La vuelta al día en ochenta mundos



Sobre Alagna Valsesia, 23 de agosto 

Tan larga jornada ha sido la de hoy que tengo la impresión de haber vivido en un solo día el contenido de tres o cuatro. Desde mi vivac de nido de águila, que no me parece el de hoy sino el de tiempo atrás, recuerdo someramente un largo ascenso y el ejercicio de mentalizarme en que después vendría un largo descenso con una nueva subida importante. No es ocioso estar verdaderamente mentalizado de la tarea que te espera, ello hace que dosifiques tus fuerzas, sobre todo tus fuerzas mentales.



En ese primer tramo de la mañana ya hubo en mis pensamientos un par de asuntos, el primero relacionado con la lectura de Miller que hoy inicié tempranamente mientras ascendía dentro del limbo de una espesa nube. Estaba relacionado con la poética en la que se mueve este hombre de apariencia salvaje y desconsiderada, desconsiderada para los cánones al uso, se entiende; la poesía que debería recorrer la infancia de todos los niños, bien que no ausente de momentos de crueldad e inconsciencia, y que poco a poco, cada vez más, deja de ser de lo mejor que uno ha de vivir a lo largo de toda su vida para convertirse en anodino deambular por un mundo centrado en el consumo de trastos estúpidos. La infancia de Miller, como otras tantísimas infancias, es un fresco diverso y de aprendizajes sustanciales que jamás la escuela podrá alcanzar. El conocimiento de la calle, del ambiente contra el conocimiento tantas veces insustancial, reiterativo, como considerando a los niños seres idiotas. Y lo dice un maestro que dedicó más de treinta y cinco años al trabajo de escuela, un maestro consciente de que sus propios verdaderos conocimientos de niño nunca fueron obtenidos en la escuela, que en definitiva no deja de ser con frecuencia, debido casi siempre a los malos maestros, una institución que frustra la creatividad y sirve para reproducir esquemas de comportamiento sociales que en modo alguno contribuyen a fomentar la capacidad de razonamiento, ni prepara al individuo para liberarse del peso del sometimiento a criterios que le son ajenos. Un vistazo a la bibliografía de Paulo Freire puede ayudar a comprender estas cosas. Miller nos lo cuenta de una manera que hace que sintamos cuántos valores echa a perder nuestra cada vez más "desarrollada" civilización. 



Por ahí andaba cuando comenzó a llover y tuve que descargar para ponerme el equipo de agua. La lectura de Miller es tan densa que se mereció un respiro mientras reiniciaba la ascensión. Pasando junto a unas casas de piedra de pastores mis recuerdos se fueron a un invierno de años atrás en que estuve trabajando en la cabaña de mi hijo Mario. Fueron una semanas muy fértiles, de mañana temprano, con un frío que pelaba, me ponía a amasar barro con excrementos de caballo, que usaba para enfoscar los muros de una enorme chimenea que a mi hijo se le había ocurrido construir. Pensando en esto imaginé que de lo que se trataba en la vida era de hacer algo, algo que dé intensidad a ésta y en esta línea pensaba que tanto podría proyectar para el próximo invierno algunas correrías por los Alpes de Nueva Zelanda como dedicarme a escribir una novela, o mejor, esa era la novedad, dedicarme a construir una casa pequeña, una choza acaso en la sierra. Un par de veces que había bajado desde el collado Medio Celemín a Lozoyuela en invierno, me había tropezado con una casa de piedra abandonada. Más de una vez pensé en desplazarme a Lozoyuela para hacer indagaciones sobre el propietario con la idea de construir con mis manos un entorno donde pudiera retirarme periódicamente a ejercer de ermitaño y vivir la naturaleza con plenitud. Esta mañana volví sobre esa idea, no aquello, pero qué se yo, algún lugar donde poder emplear mis manos y mi inteligencia en un ambiente montano que me fuera grato. Con estos pensamientos en ebullición llegué al collado Terme. El camino descendía vertiginoso por la otra pendiente hasta Rima. Algo que dé densidad a mi vida, me repetía. De momento ya tenía tres opciones para el próximo invierno: atravesar los Alpes neozelandeses, incluido quizás un viaje por Australia o Nueva Guinea; escribir una novela, que ya había algún idea por ahí rondándome o, la que más me atraía hoy, imitar de algún modo al Henry Thoreau de Walden y tratar de levantar una cabaña. Hasta se me pasó por la cabeza tomar en arrendamiento la tierra de mi hijo Mario en las montañas de La Cabrera. Por cierto, que hay un momento en que Henry Miller hace una afirmación que viene a cuento, dice: Si tu alma se alimenta de pan y ostras nútrela con pan y ostras. Ergo, que cada cual sepa de qué se nutre su alma y obre en consecuencia. 





