El avispado y el obispado



Fuentes - Cuenca - Nohales, 2 de abril de 2015

Coño, pero si es la luna. Nada más dejar atrás el alumbrado público de Fuentes me sorprendió sobre una loma el queso redondo de la luna lunera cascabelera. Hacía tanto que no veía a la luna en pleno campo que casi fue un encuentro como de viejos amigos. Duró muy poco porque pronto se escondió tras las lomas. No importa, ahora sé que en los próximos días estará cada día más alta y me acompañará por tanto por el oeste a la altura de donde lucen Castor y Polux mientras yo me abro paso entre Casiopea y la Osa Mayor, la estrella Polar siempre frente a mí cada mañana desde que salí de Alatoz.


Atravesé Cuenca hacia el medio día. Me cundió bastante esta mañana. Me hubiera gustado darme una vuelta por el museo de Arte Abstracto pero, además de que me resulta muy difícil salirme del camino, un tren dentro de sus carriles es lo más parecido a lo que le sucede al caminante cuando se le mete en la cabeza hacer determinada ruta, andaba con la idea de alojarme en uno o dos pueblos más allá que no tenían ningún tipo de acogida para peregrinos. Así que mi tránsito fue visto y no visto.


Había llamado a los hostales de los dos pueblos y estaba todo ocupado. Cuando llegue a Nohales no obstante fui a ver si me podían hacer un hueco. Parece que a un peregrino es difícil negarle un hueco. Media hora más tarde estaba sentado en el jardín del hotel a la semisombra de un arce. El zumbido de las abejas bajo el arce con los amentos colgando brillante en todas sus ramas era el de un potente motor al ralentí. Cuando entré en el jardín del hotel me pareció estar bajo un enjambre. Las abejas como osos que se hubieran pasado todo el invierno sin probar bocado zumbaban afanadas sobre mi cabeza.

Mientras espero la comida el afilador, antaño equipado con una bici, un flautín y el artilugio de la piedra de amolar tras el asiento, conserva hoy su cantinela sonora que pasea por el pueblo ahora con un altoparlante montado sobre una furgoneta. Eso es lo que hemos progresado desde que yo era niño, el afilador ha cambiado su bici por la furgoneta; el resto es lo mismo, de lo que se trata es de afilar cuchillos, navajas o tijeras. Además las calles de estos pueblos están en esta época como entonces, todo preparado para las procesiones del Jueves y Viernes Santo. En ocasiones podemos sufrir la creencia de que el mundo ha cambiado una barbaridad como se cantaba en cierta zarzuela. Hoy, sentado a la sombra de un arce tomado por las abejas, mientras me tomo un tónica y pensando en este mundo que atravieso desde hace días, una vieja ruta por donde transitaban cabreros y esquiladores con sus rebaños camino del norte o del sur según la época, caigo en que acaso en medio siglo no han cambiado tanto las cosas como creemos, al menos aquí. El afilador, los días de mercado, los viejos al sol, la Semana Santa, los campos disciplinados por el agricultor... Los anhelos de la gente, la hospitalidad ocasional, en fin, esa obsesión que tenemos por el pronóstico del tiempo.

Tampoco ha cambiado el hecho de que unos pocos ideen cada momento algo para sacar dinero. Mi hotelero de hoy, por ejemplo, además de trabajar en el hotel ejerce un oficio nuevo, algo así como diseñador de jardines funerarios. Mientras nos dirigimos a un edificio anexo donde estaba mi habitación yo le había comentado que en casa tenemos un enorme arce que fue plantado por mis hijos sobre la tumba del primer perro que tuvimos. El cadáver del perro había nutrido muy provechosamente al árbol, que estaba tan grande como el del hotel. A partir de ahí me explicó a aunque él había diseñado el jardín del hotel su verdadero oficio, el que más le gustaba era de diseñador de jardines funerarios, unos espacios destinados en los cementerios a distribuir estéticamente las urnas con las cenizas de los difuntos. Me contaba de un próximo proyecto suyo relacionado con el Camino de Santiago. La idea consistía en "explotar" el posible deseo de muchos amantes del Camino de yacer una vez fallecidos en las cercanías de los restos de Santiago Apóstol en uno de esos jardines que él diseñara. El avispado diseñador dijo tener una cita próxima con el obispado para tratar este asunto. No dudo que tratándose de hacer dinero obispado y avispado llegarán a un acuerdo sin más dilación.


