Nuestro hermoso país





Córdoba, 21 de febrero de 2017 

Tramo Santa Cruz – Córdoba 


Es asombrosa a veces la cantidad de cosas que pueden caber en un día. De momento, y para dar contento a mi cuerpo, me he traído como de costumbre una botella grande de líquido, refresco de naranja, dice la etiqueta, para hidratarle todo lo que no fue posible por la mañana. Sigo estando reñido con cargar más de un litro de agua en la mochila pese a que las piedras de mi riñón exijan más. Luego me he dado una larga ducha, he hecho la colada diaria, un deber que en esta ocasión me he impuesto disciplinariamente para pasar por un caminante medianamente civilizado, y por fin me he arrellanado en la cama. Así que estoy a las puertas de mi última actividad del día, la calceta de turno. 

Decía Sánchez Ferlosio que era lo todo mismo, hacer un libro, escribir un ensayo o redactar una columna para un periódico era parte de la misma cosa; que en realidad lo que a él le gustaba hacer era tejer, no terminar la bufanda o el jersey del momento, se trataba de escribir sin más, simplemente tejer. Algo así me debe de suceder a mí a esta bendita hora de la tarde en que, después de la consiguiente paliza, levantarme antes del alba y caminar cerca de treinta kilómetros, y hoy hacer un recorrido turístico, visitar la Mezquita de Córdoba, ver una exposición de pintura y salir de compras por los alrededores, no se me ocurre otra cosa que agarrar esta Remington portátil que es el teléfono y dedicarme a teclear letra por letra estos largos culebrones de mis andanzas por Andalucía. La verdad es que de entre todas las cosas que hago a lo largo del día pareciera que eso de caminar fuera una disculpa para al final de la tarde tumbarme en la cama con los ganchillo del punto en las manos para tejer hasta la hora de la cena lo que ha sido ese discurrir mío, hoy entre olivares y campos de cebada y centeno. Imposible encontrar tema más insignificante para pasar la tarde, pero, bueno, ahí está; a veces de las pequeñas cosas está hecho lo mejor de la vida. De hecho no hay día que sospeche en la posibilidad de que acaso la razón escondida de tanto caminar no sea otra que satisfacer las ganas de escribir. Chi lo sa? 

El itinerario de hoy lo tuve que decidir ayer con la ayuda de unos aldeanos que discutían acaloradamente sobre el precio de la aceituna y el aceite en el mercado mientras yo en la mesa de al lado daba cuenta de mi cena. Les interrumpí por un momento para contarles el problema que había tenido con el barro días atrás. Necesitaba saber si el camino que me llevaba a Córdoba a través de los olivares y los campos de cultivo no estarían convertidos en barrizales. Parecieron conocer muy bien el terreno y no me quedó ninguna duda. Suspiré aliviado de no tener que volver de nuevo al asfalto. Fue grato caminar sin la amenaza de la lluvia y el barro. El paisaje no era de entusiasmarse, lomas unas detrás de otras en donde se alternaban los olivares jóvenes con campos de cebada o trigo. De vez en cuando aparecían aquí o allá tempranos manojillos de lirios, algún cortijo impecablemente enjalbegado, las torres del tendido eléctrico, las señales de la proximidad de un gasoducto; poco más. Córdoba apareció en la hondonada de unos valles lejanos mucho antes de lo esperado.



El bien es un producto de la artesanía moral, decía, mientras me acercaba lentamente a Córdoba, un persona de Viejo muere el cisne, de Aldoux Huxley. Y yo, que ando un poco reñido políticamente con cierta formación política (más bien parte de sus dirigentes) en la que últimamente he descubierto atisbos importantes de inmoralidad que me maldisponen con ellos, agarro, quizás, el rábano por las hojas y me sale extrapolar, cierta o no, la conclusión de que si realmente el bien es un producto de la artesanía moral, nada bueno cabe esperar de ese triunvirato que se perfila al frente de Podemos. La moralidad está reñida con los tejemanejes y con el concepto patriarcal del poder. Ojalá me equivoque. Después, cuando leyera durante la comida, sobre la irrupción, ahora sin circunloquios, de Pedro Sánchez en el ámbito de la izquierda del PSOE, casi deseaba congraciarme con esos trileros de Podemos de última hora. Acaso olvidar para poder seguir adelante y no permitir que el escepticismo nos vuelva a comer las entrañas. 





Ahora estoy en el hermosísimo bosque columnario de la Mezquita de Córdoba. El otro día bromeaba en las redes con un comentarista que, abrumado por la corrupción a todos los niveles, tanta mafia, tantas mamandurrias, decía que se iba a ir vivir a miles de kilómetros de España. No te vayas, hombre, le respondí yo, que vivimos en el país más bello del mundo. Esta reflexión me asaltaba esta tarde absorto ante aquel bosque de mármol y ladrillos que tanto me encantaba. Sucede que te pases un año viajando alrededor del mundo en busca de esos pocillos de belleza que hay repartidos en todo el planeta y que después de haber hecho la recolecta mires lo que tienes en el cesto y te encuentres que todo aquello apenas tiene la consistencia de un solo monumento, éste, la Mezquita, por ejemplo. Que no nos quepa duda que vivimos en el país más hermoso del Planeta. Sólo necesitaríamos un poder judicial justo y ecuánime puesto a trabajar noche y día para limpiar el país para que así nos fuéramos acercando un poco más a la perfección. 



Me dice Francisco Sánchez en un comentario de esta mañana… por cierto que se lo monta muy bien porque eso que dice, de subirse al Morezón para quitarse los demonios de encima tiene buena música… que a los políticos los aguantamos una temporada, pero a la Iglesia llevamos dos mil años soportándola. Y no parece que nos la vayamos a quitar de encima, añade. Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho… Él me recomienda un libro. Gracias, lo tendré en cuenta, Francisco.
















2 comentarios:

Asunción Novellón Peralta dijo...

La mezquita!!!!! Es una auténtica joya,....buen camino Alberto y no dejes nunca de tejer....un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Soy un pésimo viajero. La Mezquita ha tenido que esperar décadas para que yo pudiera pasear bajo sus columnatas.