Agua, viento, asfalto y al fondo siempre dos montañas, dos castillos





Medellín, 28 de febrero de 2017 

Tramo Campanario – Medellín. 


Situación similar a la de ayer, tendido supino en la cama, la cerveza a lado con una bolsa de patatas fritas. Esta bien esto de coger unos hábitos. Ayer me entretenía el vuelo de los vencejos, hoy lo hace la vista del río Guadiana y su puente de piedra frente a mi hostal. También el cuerpo cansado, los pies doloridos y el aire acondicionado ronroneando por encina de mi cabeza. Tomándome ritualmente la cerveza mientras saboreo el hecho de no tener que caminar más por hoy es uno de los momentos más ricos del día; me sabe a gloria la cerveza en estos momentos. Mover los pies fuera de las botas, no tener que soportar el peso del macuto o los tirones que me pega la espalda… ah, qué gusto, sí. Claro que también es cierto que si no hubiera caminado la cerveza no me sabría igual, ni tampoco disfrutaría sintiendo a mi cuerpo ovillado en esta indolencia repentina. 

Hizo mucho viento todo el día, fue imposible leer. Creo que esa parte extra de mi cansancio tiene que ver con ello. Todo el día con el viento de frente, además de que no me dejó leer, supuso un esfuerzo adicional. Amaneció lloviendo, continuó venteando y a mi me pareció todo más lejos. Nada más comenzar a caminar ya se veía allí, a lo lejos, la montaña de Magacela, a cuyas laderas se agarra el pueblo como quien no quiere soltar prenda; todas las calles en cuesta teniendo el llanto a los pies no se entiende más que como medida de seguridad. En la picorota de esta escarpada montaña de 562 metros de altura, se levanta el castillo de Magacela, construido en torno al siglo XII. En realidad el pueblo tuvo su inicio en el castillo y fue creciendo ladera abajo según aumentaba su población. Ver a muchos kilómetros al fondo de una línea casi recta permanentemente el destino a donde te diriges, alienta el cansancio. Algo similar sucedía en el tramo entre Don Benito y Medellín, siempre delante, frente a una carretera trazada como con un tiralíneas, la silueta de dos iglesias sobre una ladera cuya cima estaba ocupada por el castillo. Hoy la historia de las ciudades me resbalan, incluida la de Medellín, ciudad creada 79 años antes de Cristo por los romanos y con un legado cultural al que habría merecido dedicar unas horas. 

Los últimos días pierdo la noción de lo recorrido enseguida, sin embargo hoy era fácil memorizarlo. Las únicas dos montañas del camino, vistas desde cualquier punto de los alrededores, constituían los lugares de paso de mi camino, Magacela y Medellín. Por Medellín pasa solemne y caudaloso el Guadiana. Le hace los honores un puente que fue primero romano y después medieval. 

El camino parece que se hace definitivamente poco atractivo si no es por este aire a antiguo que se respirar en toda la región. He echado un vistazo por encima y el asfalto va a ser, como hoy, la nota dominante de aquí a Mérida, a un par de jornadas de donde estoy. 

Hoy la cosa no me da para más. Me encuentro demasiado cansado.