Una hermosa desolación



Maloja, Suiza, 2 de agosto 

El itinerario para hoy señalaba una larga subida hasta el paso Muretto a una altura de 2600 metros y un descenso por la vertiente opuesta, ya en Suiza, hasta el paso Maloja. Siete horas de camino. 

Había puesto el despertador a las cinco y media con la vana pretensión de evitar en lo posible la lluvia, pero fue inútil, cuando éste sonó, tras la ventana del balcón caía una ininterrumpida cortina de agua. Pensé en mi experiencia del pasado año haciendo en invierno el Camino Norte de Santiago cuando las lluvias ininterrumpidas no lograban hacerme desistir de salir de donde estuviera hospedado a las seis de la mañana, la hora consagrada en aquel tiempo para empezar a caminar cada día. Concretamente un día semejante al de hoy con un balcón a la calle, diluviaba. Recuerdo perfectamente cómo en aquella ocasión me hice de valor y me eché a la calle en plena oscuridad para hacer cinco o seis horas de camino bajo una lluvia de las de órdago. Me acordé de ese día y de muchos otros en parecidas circunstancias, pero la memoria no me ayudó en esta ocasión para animarme aunque lo estuviera rumiando durante un buen rato. De todos modos aquello no era el Camino de Santiago, nunca sabes lo que te espera en esos valles que se empinan tan arriba en la montaña, y si a eso le sumas la niebla y la lluvia, apaga y vámonos. Volví a salir en bolas al balcón, la niebla rondaba a un centenar de metros de los tejados de las casas de Chiareggio, la lluvia seguía allí como si siempre hubiera estado formando parte del aquel aire y aquel ambiente. Me volví a la cama. Me dormí. Me desperté dos horas después, agucé el oído y curiosamente sorprendido no oí el repicar de la lluvia. La niebla persistía pero la lluvia había desaparecido. 


Hice parsimoniosamente el macuto, todo estaba seco en mi impedimenta, y cuando tuve intención de desayunar lo que me habían preparado en el hotel fui incapaz de ingerir nada. 

La calles del pueblo estaban como recién lavaditas, las montañas lucían sus fulares de niebla a mitad de altura. De nuevo era gratificante caminar y sentir que mis piernas obedientes se ofrecían de buena gana a hacer el esfuerzo que les pedía. Poco a poco fui dejando atrás el valle, la niebla se abría a veces y dejaba mostrar montañas añosas y picudas rodeadas de breves glaciares colgantes. Debería haber visto el pico más significativo de la zona, el monte Disgrazia, pero era pedir mucho en aquel ambiente gris y plomizo. ¿Qué digo? y entonces, adelanto acontecimientos, le pido a Bram, el amigo holandés con quien coincidí en Maloja y a quien regalé mi mapa, que me lo deje un momento y descubro que el pico Disgrazia era aquel que veía de continuo alzarse en medio del valle formidable a mis espaldas rodeado de nubes. Le diré a Victoria que ponga su nombre bajo la fotografía. Al final terminaron por aparecer al fondo los neveros que precedían las cercanías del paso Muretto. Llovía de nuevo, pero lloviendo y todo me fue entrando en el cuerpo poco a poco la ganas de jugar, jugar con mi cuerpo, con mi fuerzas y ello cuando la pendiente era más fuerte. Un juego que he jugado en ocasiones y que recuerdo con una sonrisa en lo labios en este momento. ¿En qué consistía el juego? Muy simple, en iniciar un paso de carrera a estas alturas, ya hablé de ello el otro día, ese paso corto de baile apresurado, movimiento de  caderas exagerado, como moza contoneando exageradamente sus caderas y su culo. Joder, qué gusto esa carrerita bajo la lluvia después de que llevara mil metros de desnivel de subida a buen paso. Sí, jugar a correr y a ver a hasta dónde da de sí el cuerpo, que daba y mucho y que fue capaz de llegar hasta el mismísimo collado de carrera. ¡Guaá!  y llegué, llegué bien. Bendito mi cuerpo: ¡Cuánto te quiero! Os cuento un par de ocasiones muy diferentes en que también jugué y recuerdo con gozo. Una fue ascendiendo al Mont-Blanc con Javier Mayayo; en aquellos ocasión el juego se le ocurrió a él, cerca de la cumbre empezó a correr como quien lo hace por broma y terminamos convirtiendo la broma en un ejercicio abrumador pero al que resistimos hasta el final, hasta que llegamos a ese campo de fútbol a casi cinco mil metros que es la cumbre del Mont-Blanc. La otra ocasión que recuerdo fue en el desierto mauritano, entre las dunas de Chinguetti. La temperatura debía de andar cerca de los cincuenta grados, regresábamos de una larga caminata desde un oasis cercano, Victoria venía cabalgando en ese momento en un camello y se me antojó que yo debía llegar a cierta prominencia corriendo antes que ella; y visto y no visto, durante veinte minutos jugué a correr bajando y subiendo dunas. Si no hubiera tenido esa ocurrencia aquel paseo habría desaparecido fácilmente en mi memoria, pero la intervención de aquel juego casi demencial después de una larguísima marcha por el desierto y a esa temperatura ha tenido la facultad de que el hecho se me quedara colgado de las paredes de la memoria para siempre. Jugar con los límites de uno debe de suscitar la segregación de alguna sustancia en el organismo que se derrama sobre éste como una fuerte droga. 