Me eché la siesta. Una hora más tarde sonó el despertador. Creo que estaba muy cansado. Permanecí en la cama especulando con la idea. No había hecho muchos kilómetros hoy, apenas veinticuatro y sin embargo mi cuerpo parecía tener encima cuarenta o cincuenta. ¿Qué podía significar esto? Recordé entonces la extraordinaria fuerza que acumulé el pasado verano atravesando a pie los Alpes. ¿Hasta cuando se prolongarán estas fuerzas, me pregunto en la situación de hoy o cuando me veo cojear durante muchos kilómetros porque la rodilla etc.? Claro que me adaptaré, faltaría más, cuando caminar largo se me haga difícil, pero no por ello la idea deja de pasarme por la cabeza. Me gusta pensar que he dedicado los años más tardíos de la vida para esta hermosa actividad de vagabundo. Tanto tiempo conmigo mismo, tanto esfuerzo continuado, incluso esta tarea autoimpuesta a veces como un deber gratuito de ir recogiendo  palabras para nombrar lo que sucede a mi alrededor, en el cuerpo, en la memoria cuando el final del día podía ser pura contemplación, el placer de estar sentado al final de una larga ascensión. La pereza que me lastraba parcialmente este invierno ha desaparecido sin embargo sustituida por una combatividad que primero tuvo que enfrentarse a mi falta de entrenamiento y que ahora me echa de un puntapié a la oscuridad a las seis de la mañana cada día. Es algo que me gusta. Esa jodía pereza que uno tiene que mantener a raya como si tuviera que levantar una piedra excesiva a cada momento.

Esta lucha con uno mismo es una de las cosas más paradójicas que pueda darse. Estuve tan ricamente a gusto en casa todo el invierno que me fue imposible hacer más de un par de salidas a la sierra. No tuve realmente ganas de salir en ningún momento; no había mi pizca de esa fuerza que me llevaba constantemente a la montaña. Me gusta sí, pero o estaban demasiado lejos, o hacia mucho frío, o... vaya usted a saber qué disculpa podía buscarme. La paradoja consiste en que cuando era más joven una fuerza interior me lanzaba a ellas en todo momento mientras que ahora nanáis, ahora es la razón la que tiene que empujarme. Luego sí, luego cuando ya estoy allí con el convencimiento encima de que tengo que hacerlo y me meto en faena, entonces ya es otra cosa, entonces me pongo las pilas y el frío, el esfuerzo, la memoria y la bondad de los paisajes o experiencias que acumulo ya me pone totalmente a la altura del proyecto en que me he metido. Tan cierto es que si dejara de hacer esto mi calidad de vida iba a disminuir notablemente, que no me queda más remedio que de momento seguir apencando con este tipo de actividades.

Llegó la hora de mi cena. Se acabó.


4 comentarios:

M. Fuentes dijo...

Me encantó leerte desde mi cómoda cama.
Te voy siguiendo y admiro tu fuerza.

Sergio Iglesias dijo...

Aquí ando con mi pata a rastras, progresando lentamente. Gracias a tus palabras voy haciendo contigo la ruta de la lana.

!Avante toda!

Sergio

Alberto de la Madrid dijo...

Marga, te contesté el otro día pero se debió de perder por el camino. Gracias y un beso.

Alberto de la Madrid dijo...

Venga, Sergio, ánimo, ya queda menos.