Preludio a una circuncaminata por la isla de Formentera



Sant Antoni, Ibiza, 11 de abril de 2018


Cada vez me gusta menos el mundo en el que vivo, este mundo en el que el dinero y los sistemas de seguridad se han convertido en una obsesión enfermiza. Regreso de otro mundo donde ni lo uno ni lo otro representan más que el viento de la mañana de una de mís caminatas o unas nube correteando por el cielo mientras a lo lejos asoma el campanario de la Iglesia de una aldea. Los de seguridad del aeropuerto no me dejan pasar, primero porque mis bastones, que tienen serradas las puntas, son un objeto contundente y después porque mis piquetas de la tienda tienen punta. Cada día hay más gilipollas sueltos por el mundo, con perdón. Se les escapan aviones enteros que se van a estrellar contra las Torres Gemelas de Nueva York y ahora lo que buscan para que no sucedan esas cosas es un pobre bastón de senderismo porque con él puedo atizar al capitán del avión en la cabeza o una piqueta de una tienda que… para mear y no echar gota. Yo, que vengo huyendo de la prensa y de los medios desde hace más de un trimestre, me veo de continuo en una carrera de obstáculos para que los absurdos del mundo no me toquen. Tiro al monte, me escabullo por las riberas de los mares o los caminos que usaron los peregrinos de la Edad Media, pero no hay tu tía, termino siendo pasto de una imbecilidad sin cuento. Bien, me voy a facturar mi mochila porque primero estaba dispuesto a dejar allí los bastones y sustituirlos en Formentera por unos palos de escoba comprados en la primera ferretería que me encontrase, pero cuando me vinieron con el cuento de que las piquetas, me dejaron sin recursos. No era cosa de tirar también la tienda. Y aún así me piden el DNI y llenan un cuestionario con mis datos; sí, que acaso se trate de un terrorista disfrazado de montañista, que todo puede ser. Bueno, pues me voy a facturar la mochila y por la facturación me hacen pagar cuatro veces el importe del billete del avión. No me extraña que ante algunas situaciones tan dantesca haya gente que cometa alguna tontería. Y bien, y vuelvo por segunda vez a la puerta de embarque y paso sin problemas y tengo que ir a la puerta nosécuantos y para ello tengo que atravesar un pasillo tipo Ikea que culebrea en medio de productos de perfumería, marroquinería, bebidas, etc. Otra moda que se ha impuesto en casi todos los aeropuertos del mundo y que también he visto a la salida del templo budista quizás más famoso del mundo en la isla de Java, un recorrido de cientos de metros, varios Ikeas unos detrás de otros, para abandonar el templo de Borobudur. Las desmesuras del consumo junto a aquellas otras de la seguridad y sus aledaños hacen del mundo una casa de locos.

El otro día hacía la propuesta en mi blog de dividir el mundo en dos partes, en una viviría la gente normal, sencilla, los ingenuos, que decía mi amigo Paco de Hoyos del Espino, y en la otra la habitarían “los listo”. Se trataba obviamente de una broma. Este mundo no tiene solución. No hay más que aguantar. Me sonaba que había un expresión para mí estado de ánimo de hoy tras estas cosas y cierto aguijón que me ronda por dentro, y recordé enseguida a Baudelaire que popularizó el término “spleen” en su época, algo que representaba un estado de tristeza pensativa o melancolía. En alemán, la palabra “spleen” , denota a su vez alguien continuamente irritable. Una y otra interpretación me sirve para esta mañana en que tengo que hacer grandes esfuerzos para tranquilizar mi sistema nervioso.

El agridulce sabor de la frustración me puede hoy por razones diversas. Las cosas no van siempre como uno desearía, ni siquiera las cosas del corazón se libran de este flagelo. El día anterior había tenido que abandonar mi peregrinaje por la nieve en Picos y hoy me veo como un tonto en el puerto de Ibiza sin saber qué hacer después de que cerraran el puerto de La Savina, en Formentera, por mal tiempo. Y como las previsiones metereológicas cambian a cada momento, ayer en Formentera iba a hacer más o menos bueno durante toda la semana, y hoy el tiempo previsto es malo, he terminado en un hotel de la costa oeste compartiendo habitación con tres ninfas, muchachas en flor, que al ir a entrar en la habitación andaban en braguitas como si estuviera en su casa. Hice intención de cerrar pero antes se lo pregunté, ¿paso o espero un poco? No debía de importarles mucho así que entré. Son divertidos estos establecimientos en donde compartes cama con gente de ambos sexos. La última vez en Venecia fue con dos orientales y una centro asiática. Era divertido ver las horas que se pasaban ante el espejo por la mañana después de haber dormido despatarradas toda la noche frente a un minúsculo y perezoso ventilador. Cuando uno, que tan admirador es de las mujeres, se encuentra este paisaje matinal, chicas desgreñadas que se despiertan tras el sopor de una Venecia abrasada por el calor, casi preferiría cambiarlas por compañía masculina para no descomponer ese idilio que persigue a los románticos de toda la vida, que ven en el culto a la mujer el único culto realmente racional y practicable.









4 comentarios:

Mercedes dijo...

Genial, el texto !! Me he reido un monton de la triste realidad.....

Alberto de la Madrid dijo...

Menos mal que no falta el sentido del humor que apañados estábamos si no.

Manuel Coronado Gil dijo...

Me pasó algo parecido con los bastones en el aeropuerto de Madrid y tuve que abandonarlos, entre esto y que tengo la desgracia de cuando voy en tren y vienen los secretas no me libro del cacheo, los montañeros o senderistas no deben ser especies fiables en esta sociedad.

Alberto de la Madrid dijo...

Me lo tomé a risa porque me parecieron totalmente ridículos. Pero .. tuve que pasar por el aro.