Portugal huele a eucalipto





Oporto, 26 de febrero de 2018 
Etapa Grijó – Oporto

Portugal huele a eucalipto esta mañana. Hoy veo el mundo como desde un satélite que orbitara alrededor de la Tierra. En la televisión los asuntos importantes caben en un puño: trescientos sesenta diputados acusados de corrupción; no sé quién ha metido tropecientos goles en lo que va de temporada; cuatro gatos protestan por la pérdida del poder adquisitivo de las pensionistas. Pero de todo ello el fútbol es lo más importante. Los gestos de triunfo, los rostros de estos héroes de nuestro tiempo se muestran exultantes cada vez que meten un cacho de cuero con aire dentro por el interior de los tres palos de la portería.

Esta mañana Pessoa era especialmente despiadado con la raza humana. Con esta afirmación se despachaba mientras yo caminaba por un bosque de eucaliptos: “Qué mucho más lejos está el hombre superior del hombre vulgar que el hombre vulgar del mono”.


En un cruce de caminos en donde no veía las señales amarillas pensé en esos peregrinos que exageran las dificultades de hacer el Camino en sentido contrario. Me extraña que hoy, que todo el mundo tiene en el teléfono un gps, una brújula y todos los mapas digitales que pueda necesitar, amén de los tracks que se pueden localizar en la red con sólo teclear el nombre del Camino, se haga hincapié en esta dificultad. La aplicación que uso, por ejemplo, sería capaz de darme un golpecito en el hombro con que solo me desviara del camino veinte metros. De hecho se puede hacer el Camino de Santiago en total oscuridad y sin seguir ninguna señal. Que luego haya peregrinos que a la antigua usanza quieran dirigirse a Santiago a través de las estrellas o del movimiento del sol, eso ya es otra cosa. Quizás alguno quiera mantenerse dentro de cierta tradición. En ese caso también se podría sugerir que sustituyera los whatsapp a sus amigos y los comentarios en las redes por señales de humo o por ejemplo palomas mensajeras.


Echo de menos en Saramago, en su novela La muerte de Ricardo Reis, la oportunidad de un diálogo abierto con Fernando Pessoa cuando éste se le aparece aquí y allá como si del espectro del padre de Hamlet se tratara. Imagino posibilidades muy sustanciosas entre esos dos heterónimos que siendo tan distintos son a la vez la misma persona. Lo leo mientras atravieso un bosque en donde los amentos cuelgan de las ramas de los árboles engalanando el lugar con su amarillo brillante. Me encontré varios operarios trabajando pero ninguno supo darme razón de su nombre. Lo busqué después en Internet, parece que eran amentos de sauce blanco, una especie que no conozco.



Mi camino de hoy será extremadamente corto. A las diez de la mañana estaba ya en la catedral de Oporto, frente a las columna salomónicas que encuadran un barroquismo que no me gusta en absoluto. Los artistas barrocos me parecen aquejados de mal de la sobreabundancia. Está bien que después de varios siglos de simplicidad medieval y de los formalismos rígidos de las firmas angulosas del Renacimiento les entraran ganas de hacer algo nuevo, pero es que se pasaron retorciendo sus motivos de la época hasta lo inimaginable. Otra cosa es la escultura y la pintura que, haciendo recurso de la exaltación y el dolor, fue capaz de crear obras de gran belleza estética.

