De pastores y fantasmas




Junto al refugio Jervis, 8 de septiembre 
  
Qué cosa tan maravillosa es este pequeño espacio de tela bajo el que me cobijo cada tarde tras mi jornada de caminante. Hoy también me libré por los pelos. Había entrado en el refugio Jervis para que me prepararan algo de cena y tomarme de paso un té y cuando salí ya teníamos en ciernes la tormenta de la tarde. Un crío que andaba por allí me indicó una fuente junto al camino que encontré pocos minutos después. Fue llegar a la fuente y abrirse el cielo con el acostumbrado clamor de la tormenta. Eso: pies para qué os quiero. Allí mismo, a unos pocos metros, la carrera contra reloj para intentar librarme de la gran mojadura. Algo me mojé, pero no fue nada en comparación con la satisfacción que sentí cuando estiré mi cuerpo sobre el colchón de aire bajo el repiqueteo de la lluvia que había pasado de ser una amenaza a una orquestina amiga que venía a hacer sonar sus melodías junto al lecho del caminante. 



Decía el otro día en un comentario de este blog Santiago Pino algo así como, ánimo, que ya falta poco, y yo le respondía que no sabía, que no estaba yo seguro de que quisiera que esto terminase. Estoy tan a gusto metido en este estilo de vida, con sus madrugones, los miles de metros que subo y bajo constantemente, la gente que me encuentro, estas tormentas con las que, como ahora mismo descargan apabulladoras y solemnes sobre un servidor, los bosques, los colores, los valles abruptos y de apariencia intransitable, tan a gusto que dudo de que mi ánimo vaya a alegrarse mucho de la proximidad de un final que poco a poco viene creciendo según me voy acercando al mar. El pasado año, en algún momento en que algo estaba por terminar, no recuerdo qué, acaso el final de mi recorrido pirenaico, surgió una discusión, creo con Ramón y la amiga Trini en mi blog sobre estas cosas que ellos asociaron al poema de Kavafis, Ítaca. Creo que yo argumentaba entonces que el regreso a Ítaca como símbolo de cumbre, final aventura o carrera, no era una ganga, de la misma manera que no lo fue para Odiseo como se suele pensar. A Odiseo le esperaban demasiados infortunios en su final de navegación para considerar esa llegada a Ítaca como una panacea. 



Hace fresco, lo que me obliga a ponerme los pantalones y meterme en el saco. Y cuando voy a hacerlo me confundo y en vez de sacar la pierna por el agujero correspondiente la saco por la abertura que se ha abierto en el culo; ¿cómo era aquello de Lorca? , ¡ay, mi anillito de plata, ay, mi anillito plomado! ¡Lo que fueran mis pantalones... ahora ya no son ni su sombra! Empezó a descoserse el trasero y lo dejé, lo dejé y ya sólo tengo algo parecido a unos pantalones, algo que por cierto me hace recordar un comentario jocoso que hacían Anglada y Pons hace años después de haber escalado el espolón Walker en las Grandes Jorasses. Habían coincidido en la pared con una cordada de rusos que vestían unos curiosos pantalones que además de tener una cremallera por delante tenían otra a largo del trasero. Anglada y Pons se reían pero yo mirando ahora mi pantalones considero que debía de ser una cosa muy práctica para los rusos cuando les entrara necesidad de evacuar. El sentido práctico de la era comunista tuvo terribles desaciertos, pero acaso el invento de unos pantalones con aquel diseño habría sido interesante, especialmente para casos de emergencia y escaladas de riesgo, donde andar bajándose los pantalones podía ser un verdadero engorro. 

Vamos al comienzo del día. A las nueve de la mañana ya estaba en el col de Giulian: todo un récord. A mis pies el ya familiar mar de nubes, en este ocasión presidido por la fenomenal mole del Monviso, un cuatro mil casi por los pelos que domina como un gran señor todas las montañas de los alrededores. Pensando en la portada que ha de llevar mi libro sobre esta travesía volví a probar hacer algunas tomas con el fondo del Monviso sobresaliendo majestuoso sobre el mar de nubes y que acaso pudiera servirme de portada para la edición de papel. 