En Rima estaban de fiesta. Sólo me entretuve el tiempo de tomarme un desayuno pantagruélico. Otros mil metros de desnivel por delante no se merecían otra cosa. A mitad de camino, sobre la izquierda del sendero, estaba la lápida de reconocimiento que veis más abajo, en honor de quien había contribuido especialmente a la construcción del sendero por el que yo ascendía. Cuántas veces me habré preguntado este año sobre las personas que han dedicado, dedican una parte importante de sus vidas a construir senderos, a mejorarlos, a señalizarlos, a hacer una labor de continuo mantenimiento. Labor anónima y encomiable que podemos llegar a olvidar, como si los caminos, los miles de senderos de los Alpes, los Pirineos, o cualquier otra parte del mundo se hicieran, se señalaran, se mantuvieran solos. Siempre es así, siempre en la sociedad hay ángeles de la guarda, hombres y mujeres que trabajan desinteresadamente para hacer más grata, más fácil la vida a los otros. Siempre me entra la duda, un gusanillo que me dice por dentro si no habré de dedicar yo igualmente, antes de que no me sea posible, algunos años de mi vida a alguna clase de actividad de este tipo aunque sólo sea como reconocimiento y agradecimiento a todos aquellos que de algún modo ayudaron a hacer el mundo más habitable y justo. Ahí queda la idea acaso para compaginar con esos proyectos que van surgiendo mientras camino. 



El collado de Mud llegó apenas sin darme cuenta, tan entretenido me encontraba arreglando el mundo o reflexionando sobre esto o lo otro. Olvidé decir que al principio del camino, nada más salir de Rima, me encontré con un matrimonio y dos criajos que andaban trepando a una rocas en busca de frambuesas, igualito que hacían mis hijos en los veranos del Pirineo cuando había que pararse continuamente a recolectar arándanos. Los niños tenían la edad de mis hijos en aquella época. Más abajo retomo mi contacto con esta familia. 



El refugio de Ferioli no quedaba más que a veinte minutos. Es un refugio pequeño que se podía confundir con algunas casas de pastores que se encuentran por todos los Alpes. La bandera italiana ondeaba sobre un alto poste. Entrar en un refugio de altura en medio de la niebla siempre levanta expectación. Era un lugar acogedor. Fue muy fácil integrarse en el grupo que estaba terminando de comer. Mientras daba cuenta de mi lasaña y mi cerveza me puse al tanto de la conversación general. Una señora mayor con aspecto de tener muchos caminos a sus espaldas se interesó por mis andadas. Marcos, un joven que hablaba largo y tendido a quien todos parecían tener cierta consideración, acaso por sus actividades, enseguida se sentó a mi lado... y charlamos...  ¿de qué? De qué va a ser, de montaña, de algunas ascensiones que había hecho días atrás en el cercano macizo del Monte Rosa, el gran señor de la zona al que yo había visto asomar la nariz con sus altos glaciares aquella misma mañana,



después se mostró muy interesado por mi travesía. No ocultaba su admiración por el tiempo que llevaba caminando, por usar la tienda, qué se yo. Compartíamos nuestra admiración por Kilian Jornet, ese corredor-alpinista catalán que subió y bajo al Cervino en dos horas y cincuenta minutos. En un momento en que había un espectacular mar de nubes sobre el valle salimos fuera del refugio. Me sentí inspirado, le conté a Marcos cómo un escalador, no recuerdo el nombre, que había acompañado a René Demaison en una primera ascensión a los Grandes Jorasses fue encontrado por un amigo en una terraza de Chamonix bebiendo cerveza repantingado al sol en verano. Aquél le preguntó si ya no escalaba y la respuesta de éste fue que lo que había hecho con René había sido tan grande que ahora pensaba pasarse todo el verano bebiendo cerveza y recordándolo. Entonces levanté el brazo señalando el mar de nubes y le dije a Marcos, ¿ves?, como esto, con las aventuras del verano en la cabeza uno puede pasarse el invierno felizmente recordando. 



