Perdido y bien perdido



Cercanías de Locana, 30 de agosto 

No sé si hoy voy a ser capaz de escribir algo. Las nueve de la noche y acabo de meterme en la tienda. No he comido nada desde las once de la mañana. Es una excepción, tampoco debería preocuparme por ello. Algún día así tenía que salir tarde o temprano. 

Desde mi vivac al collado Crest escaseaban las señales y el camino desaparecía entre el alto pasto. Había estado lloviendo una parte importante de la noche y atravesando los prados me dejaron empapadas las botas, los pies y los pantalones. 



Bajando del collado Crest había hecho un alto para comer lo único que me quedaba, un poco chocolate y algo de pan, cuando apareció procedente del valle una mujer con pinta de llevar muchos días de camino encima. Enseguida extiende un mapa y me explica su recorrido. Viene de Locana y me explica las peripecias que ha pasado en cierto camino subiendo desde Locana al colle Vardla, ha empleado más de cinco horas, subiendo, bajando, buscando señales por aquí y por allí. El caso es que yo había estado estudiando la posibilidad de desviarme de la Vía Alpina, que en este lugar se dirigía hacia el oeste para hacer un recorrido que yo ya había hecho con Victoria años atrás. El camino que había seguido esta mujer me venía cómo anillo al dedo para saltar al valle siguiente. Consciente de que podía tener problemas de orientación me aprovisioné de comida en Talosio, el pueblo donde había desayunado. La subida hasta el collado era cómoda y sin dificultades por lo que subí leyendo tranquilamente a Mavin Harris, asuntos de aprovechamiento energético en la dieta de pueblos de distintas procedencia, cuestiones de economía; llegando al collado de Vardla el tema andaba por la economía de trueque o de simple intercambio y se abordaba el asunto de los gorrones en pueblos donde no se llevaba control de lo que cada uno aportaba a la comunidad. A partir del collado ya no me podía permitir el lujo de leer, necesitaba toda mi atención para seguir los muy ligeros rastros del camino y además confirmar que esos rastros eran los correctos, para lo que debía sistemáticamente localizar las desvaídas señales blanquirrojas. El camino atravesaba apretadas selvas y prados de mucha inclinación, pero más o menos se podía seguir, eso hasta que llegué a las ruinas de unas antiguas casas de pastores totalmente comidas por una exuberante vegetación. Estuve mucho tiempo dando vueltas alrededor de este selva intentando inútilmente encontrar la continuación de las señales. Ya estaba volviéndome a localizar la última señal que había visto cuando en medio de esa selva impenetrable aparecieron Marcos y su hijo Piero armados cómicamente con sendos machetes y la espada de la motosierra sobresaliendo a la espalda del morral. Marcos me decía que sin machete no se puede andar por allí. Eso da una idea de dónde estábamos metidos. Andaban preocupados porque habían oído rotura de ramas, las que había roto yo buscando el sendero, y el hijo, un adolescente, tenía pintado en el rostro el miedo de la imagen de un oso o cualquier otra alimaña capaz de comerle los entresijos. Padre e hijo iban, me dijeron, a una romería de la virgen que se celebraba en una capilla al otro lado del collado Vardla. Me pareció que en absoluto llegarían a la romería con el camino que tenían delante. No obstante Marcos enseguida se ofreció par acompañarme pendiente abajo hasta determinado sitio desde donde me sería más fácil continuar, dijo. Según bajábamos bromeé con él, se me ha aparecido la virgen, le decía, te sei il mio Salvatore. Bajamos un buen trozo en donde yo no veía rastro de camino. Luego aparecieron al mismo tiempo dos tipos de señales, bajando a la izquierda naranjas y a la derecha las blanquirrojas. Me explicó que me convenía seguir por la primera, que la segunda atravesaba entre muchos cortados de rocas y era más complicada. Nos despedimos y seguí sus consejos pero poco más adelante no lo vi claro y consideré que la solera que tienen las señales blanquirrojas me daba más confianza. Así que volví a subir hasta el cruce. Quince minutos más tarde, después de abandonar una capilla de la Virgen, que tanto abundan en los lugares más inesperados en toda Italia, tenía a mis pies un respetable abismo al que yo no veía salida. Aun así trajiné entre las rocas y las altas hierbas por lugares peligrosos por un buen rato. Bajé unos cien metros con cierto acojone. En el último momento dejé el macuto en una plataforma y fui a investigar las posibilidades de descenso que había por allí. Daba cosa mirar un poco más allá, al valle, era un vuelo espeluznante hasta el río, las casas las veía como se ven los pueblos diez minutos después de despegar en avión. Estaba claro que yo no tenía cojones para arriesgarme a seguir buscando por allí una posible bajada, aunque la hubiera no podría usarla. Terminé convenciéndome de que tenía que deshacer el camino hasta el cruce con el de las señales naranjas y tentar la suerte por el otro sendero. Estaba realmente cansado.