Pico Disgrazia



A lo que vino después le vendría mejor ser escrito en verso, pero como los versos se me resisten según me voy alejando de aquel día en que aquella mujer pequeña de la que anduve enamorado decidió tomar otro camino, no me queda más remedio que seguir escribiendo en prosa. Por cierto, y al hilo de lo último, tengo que confesar que aunque eso de enamorarse a veces trae muchas sangre y dolor por medio, dispuesto estaría a estarlo otra vez solamente por el hecho de poder experimentar de nuevo la fluidez y profundidad con que lo versos llegaron entonces a la pluma del  enamorado. 


A mi espalda había dejado el monte Disgrazia y ahora, delante de mi, en la vertiente suiza lo que se me presentaba era la desolación de un abandonado valle de Groenlandia. Había empezado a llover ahora con más intensidad y delante de mi, tras una escarpada pendiente de piedra suelta, aparecía un valle en U cubierto de nieve y ocupado por la niebla. Sentí una gran sensación de soledad y desamparo bajo mi capa de agua en la que repicaba bronca la lluvia. La niebla lamiendo las laderas, la montañas oscuras y amenazadoras desapareciendo tras las nubes. La desolación era la dueña y señora del lugar. Se me planteaba la cuestión de encontrar el camino en aquel marasmo de rocas y nieve que hacia la mitad del valle dejaba ver un río desbordado desde una ladera a la otra. Si optaba por la ribera izquierda después el caudal del río me impediría pasar al otro lado, y viceversa. Bajaba pensativo poniendo mis cinco sentidos en una estrecha senda extremadamente resbaladiza que zigzagueaba estrechamente en la vertical hasta el punto de que cada paso mío producía el arrastre de montones de piedras y barro. Caminar por el gran nevero que cubría el valle sin rastro de huellas, observar la masa de nubes subiendo como un gran reptil blanco que se fuera a tragar la nieve y al caminante, el bronco rodar del agua entre la nieve y los pedruscos un poco más abajo, eran el escenario inmediato a aquella pendiente hecha de barro y peligrosas revueltas. 



Mucho antes de que abandonara la nieve mis pies eran ya un puro charco. Después vino un puente algo espectacular bajo el que rugián las aguas y un bosque de cuento remozado en agua que terminaba en las orillas de un lago a cuya vera hubiera sido delicioso sentarse a descansar un rato en un día de sol. Desde allí siguió una larga y zigzagueante pista que tras hora y media termino por dejarme en el paso Maloja. 


Calado como nunca y no era capaz de encontrar un miserable sitio para pasar lo que quedaba del día y la noche. Tres hoteles en Maloja, uno estaba lleno, en el segundo pedían ciento treinta euros sólo por dormir y un tercero aparecía cerrado. Me refugié en el único establecimiento abierto, una pizzería, después, tras algunas pesquisas localicé por teléfono al encargado del hotel cerrado. Le esperé inútilmente en la puerta hasta que indagando en la parte trasera del edificio encontré otra puerta. Todo vacío, subí, bajé escaleras, metí las narices en algunas puertas y terminé llegando a un salón donde había un joven ensimismado en un mapa, era Bram, holandés, otro trotamundos de los Alpes. Me acomodé con todas mis cosas en el salón y, mientras me cambiaba de ropa, Bram me fue contando de su aventura. Mientras tanto llego el encargado, me enteré del precio, me pareció aceptable y me volví junto a Bram. Hicimos migas enseguida, tuvimos un animosa conversación toda la tarde, Perú, Tierra de Fuego, el Machu Picchu donde pensaba ir tras el paseo por los Alpes, nuestro mutuos maratones, su afición a correr por lo alrededores de Rotterdam. Mis batallitas también le entretuvieron un rato. Terminamos en mi habitación compartiendo lo que me quedaba de comida y una tableta de chocolate. 