Al poco rato aparecieron por la puerta, todos muy sonrientes, los cuatro miembros de la familia de alemanes que andaban con las frambuesas. Hablé un poco con ellos, les dije lo identificado que me sentía por los recuerdos que me traían de nuestras propias caminatas familiares por los Alpes y los Pirineos. El recuerdo de nuestra largos veranos viajando por toda Europa, incluido Israel y Turquía y nuestra numerosas caminatas desde que mis hijos eran pequeños constituye una de las partes más preciadas de mi memoria. En una ocasión atravesamos la familia al completo el Pirineo siguiendo la Alta Ruta Pirenaica: nuestros voluminosos macutos (el presupuesto no daba entonces para comer o dormir en los refugios), el despertador sonando al filo de alba para preparar el desayuno, las largas ascensiones, las demandas para pedir un nuevo descanso, mi hija acicalándose cuando íbamos a entrar en un pueblo, Guillermo, el mayor, haciendo observaciones y anotaciones de la hora de llegada a determinado lugares, Mario arremetiendo en cabeza el valle hacia el col de Ratera, las larguísimas jornadas de caminar; cierto día que nos perdimos, nos encontramos a un perro al que llamamos Bartolo y que terminamos remontando inútilmente un río por el agua seguidos siempre por el perro, un sueño de muchas muchas horas en una alameda porque nuestros cuerpos estaban exánimes... ¡Con qué calor recuerdo hoy aquellos recorridos por las montañas con mis hijos, con Victoria!

Les pedí a la familia alemana que me dejaran hacerles un fotografía para mi blog y accedieron encantados. Antes de abandonar el refugio tuve una calurosa despedida con todos. Fuera las nubes cubrían las cumbres, la niebla rondaba en los bajíos del valle. El ambiente era formidable. Tuve ganas de hablar con mi chica y por más de media hora bajamos charlando. Bajamos, digo, porque era bien cierto que no bajaba solo. Antes de llegar al fondo del valle me encontré con un hermoso porche adosado a una casa en desuso y allí me quedé, no tenía ganas de montar la tienda. 



Oscurece, es hora de cenar e ir pensando en meterse en el saco. Ah, por cierto, se produjo un movimiento brusco en la vegetación y de pronto apareció un ciervo a poco metros. Tuve tiempo para sacar la cámara de hacer una fugaz toma del animal.







6 comentarios:

Ignatius dijo...

Muy entrañable...

Alberto de la Madrid dijo...

Saludos desde las laderas del Monte Rosa

Mario dijo...

Arrendar? Pero si es tu tierra. Desde esta memoria de mosquito recuerdo mucho algunos fragmentos de la travesía del Pirineo. Debía sentirme muy como en casa. Siempre recuerdo mi contradicción de chico al no entender por que el agua de aquel río seco aparecía arriba para luego abajo desaparecer.

Alberto de la Madrid dijo...

A mi me gustaría tener una memoria más fresca de mi propia infancia. De vosotros siempre he deseado que vuestra memoria de cuando erais niños fuera intensa y entrañable. No se si mama y yo lo conseguimos, pero hicimos lo posible para que fiera así.

Mario dijo...

Intensa y entrañable, no hay otras palabras. Mi memoria no es la de Guille. Pero guarda muchos momentos a lo largo y ancho del tiempo y del mundo de una intensidad y una ternura. Me siento muy orgulloso de como soy como persona, eso me da mucha fuerza cada día. Y si soy así, estoy seguro, es por lo vivido desde mi tierna infancia. Particular e inusual infancia-adolescencia-juventud.

Alberto de la Madrid dijo...

Me alegra Mariete, hoy tuve un día duro y estoy que me caigo de sueño.
La memoria es una gran cosa cuando se ha vivido, vivido en el sentido más esencial de la palabra.
Besos