Vagabundo a pesar de todo




Atienza - Tarancueña, 8 de abril de 2015

Cuando desperté, un rectángulo de sol posaba sobre la pared de mi dormitorio. Me desembaracé de las tres mantas y somnoliento empecé a recoger mis cosas. Doblé las mantas y, como un robot que obedece órdenes programadas en su cerebro, salí a la calle y comencé a caminar por donde creía debía ir mi track. Hacía un frío seco y el viento barría las vetustas calles de Atienza. Pasó un buen rato antes de que mi cuerpo se hiciera al trabajo de caminar. Empecé a sospechar que hoy no era mi día. Tenía por delante treinta y muchos kilómetros de asfalto y adivinaba que mi cuerpo no estaba suficientemente descansado. Así que falto de sueño y con la perspectiva de un largo día de asfalto por delante fui haciéndome a la idea poco a poco. 

Después de Miedes de Atienza, uno de tantos pueblos donde no se ve un alma, la carretera se toma el trabajo de subir lentamente en grandes lazos hasta los mil cuatrocientos metros. El viento es muy desagradable, la espalda me duele bastante más de lo acostumbrado y me pide imperiosamente que me eche a un lado de la carretera para tratar de aliviarla un poco tumbado en el suelo. Acaso más adelante, me digo una y otra vez hasta que llego al paso. Ya arriba la novela me distrae del dolor casi hasta el punto de olvidarlo. Estoy en una enorme meseta desolada donde sólo crecen algunos arbustos aislados. A mi derecha, muy lejos se ven altas montañas nevadas, también frente a mí, éstas más bajas. Estoy desorientado, no logro saber de qué montañas se trata, he perdido mi sentido global de la zona que recorro y ahora mismo no sabría situarme en un mapa fuera de las flechas azules que marcan mi itinerario. Las más altas probablemente pertenezcan a la sierra de Guadarrama. 

Dagni, la protagonista de mi novela, ha aterrizado en una pequeña avioneta en una extraña tierra que sirve de retiro a laboriosos empresarios y profesionales que, en desacuerdo con una pacata economía del gobierno que está empobreciendo la país, han decidido exiliarse y crear una burbuja en donde reconstruir sus vidas en base a sus propios criterios. Después de descubierto este mundo ahora Dagni se encuentra en la encrucijada de repensar el objeto de su vida. Las largas conversaciones con aquellos que abandonaron "el otro mundo" donde van explicado las razones de su fuga, se pierden en el llano que atravieso, por efecto del viento. 


El camino termina descendiendo suavemente sobre Retortillo de Soria, un pueblo y una iglesia del color rojo de la tierra en donde éstos se levantan. No suele haber bares en estos pequeños pueblos pero cuando los hay indefectiblemente llevan el nombre de El Cazador. No me lo esperaba, pero sí, si tienen comida y no sólo eso sino que me ofrecen también una gran variedad de platos. Después de comer tomo el camino de Tarancueña a siete u ocho kilómetros de distancia de allí. 

En Tarancueña no ha habido manera de encontrar alojamiento adecuado al gusto algo excéntrico del vagabundo peregrino. El único recurso es un pequeño porche en un lateral de la iglesia azotado por el viento. El cielo se está poniendo chungo. Mientras pienso qué hacer me hago una foto en la puerta de la iglesia, un recuerdo más de los momentos de duda. No estoy a gusto aquí así que una vez más decido ponerme en manos de la providencia y busco el sendero que me lleva a Caracena. Charlo con dos paisanos que tienen ganas de conversación, pero a mí me apremia la posibilidad de mal tiempo. Me indican algunas casas semiabandonadas junto al río Caracena. Después de tantos kilómetros por el asfalto inclemente de la meseta ahora el camino es realmente una bendición. El río canta a mi costado y los álamos, a los que ya les ha empezado a salir una verde y tierna pelusilla, acompañan a las aguas por un valle donde alborotan los pájaros y cantan las ranas.


En una ladera, tras una revuelta del río veo una casa con aspecto de llevar abandonada mucho tiempo. Un letrero de se vende está clavado junto a la valla que rodea la casa. Doy la vuelta al cercado buscando un paso. Todo está cerrado a cal y canto. Echo una ojeada a un par de cobertizos. Nada. Entonces, entre la casa y los cobertizos descubro algo más peligroso que una jauría de perros. Se trata de una larga fila de colmenas. Aquí terminaron mis búsquedas; pies para qué os quiero. A esta hora ya me arrepiento con mucho de no haberme traído el colchón de aire y la tienda. Habría decenas de sitios para pasar la noche. El cielo está encapotado y el viento ulula en las ramas de los árboles conminándome a que me espabile. Diez minutos más tarde me tropiezo con otras casas. Chirría la puerta de la primera, se resiste pero termina por abrirse; un suelo diáfano con algo de hierba por aquí y por allá. Ya tengo sitio para pasar la noche, pero me pica la curiosidad, la posibilidad de que en otro sitio surja milagrosamente un colchón. En la segunda no hay colchón, está toda llena de leña pero será fácil hacerme un hueco. La razón que hace que me decida a quedarme allí es casi poética, un lugar pequeño y sobre todo unos tocones que me van a servir de mesillas de noche. A última hora se ha calmado el viento y es agradable escribir a la puerta de la cabaña hasta que comienza a lloviznar. 

En la cabaña alguien acumuló leña para muchos inviernos por venir sin contar con que la vida se le escaparía de las manos mucho antes de que tuviera tiempo de calentarse los huesos con ella. Como tantas cosas, la leña como esos pájaros de Juan Ramón Jiménez (y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando) quedará aquí como testigo de ese despiste vital con que nos movemos a veces a través de la existencia. 

Esta tarde me siento más vagabundo que otra cosa, si me hubiera buscado una casa rural que había no sé dónde para pasar la noche, me habría sentido tan incómodo como vestido de frac. Cada cual tiene su naturaleza y la mía parece estar determinada por la compañía de los vientos, los pájaros o el rumor de los arroyos. 

3 comentarios:

Laure Esteras dijo...

Sigues siendo ese maravilloso caballero andante que no cuida sus huesos, pero disfruta de la soledad. Adelante Alberto los amigos siguen teniendote en la mente, y el Navi también sigue caminando los miercoles. Un abrazo.

Basanta dijo...

Bueno, hay que cuidarse los huesos. Que ya han tenkdo un buen aprovechamiento hay que Cuidarlos adecuadamente asi que
La próxima colchoneta y tienda .
Mucho a imo y un fuerte abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias, amigos. Es verdad mía huesos merecen mejor trato. La próxima vez me lo pensaré dos veces.