Jo, miro para atrás y me admiro de todo lo que puede caber en un día. En fin, mañana parece que el tiempo estará un pizca mejor. Veremos. 








5 comentarios:

Sergio Iglesias dijo...

Alberto me tiene asombrado tu perseverancia y capacidad de sacrificio bajo tanta agua,frio y desolación.

Coincido contigo en que tiene que haber algo de emoción por el medio para que una situación o paisaje quede gravada de manera indeleble en la memoria.

Después de nuestro viaje a Estambul y nuestra inmersión en el mundo musulman, estaban en el Ramadán para consternación de las mujeres que me acompañaban, estoy pasando una temporada en casa y preparando un viaje a caballo por el Camino Primitivo con disgresiones por los montes asturianos.
También quiero comentarte que estoy leyendo tu libro "La edad madura" y me ayuda a comprender mejor alguna de las alusiones que haces en tus crónicas,como es el caso de tu capacidad para hacer versos bajo ciertas situaciones.

José Luis Moreno dijo...

Alberto, me alegra muchísimo saber que tu forma física todavía esta como cuando subiste al Mont Blanc acompañado de Javier Mayayo, allá por el año 1968 o 69, ya lo sabía pues me lo había contado Mayayo, recuerdo que el el 1975 el trabajaba en Construcciones Huarte y estaba trasladado en Tafalla haciendo la autopista de Pamplona/Zaragoza, yo tenía la zona de ventas de las excavadoras de Guipúzcoa y Navarra y ete aquí que por " "casualidad "todos los viernes acababa mi labor en la zona de Pamplona. A las cinco de la tarde , hora de salida de Javier ya había yo recogido a María, su mujer, y salíamos pitando para el Pirineo. En una ocasión subiendo del embalse de la Sarra al refugio del Respumoso hizo lo mismo que en el Mont Blanc contigo, e plena subida hecho a correr, como yo iba con la lengua fuera, en un recodo del camino me espero, me cogió mi macuto se lo puso encima del suyo y de nuevo el muy salvaje hecho a correr, yo no he conocido jamás un tipo tan fuerte como el. Durante los dos años que duró la obra lo pasamos en grande, que pena que después fue trasladado a la autopista de León y yo sólo pude visitarle una vez en Rriondas, después inexplicablemente he tratado de localizarle y me ha sido imposible, una pena grande para mi.
Que sigas tu periplo y te agradezco muchísimo que hagas que desempolve mis querido recuerdos.
Un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Sergio. Yo creo que la vida es de una complejidad maravillosa donde se dan cita aspectos muchas veces contradictorios incluso opuesto. Un buen gourmet debe atreverse a probar de todo. Un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Entre nosotros tuvimos nuestras cosas, pero guardo un hermoso recuerdo de aquellos años con él. He tratado de localizarle por Internet. En una ocasión recibí un mensaje de un desconocido que había visto mis pesquisas en un foro. Se habían encontrado con él camino de Valencia. Parece que no le iba muy bien. Me dio un par de teléfonos, y un antiguo compañero del Club Deportivo Navacerada, Martín llamo sin resultado alguno. Buenos tiempos aquellos. Un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Entre nosotros tuvimos nuestras cosas, pero guardo un hermoso recuerdo de aquellos años con él. He tratado de localizarle por Internet. En una ocasión recibí un mensaje de un desconocido que había visto mis pesquisas en un foro. Se habían encontrado con él camino de Valencia. Parece que no le iba muy bien. Me dio un par de teléfonos, y un antiguo compañero del Club Deportivo Navacerada, Martín llamo sin resultado alguno. Buenos tiempos aquellos. Un abrazo