"... que la vida no me sea indiferente"


Para quien yo bien me sé


Madrid – San Vicente de la Barquera, 6 de abril de 2018

Camino Lebaniego. Preámbulo.


Sólo le pido a Dios que la vida no me sea indiferente. Llevo varios días colgado de este estribillo, me persigue durante horas, lo dejo perderse entre las tareas cotidianas pero al cabo vuelve, reaparecido una y otra vez como una voz que te trajera el viento y en un momento de descuido se te colara por dentro como una advertencia subliminal. Debe de ser que uno de mis enanitos, revoltosos ellos, quiere meterme en la cabeza de manera indeleble el mensaje, que la vida no cese, que cada día me despierte con  la mirada ávida de pasearme por el mundo como niño que estrena juguetes en noche de reyes. Sólo le pido a Dios que la vida no me sea indiferente… Así una y otra vez el canto, la voz de Mercedes Sosa o Violeta Parra o Soledad Bravo o incluso de Chavela Vargas corriendo por las venas como un grito.

Y un rato después reaparece aquel otro tema:

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto

Me dio dos luceros
Me dio el oído
Me ha dado el sonido y el abecedario.

Hermoso que esta letanía que tiene los aires de la voz de una latinoamerica tan hermana en tantas cosas venga, como los pájaros que pueblan nuestra parcela, a poblar mis pensamientos con la amable bondad de su caricia.

Estoy de nuevo en camino, ahora mi autobús corre por la N-1. Hemos sobrepasado las cumbres nevadas del Guadarrama que atravesé a pie días atrás proveniente de Santiago; pasan ante mí ahora los monolitos de La Cabrera, el Pico de la Miel y Cancho Gordo que recorrí recientemente con mi chica y mi hermana, y después el autobús roza con su mirada distraída las lomas nevadas de Somosierra. Ahora el llano segoviano con sus sabinas, encinares y la desnudez de los robles sobre cuyas ramas cuelgan algunas solitarias hojas herrumbrosas, se va abriendo poco a poco a la taciturna estepa donde los verdes de la cebada y los trigales dan al campo el aspecto de una gran colcha hecha de retales donde apuntan pequeñas tropillas de álamos, “álamos del río, conmigo vais, mi corazón os lleva”, naturalmente.

Esta vez mi destino es San Vicente de la Barquera. En esta ocasión le tocó el turno al Camino Lebaniego. Habían rondado por mi cabeza el Algarve portugués y la isla de Formentera,  pero al final ganó el pulso un camino de Santiago más, dos en realidad, el Lebaniego, que Sale de Santander y termina en el monasterio de Santo Toribio de Liébana y el Valdiniense, que arranca del mismo monasterio y, como un afluente del gran río que es el Camino Francés, viene a verter sus humildes aguas en éste en Mansilla de las Mulas. En el pulso ganado el mayor peso lo tuvo la posibilidad de recorrer los alrededores de los Picos de Europa, el paisaje montañoso, el recorrido por las riberas del Nansa, la posibilidad de volver a la encontrarme con hospitaleros y peregrinos empeñados en hacer del Camino una canción.

Los aborígenes australianos, que no tenían vocación de agrimensores pero que amaban sus tierras, que eran las de sus ancestros y las que les sustentaba y les proporcionaba espacio para la caza y el ocio, fijaban los límites de “sus posesiones”, de su espacio vital con canciones. Cada parte del camino, cada montaña, cada tierra de caza tenía una canción, canción que sólo conocía un anciano, un hombre relevante de la tribu. Esas eran sus escrituras de la propiedad. Los pobres ingleses, pobres sí, porque sólo parecían saber, como nuestros modernos gilipollas amasadores de dinero y tierras (no me resisto a dejar de incluir más abajo una viñeta dedicada estos especímenes deglutidores de poder y dinero que encontré en Cultura Inquieta) esos ingleses, decía, que sólo sabían de la existencia de ese invento occidental que es el metro para medir la tierra, eran incapaces de entender que la propiedad de la tierra tuviera que ver con una canción. Y bien duro lo tuvieron cuando quisieron atravesar Australia con su carro de hierro. Fueron necesarias larguísimas conversaciones con los líderes de los aborígenes y también el recurso a la violencia, que los colonizadores ingleses y su policía utilizaron con generosidad masacrando a miles de “propietarios”, cuando quisieron hacer pasar el ferrocarril por las tierras de los aborígenes o simplemente apoderarse de sus tierras. Los ingleses, como todos lo usurpadores, se llamen estos Pizarros o Atilas, los títulos de propiedad o el derecho a la tierra eran algo que dependía exclusivamente de quien fuera más fuerte. Estos temas relacionados con los aborígenes australianos son tan interesantes que me atrevo a dejar aquí la referencia bibliográfica para uso de los curiosos que guste profundizar en él. Los trazos de la canción, de Bruce Chatwin.



Hablaba de hospitaleros y peregrinos empeñados en hacer del Camino una canción. Creo que la expresión tiene una muy acertada conexión con lo que expresaba más arriba. Canción de acogida, hospitalidad, de hacer del Camino nuestra casa a lo largo de miles de kilómetros.

Incluyo aquí una muy breve información sobre el Camino Valdiniense y Lebaniego que acaso pueda interesar a alguno. “El Camino Vadiniense o Ruta Jacobea por Liébana enlaza el Camino del Norte con el Camino Francés a través de los Picos de Europa. En su tramo inicial coincide con el Camino Lebaniego, ruta secular de peregrinación al Monasterio de Santo Toribio de Liébana, donde se resguarda el Lignum Crucis. Se trata de un recorrido de alta dureza y gran belleza” (gronze.com)

Por cierto, gracias desde aquí a Manuel Coronado por haberme sugerido este nuevo Camin

Así que allá voy a meterme de nuevo en mi querida burbuja de peregrino, caminante, vagabundo, a comulgar con los elementos y a recrearme en la música de la naturaleza y de los elfos y duendes con que vaya tropezando, esos seres inconsútiles que habitan los límites del alba y las sombras de la soledad llenando el espíritu de paz y de ese sentimiento de pertenencia a las luces del Todo y a la bondad que habita en las entrañas de la naturaleza.

He dicho. Jajaja, sí, a veces siento que el vino se me sube por dentro; y eso que esta mañana sólo llevo un café con leche en el cuerpo.


albertodelamadrid.es

2 comentarios:

Manuel Coronado Gil dijo...

No hay de que Alberto, en el fondo somos buscadores de caminos. Por cierto con tu permiso te copio la foto del acaparador de dinero, es una buena viñeta, es lo que quieren enseñarnos los politicos de turno: economia, economia, economia... no existe cultura, educacion, sanidad, i+d, etc. para ellos esos gastos de dinero público sobran, solo invertir en lo que llene los bolsillos.

Alberto de la Madrid dijo...

Una pena de mundo. Menos mal que somos unos privilegiados que sabemos encontrar en la naturaleza y sus caminos un buen sustento para la vida.