Ser o tener, esa es la cuestión



Santa Cruz, 20 de febrero de 2017 

Etapa Nueva Carteya – Santa Cruz

Si Shakespeare hubiera escrito Hamlet en nuestra época, es muy probable que el discurso con la calavera en la mano habría tenido un contenido algo diferente. El ser o no ser, esa es la cuestión, bien podría haber sido sustituido por un más actual ser o tener, ese es el asunto. 

La pista se elevaba parsimoniosamente curva tras cueva en la oscuridad dejando en el fondo poco a poco las luces de Nueva Carteya como flotando en la superficie lóbrega de un lago de brea. De mañana temprano, con el cuerpo como recién estrenado, da gusto meterse en el túnel de la noche y caminar por él con las manos en los bolsillos con la despreocupación de quien no va a ningún sitio, que lo único que haces es sentir el gusto que te sube de mover las piernas y comprobar que nada te duele, el puro gusto de ejercitar los músculos mientras los olivos, cargados ellos de una profunda oscuridad, van dejando hileras de leve claridad entre sus filas. 

La temperatura era tan buena como para poder emprender empinadas cuestas en camisa. Ello hasta que, alcanzado lo alto de las lomas, empezó a soplar un viento del norte que me obligó una vez más a hacer uso del jersey, del anorak y hasta de los guantes. Poco después también tuve que incorporar la capa de agua. Llovía, no mucho. Definitivamente era una mañana desapacible, con pájaros en las ramas de los olivos, pero triste y gris. Amaneció como para irse de funeral  o mejor, para encender un buen fuego junto a una chimenea y dedicarse a leer junto a ella todo lo largo del día. 

Desde antes de dejar el hotel esta mañana ya tuve muy claro que no iba a dar la ocasión al barro para que hiciera de mi jornada un calvario. No me quedó otra que elegir caminos alternativos. De vez en cuando, caminando por el asfalto, echaba una ojeada a los senderos que salían a la derecha, sopesando la idea de abandonar la carretera para incorporarme al camino original. Pero no, el aspecto en todos los lados era el mismo de ayer, un terreno ocre muy claro, casi tirando a ceniza, de una constitución tan fina y tan empapado de agua que iban a ser necesarios unos cuantos días de sol y viento para hacerlos discretamente transitables. Huyo del barro, sí.


He comido en Espejo y he decidido hacer los trece kilómetros que me quedan hasta Santa Cruz después de comer. A mitad de camino hago un breve descanso junto a un cañaveral. El viento agita las cañas, un frufrú áspero y monótono que se repite como el rumor de la corriente de un riachuelo. La espalda me llevaba pidiendo un respiro y se lo he dado. Disfruto dándole estos pequeños gustos a mi cuerpo. Él me lo agradece; con los ojos semicerrados le observó cómo se repantiga entre los jaramagos y las hierbas altas junto al talud del camino; de su boca sale un uuuumm de bienestar. Creo que se lo merece, hoy lleva cargando conmigo no menos de treinta y algún kilómetro. Hoy, tumbado a la vera del camino, lo desayuné a media mañana con un revuelto de ajetes, un pudin muy sustancioso y media pinta de leche y se ve que ello le ha puesto a tono. De todos modos termino por apremiarle, he reservado una habitación en un hotel de Santa Cruz y también me apetece pasar un buen rato de la tarde tumbado en la cama dedicado a tejer un palmo más de la historia de este viaje andaluz; la calceta con las palabras se ha revelado como una de mis aficiones más caras. Tanto que a veces me da un tanto vértigo pensar en lo miles de páginas que voy tejiendo desde que me liberé de la tarea de tener que ganarme un sueldo. El ritual de terminar las tardes ya sea cuando atravieso los Alpes o los Pirineos a pie o cuando viajo por algún lejano lugar del mundo, se ha convertido en algo tan consustancial al viaje o al caminar que me sentiría extraño, ajeno a mí mismo si no lo hiciera. Por cierto, que como parece que hay alguno que se desayuna con algunas de estas crónicas, eso me dicen Francisco Sánchez y me aseguraba anoche José Manuel Vinches, más razón para hacer agradable el desayuno a alguno. Lo dicho, así que a mover el culo, ¿me oyes?, le digo a mi cuerpo. Éste algo rezonga pero termina por incorporarse. Los primeros momentos camina como un pato, petardea como si el carburador lo tuviera obstruido  pero termina calentando motores. Díez minutos más tarde ya es todo un señor, ágil, presto a comerse una ración más de 13 kilómetros. 











Mientras tanto voy dando cuenta del último capítulo del libro de Erich Fromm, Ser o tener, recuerdo. El epílogo es la construcción de un mundo en donde el afán de tener es sustituido por el afán de ser, algo, que de ser tomado en serio por hombres y mujeres, por las instituciones, podría dar la vuelta a un comportamiento generalizado que nos empobrece y nos hace clientes de un lastimoso consumismo. Cuando todos seamos capaces de entender qué es bueno para el hombre y podamos contrastarlo con lo que es bueno para el sistema, quizás estaremos en la pista de mejorar nuestras condiciones de vida y la de nuestros descendientes. El sistema, guiado por la idea de la ganancia sin límites, por una absurda codicia, se nos ha impuesto hasta tal punto de que ser una persona racional resulta una tarea realmente complicada en los tiempos en que vivimos. El neoliberalismo aprieta tan fuerte que aquellos que intentan vivir una vida ajena al consumo generalizado terminan apareciendo como gente rara y trasnochada. Así están las cosas. 

En Santa Cruz confluyen las dos variantes del Camino Mozárabe de la zona. Mañana espero llegar a Córdoba. Tengo interés por acercarme a la Mezquita. Últimamente la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, ahí es na, se ha metido a ratera y se está afanando, con la inestimable ayuda del PP, de una gran parte del patrimonio cultural y artístico del país. Esta gente no tiene vergüenza. Si les valiera volverían a quemar viva a Juana de Arco. A la Iglesia Católica no le vale con la impudicia de seguir habitando el Vaticano (seguro que si Jesús se levantara le daba un patatús) sino que además sigue acumulando Iglesias y monumentos históricos con el plus de que el Estado (estado aconfesional, se entiende)  le regala anualmente millones de euros exonerándola de todo tipo de impuestos. Depredadora institución, la de esta Santa Madre (que se lo digan a los que sufrieron la Inquisición y la persecución por brujas, una disculpa más para desviar la atención de lo que era la codicia de la institución en otros tiempos). Ajá, ya, que se me ve el plumero, que diría alguno.

El otro día departí amigablemente con Paco, el párroco de la iglesia de Antequera, donde pernocté; hace poco también lo hice, cuando terminaba el Camino de la Lana, con algún monje del Monasterio de Silos, Alfredo, se llamaba. Gente impecable y que hacen lo posible por mejorar el mundo; pero no va la cosa con ellos ni con tantos religiosos que dedican su vida a los demás. 

Se me hace tarde para bajar a cenar. Punto y final por hoy.



1 comentario:

Francisco Sanchez dijo...

Una vez leído la caminata diaria, y desayunado, antes de coger los esquís y y subir al Morezon para quitarme los demonios de encima, me hago eco de tu reflexión con la iglesia, a los políticos los aguantamos unos años, pero a la iglesia llevamos 2000 años y no parece que nos la queramos quitar de encima.
Si puedes hazte con un libro, Poscapitalismo, autor Paul Manson, editorial Paidos.