Esos personajes fatuos




Mirabueno - Atienza, 7 de abril de 2015

Llovió durante la noche, pero a las ocho de la mañana, fue imposible madrugar, estaba completamente despejado. La arcilla roja del camino se pegaba a las suelas de mis botas. Era un día bonito; abajo, en el llano que llevaba a Mandayona, lucían los prados un suave verde como hecho de escarcha. Me esperaba un día largo, otra vez por encima de los cuarenta kilómetros. Tenía que pasar por tres pueblos pero sólo en el primero,  Baides, encontraría tienda o bar. Me aprovisioné para llegar hasta Atienza, cuarenta kilómetros al norte. Desde el bar hablé con el alcalde de Atienza que me ofreció un piso para pasar la noche. Eran las once de la mañana y hasta Atienza debían quedarme unos treinta y cinco kilómetros. Total, un día de caminar y no hacer otra cosa que dejar atrás un kilómetro tras otro. Tan solo me permitiría una parada de media hora para comer. 

Los campos y los sembrados discurrirán a mi lado uno tras otro ajenos a mi atención solo alerta para captar colores o texturas especialmente bellas que pudiera cazar con mi cazamariposas, mi sofisticada y pequeña cámara Canon. 





En mi novela Ayn Rand había inventado un personaje de esos que logran ponerme nervioso al punto de sentir a cada momento la tentación de saltarme algunas páginas hasta que éste desapareciera, esa clase de seres fatuos que circulan por las alturas del poder político con tal aire de suficiencia que suscitan en uno el deseo de que se produzca un percance tal que haga que la tierra se lo trague. Gente que de solo mirarles a la cara le entran a uno ganas de vomitar. Con un par de ejemplos se comprenderá enseguida la clase de personajes a que me refiero, uno podría ser ese tan Hernando, portavoz en la parlamento del PP, y otro esa cosa que aparece en la Sexta los sábados por la noche, sí, ese mismo, el tal Inda. Ayn Rand tiene que buscar la manera de concentrar el mayor grado de estupidez humana en alguien a modo de cabeza de turco para mostrar al lector cómo un puñado de imbéciles colocados en los puestos de decisión del gobierno de un país pueden llevar a éste a la ruina. La novela esta ambientada en los Estados Unidos de los años cincuenta, pero igual se podía haber inventado un argumento para la situación actual en España donde los sinvergüenzas y los ineptos cometen tropelías no muy diferentes. Me jode montón encontrarme en el cine o en la narrativa con este tipo de individuos, los autores hacen trampa con ellos; saben que cuando fabrican un personaje así es fácilísimo a través de él suscitar en el espectador o lector un inmediato deseo de romperles la cabeza. 



De cómo el día de un caminante esta hecho de muchos condimentos lo prueba no sólo el camino y los encuentros que se producen, sino también las muchas encrucijadas por las que pasa a través de la jornada. Una de las que se observaban en el viajero hoy según la historia seguía adelante consistía en la convicción de cómo debía resolverse el amor de esos dos deseos de dos hombres por una mujer y el de la misma mujer por los dos hombres. El conflicto estaba planteado, los celos, el deseo de posesión, la moral del momento creaban una tensión en esta relación a tres imposible de encontrar salida si no era con la muerte de uno de los hombres. Hermosas páginas y nobles sentimientos de los tres que la moral cegata y exclusivista de la época convierte en infamia cuando lo que debería resultar era la aceptación por parte de los tres de una realidad innegable, que el amor puede ser posible también en una compleja situación de tres. Observo cómo el lector, yo mismo, empieza a desear que esos dos amores por la misma mujer, ese amor de ella por los dos se haga realidad en nombre precisamente de un amor que alguna vez debería verse libre de todo contagio social posesivo e hipócrita. 



A las cuatro de la tarde me refugié a la sombra de una encina. Tumbado comí algo. Estaba desganado pero me obligué a ingerir una suficiente cantidad de comida. Todavía me quedaba mucho camino por delante. Al final de la tarde, tras dejar atrás cerros y más cerros cubiertos de robles todavía desnudos de hojas, al pasar un alto, al fondo, apareció sobre un cerro Atienza. El camino descendía por un plano inclinado lleno de ralas cebadas. Empezaba a hacer frío. Atienza, noble ciudad de piedra 
presidiendo el llano castellano, se alzaba frente a aquel mundo como un señor noble que se dirigiera a sus súbditos desde las alturas del cielo.




2 comentarios:

Sergio Iglesias dijo...

Joer larga caminata y parece que el paisaje bastante monótono....

Ánimo Alberto

Alberto de la Madrid dijo...

Sí, quizás no sea de lo más interesante, tiene tramos bonitos no obstante.