelta por el Ocejón, pero quién sabe. Ahora las fotos hay que hacerlas desde abajo, antes las hacíamos desde arriba. :)

Ignatius dijo...

Tu bien sabes que un paso adelante borra todas las inclemencias de nuestro tiempo. Un fuerte abrazo.

Alberto de la Madrid dijo...

Me iba a la cama, pero con un comentario tan filosófico ya tengo entretenerme. Espero que así sea, un abrazo