Lo curioso del caso es que subiendo me encontré varías señales rojiblancas, lo que confirmaba que por allí pasaba el camino correcto. Miraba para atrás y me daba cangue pensar que por allí pudiera bajar alguien que no fuera equipado con un parapente. Estos caminos que sortean los abismos son la leche cuando no están claritos claritos. 

Visto esto el otro camino me lo imaginaba un camino de rosas. Ya... 



Bastante abajo y después de haber perdido las señales y vuelto a subir a buscar la última una docena de veces miré la hora, ¡eran las seis de la tarde!, llevaba más de cinco horas bajando, rastreando, rehaciendo el camino. El tiempo había pasado asombrosamente tan deprisa que no daba crédito a la hora, ni comer ni leñe, todo se lo había llevado la obsesión por encontrar el modo de salvar ese salto de cuatrocientos o quinientos metros de desnivel que me separaban del fondovalle. 

No os aburro, me perdí una docena de veces y en tres o cuatro ocasiones volví a encontrar los rastros del sendero, pero al final tuvo que suceder, ni sendero ni leñes, monte a través, pendientes respetables, enmarañamiento de zarzas en donde aproveché para comer algunas moras maduras, dos riachuelos. Me puse las piernas como para un pase de modelos. Veía que se me venía la noche en aquella selva impenetrable. Terminé viendo un prado de cuento hacia el final, entre el boscaje. ¡Aleluya! ¿Aleluya? Ja. 



El prado y una casitas más allá estaban protegidas contra una posible riada por un canal de muros de grandes rocas de unos tres metros de altura por cinco o seis de ancho. Imposible descender la canal entre las zarzas y volver a superar los tres metros de la pared opuesta. Me costó encontrar un árbol por el que pudiera descender al fondo de la canal. El macuto lo dejé caer entre los zarzas y el caminante, haciendo un número de circo se encaramó al árbol haciendo una maniobra que en escalada llamamos chimenea. El árbol se cumbreaba alarmantemente pero no llegó a quebrarse. Salir de la zarzas me costó Dios y ayuda. Luego tuve que escalar, haciendo uso de mis olvidadas técnicas de treparriscos, tres metros verticales al otro lado. Y sí, pero estaba en terreno civilizado, sobre un terreno sobre el que para desplazarte solo tenía que avanzar un pie y luego otro. Pan chupado, que decíamos de niños.





  

2 comentarios:

Mario dijo...

Cuídate papi. Y haz caso a los lugareños. Los tiempos de los héroes han pasado. También la humildad es digna de alabanza. Saber que se es grande vale tanto como saber que se es pequeño.
Hoy me quedo sin leerte a la noche, me la acabo de comer a la tarde con un yogur arriba en el monte.

Alberto de la Madrid dijo...

Ah, Mario, cada vez está más lejos esa gente del lugar que sabe de senderos y demás. Cuando te sales de lo caminos que frecuenta la gente de montaña casi siempre todo está comido por la vegetación y las zarzas. Hay sus excepciones. Ayer me encontré a más de dos mil metros una señora que llevaba toda su vida ahí, cuarenta y dos años, había nacido en una choza en las alturas. Hable un rato con ella y le conté de ti hablando de la diferencia de haber nacido en el monte y proceder de la ciudad. En mi post de hoy hay una foto de ella y su perro. Se la veía contenta de la vida que llevaba, que es lago poco corriente porque me he encontrado otros pastores que estaba ahí por necesidad.