Es muy bella esta ciudad. Nada más pisar el casco antiguo uno siento el placer que surge en las calles de las ciudades que conservan la pátina del esplendor de otro tiempo. Después de dejar mi mochila en el hotel debo elegir cómo mucho un par de destinos. Es lunes y una sala de fotografías está cerrada, también el Museo Nacional Soares do Reis. Elijo el museo Serralves (Museo de arte contemporáneo de Porto) que resulta un paseo interpelativo. Hay cosas que me gustan, otras no; pregunto, interpelo a mi percepción por este u otro cuadro, dejo que las formas y los colores se abran paso dentro de mí, buscando un resquicio de emoción, una conexión con otros cuadros, otros pintores. ¿Qué significa este cuadro, aquel otro? Pregunta inútil que no trato de descifrar. Tampoco un atardecer o una noche estrellada significan nada. Pero el arte abstracto no es fácil de atravesar, se queda ahí en las puertas del entendimiento como quien espera al sereno para que le abra la puerta en mitad de la noche. Y mientras el sereno llega la noche está ahí, a no ser que a uno se le cuelen por la retina un nexo, un color, una forma, que quién sabe por qué razón agita la campanilla de nuestro gusto estético o nuestra emoción. Por ejemplo este tricornio sobre fondo color ocre que parece traído de un cuadro de Miró. O este otro en donde la palabra amor parece surgir de entre dos columnas color tabaco advirtiendo de la posibilidad de que tal cosa exista.



¿Y por qué coño me gustará este otro cuadro?, me pregunto. Y por qué no me dirán nada otros tantos. Y saber que algunos cuadros color papel de embalar me gustan más. El tabaco claro que hace de fondo a un azul prusia donde dos corazones, ¿o son dos enormes lágrimas?, parecen caer como hojas de otoño sobre el sueño. Los cuadros son como el test de Rorschach donde el que tiene hambre ve las formas de un pollo asado y el que sed una gran jarra de cerveza.

¡ Y que decir de este lienzo verde donde una colada de negros ondean al viento?



No hay nada mejor que descansar del camino asomándose a las inquisidoras imágenes de un museo. Otros paisajes, otros aires, el reflejo del alma de algún artista, tan distinta del hombre de la calle con que me cruzo en los caminos, de los que ven la televisión absortos porque no saben hacer otra cosa. Todo material para la atención del peregrino que trata de acercarse a lo que no es él mismo con la curiosidad del niño que descubre el mundo. Que trata, digo, que ello no es posible porque hasta la curiosidad puede languidecer cuando uno ha caminado mucho y los años se acumulan sobre la piel como el polvo abre los senderos al final de un largo verano.

Ayer una persona me censuraba en las redes que “me metiera” con los peregrinos. No sé exactamente a qué se refería, pero seguro que de meterme nada. Uno tiene que reconocer que es un peregrino atípico, o un vagabundo, o un caminante, que todos son sinónimos que le cuadran, pero desde luego bien lejos de mí el que me quiera meter con alguien, que ya me tengo a mí mismo para ello.


Comí excelentemente de buffet en el museo y el vino y el buen yantar me invitaron a una siesta, así que tomé el autobús y para casa. Pero subía la rampa de un parque cerca del hotel cuando me encontré un prado con el césped recién cortado que ni pintado para dormir allí mismo. Dormí arrullado por unas parejas cercanas, por el ruido gutural de las gaviotas y por el tránsito cercano de los tranvías. Oporto merecería una visita más larga pero me temo que me es muy difícil salir de los hábitos de peregrino y que daré mi visita por terminada esta misma tarde.

A partir de mañana mi Camino cambia de nombre y de recorrido, Camino Portugués de la Costa.






Nota:Todos los cuadros son de Álvaro Lapa, a excepción de la última obra, que pertenece a Marisa Merz.

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2 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

Ya sé que es mucho pedir, ¿pero cómo encuentras Portugal? Me refiero a que allí están saliendo de la crisis o por lo menos lo intentan, de una forma diferente que aquí, porque aquí no sabemos nada ni quieren que sepamos algo, y la única forma es informarte con medios extranjeros. Sé que para un caminante que pasa gran parte del día solo es muy difícil palpar algo de lo que allí acontece, pero ¿notas algo?

Alberto dijo...

Bon día desde el mar. Imposible apreciar desde mi camino esas cosas. Veo movimiento parlamentario en la tele y el congreso del partido socialista. Y muchos carteles del partido comunista con las consiguientes reivindicaciones. Poco más. Un país tranquilo, con precios muy asequible y gente dispuesta a echarte una mano. Hoy llueve junto a las olas. Que tengas un bonito día.