Antes de sumergirme en las algodonosas aguas de ese mar, que no tardaría en tragarme para el resto de la jornada, tuve mi mejor encuentro del día en la persona de Ivan, no Iván, el pastor de este valle. No hay más, es el único, y no sólo no está en precario como tantas explotaciones ganaderas que me he encontrado, sino que además están construyendo y ampliando las instalaciones actuales. El lugar es un magnífico balcón sobre el valle a unos dos mil trescientos metros y el rebaño lo componen seiscientas ovejas y un centenar de vacas. Andaba recogiendo las estacas de plástico y hierro que usan para el pastor eléctrico y he aprovechado para satisfacer una curiosidad que me tenía intrigado de días atrás. Aquí en vez de usar hilos aislados, uno o dos, en el cercado utilizan una malla parecida a la que se usan en las porterías de fútbol. Los cables de los pastores eléctricos deben estar aislados del suelo y de todo tipo de vegetación para que sean eficaces y éstos, al ser una malla tocaban el suelo. Me explicó que de todos los hilos de las mallas sólo llevaban corriente algunos, no los más cercanos al suelo. Las ovejas y las vacas, al igual que lo perros, siempre están dentro de uno de esto grandes cercados, de manera que exigen poco control; una ventaja adicional consiste en que este tipo de pastor también las protege de los lobos, que son corrientes en la zona. Cuando el pasto de determinado espacio ha sido consumido, desplazan el tendido de las mallas del pastor a otro lugar, un trabajo costoso pero que compensa por el control que ejerce el pastor sobre el ganado. Es un gusto hablar con Ivan, es un nombre ruso, me dice orgulloso; los temas de las subvenciones a los pastores jóvenes por parte de la Unión Europea, su proyecto de levantar a semejante altura establos y construcciones añejas necesarias, sus socios son cuatro familiares, además de su novia, que ahora está estudiando en la universidad... Luego hablamos también de mi hijo Mario y las dificultades que tiene para llevar a cabo su proyecto ganadero y apunta enseguida que sus dificultades deben ser mucho mayores que las de ellos por la simple razón de que ellos han vivido allí toda la vida y acumulan infraestructuras, tierras y propiedades que son herencia de generaciones a diferencia de quien empieza de cero en un trabajo que proporciona no muchos ingresos. Tenemos tiempo incluso de hablar de filosofía de la vida, la esperanza de que una parte importante del mundo oriente en algún momento sus valores de vida de otro modo alejándose de la esquizofrenia de este consumismo disparatado que vivimos. Parte de la charla la hacemos caminando; más abajo estaban esperando dos de sus sobrinos, Beppe, de uno diez años y su hermano pequeño, de año y medio. A Beppe se ve enseguida que le gusta estar con su tío Ivan entre las ovejas y las vacas. Hay una suave luz ideal para los retratos, así que manos a la obra. Aquí está el resultado: 



Nada más abandonar a Ivan el mundo desaparece en la niebla y todo queda reducido a unos pocos metros alrededor. De momento una tranquila pista que me invita a la lectura de Marvin Harris, la personalidad en las distintas culturas, cómo la cultura, el entorno social en donde nacemos y desarrollamos nos moldean. Y al poco rato, en una curva, veo aparecer dos fantasmas que salen de entre la nebulosa del paisaje. Me resulta tan exóticas aquellas sombras que me sale en inglés un espontáneo, espera, espera un momento,  y apenas sin pedirles permiso saco la cámara y fotografío a los dos fantasmas, que resultan ser dos pensionistas parisinos camino del col Giulian. La cosa me resulta tan jocosa que termino contagiándosela. Uno de ellos no habla inglés así que me veo obligado a sacar mi oxidado francés. Ah, el mundo de los pensionistas verdaderamente se ha convertido en una agradable constante desde hace semanas, es encontrarse con una gente con la que empiezas a tener mucha cosas en común, unas buenas, las disponibilidad de tiempo, el amor por la montaña, otras no tan buenas como la dolencias o los problemas de salud que rondan los muchos años. 




No sé si voy a tener problemas esta noche con un perro cercano que debe de estar al cuidado de las vacas. Mientra escribo al tío le dan arranques de locura y se pone a ladrar como un descosido. Desde que perdí mis tapones de cera no he tenido que dormir junto a ningún roncador. Debía haber previsto también la cercanías de los perros. 

Dos horas más de bajada me dejaron en Vilanova junto a un furgoneta en donde Adrián y Juan, dos habitantes de las tierras hispanas preparaban su comida. Dos treparriscos que andaban a la caza de paredes por las que trepar. No pude entretenerme mucho con ellos porque temía que, como otras veces, el cocinero de la trattoria se hubiera largado y me tocase comer de bocadillo. Hubo suerte. Mi sed y mi apetito pudieron ser satisfechos con holgura. La cerveza Moretti, a la que me he aficionado, viene en botellas de sesenta y seis centilitros, así que a mitad de comida ya me sentía pero que muy requetebién. 

En una hora y media estaría en el refugio Jervis, y en quince minutos más oyendo la lluvia bajo el techo de mi tienda. Mi jornada andarina había terminado. 








2 comentarios:

Mario dijo...

Buenas noches Papito. Me encanta terminar día entre tus nubes. Dulces sueños.

Alberto de la Madrid dijo...

Últimamente tengo unas excelentes relaciones con los pastores. Esta mañana uní me invitó a desayunar y sw empeño en regalarme un chaleco de guata.