Sobre el paso Gardena, 4 de agosto de
2019.
Alta Vía de las Dolomitas 2.
Bajo la forcella de Roa – Sobre el paso Gardena.
Hoy la ventana de mi tienda, situada en
un cerro estratégico por encima del paso Gardena, da a un escenario
realmente magnífico en donde gordas y algodonosas nubes blancas
armonizarían una bella composición pictórica. Tengo la duda de
escribir el acostumbrado post o contestar una carta que me espera
desde hace días. La carta es de mi amiga desconocida, que a punto
estoy de escribirlo con mayúsculas porque de las amigas desconocidas
que tuve que hacer a través del ciberespacio, sólo ella permanece
todavía como tal. De las otras dos, una pasó a llamarse mi
amiga con nombre de flor después de que decidiera conocerme y
acompañarme por una larga temporada por Sri Lanka y la India; y la
segunda, vecina de la tierra de los naranjos, que conocí a través de
mi blog de lo caminos mientras hacía uno de los Caminos de Santiago,
un buen día, sin necesidad de marcharse tan lejos como el Sureste
Asiático, aceptó mi invitación de encontrarnos en El Chorrillo y
desde entonces perdió el apelativo de desconocida también. Como mi
blog, en aquel momento blog de viajes, que no de caminos como éste, fue el
nexo de comunicación con aquella hace trece años, me tienta volver
como entonces a usarlo como si de una carta se tratara, una de esas
viejas cartas que se escribían con la ayuda de un tintero, un
palillero y un plumín. Aquí no es el silencio y el recogimiento de
una habitación de otros tiempos, sino una tarde deliciosamente
agradable en que el viento agita con el brío mi tienda de campaña,
pero igual, el recogimiento que cada tarde, al finalizar mi jornada
de caminante, me ofrece, es un sedante. Me falta mi habitual té de
la tarde mientras escribo, porque apenas me queda gas, pero todo en
mi ánimo está en paz.
Querida amiga desconocida:
De tus palabras últimas retengo ese
miedo a la vejez que se centra en la posibilidad de tener que
depender de alguien en el futuro. Ya te contaré, me dices. El otro
día tenía yo por aquí una nota que había rescatado de una
película o de uno de los últimos libros leídos, en que el
protagonista, ya muy mayor, sentado frente al crepúsculo mientras
escuchaba La Creación, de Hayden, pensando en que habiendo hecho de
su vida un arte, lo que quedaba era tan insignificante que acaso no
mereciera la pena vivirlo. Días atrás glosaba en este blog una idea
parecida salida de la película de Fernando Trueba, El artista y la
modelo, en que volvía a aparecer la misma idea. Ninguna deducción,
sólo que tus líneas me han llevado a ello.
Hace muchos años, cuando nos
conocimos, sin llegar a conocernos, hablábamos largamente, recuerdo,
de amor, de los hijos, de tu padre, de libros… yo sigo hablando de
amor, y mucho, pero reconozco que también hablo bastante de la
muerte, que cada vez es menos problema y que incluso llega a
presentárseme a veces con la posibilidad de que se convierta en un
emotivo y hermoso acto de despedida. Pero sí, adivino que el
problema está en el interregno entre la lucidez, la posibilidad de
valerse por sí mismo y ese último instante cuyas circunstancias
pueden estropear en alguna medida el cuadro de la vida que
previamente habíamos pintado con los colores de… la alegría, sí.
Días atrás encontré la alegría como elemento que nos va a decir
si lo que hacemos en la vida es auténtico o no; si hacemos el amor y
sentimos alegría, éste es auténtico, si nos morimos y podemos
llegar a experimentar cierta alegría querrá decir que la vida ha
triunfado y nos podemos marchar en paz. Algún día que aparezcas por
Madrid o yo me dé una vuelta por Buenos Aires quizás podamos
charlar un rato mientras nos tomamos un mate.
Entonces, allá por el 2006, yo
estrenaba jubilación anticipada y mis ganas de viajar y, también,
mis deseos de olvidar cierto naufragio sentimental, me llevaron a ese
largo viaje donde nos conocimos. Hoy he cambiado los viajes por una
vida de vagabundeo a través de las montañas, los inviernos vago por
los Caminos de Santiago y en los veranos he hecho de los Alpes mi
hogar, horas interminables de caminar por bosques y montañas, con
todas las sensaciones que ello conlleva. Te cuento, hoy fue un día
típico de ese vagabundo de que te hablo. Mi crónica hoy la habría
titulado El placer de la demora.
Hoy el placer de la demora, como en el
sexo o el amor, incorporarse, afeitarse, hacer una toilette sucinta
con toallitas húmedas, vestirse, preparar lentamente el desayuno,
comer sin prisa el tazón de muesli, recoger el saco, hacer el
macuto, desmontar la tienda, constituía un placer nuevo que, por
descubrirlo como placer, se demoraba más y más hasta el punto de
que no hubiera que caminar a ninguna parte.
Estoy a dos mil quinientos metros, hace
frío y la lentitud se me ha metido en el cuerpo. A poco de caminar,
el sol, cálido y tierno como la caricia de una amante, inunda mi
cuerpo. Me desprendo del pluma y del forro y sorteo el accidentado
terreno kárstico que me va a llevar a las pedreras que ascienden
hasta el paso Forces de Sieles. Mi cuerpo está como nuevecito, subo
sin sentir la cuesta y cuando me doy cuenta estoy en la forcella.
Estoy un poco intrigado porque ayer descubrí unas crucecitas rojas
en el mapa en mi itinerario que suponían dificultades adicionales.
Las crucecitas resultan ser tramos muy expuestos pero perfectamente
equipados con cables de acero. El recorrido se convierte en un
bellísimo sendero aéreo como esos que tanto le gustan al amigo
Santiago Pino que precisamente me mandaba recuerdos el pasado año
desde la senda de los Cazadores del Valle de Ordesa un día que yo
había tenido problemas con un recorrido algo complicado y difícil
por culpa de una pierna que no me funcionaba demasiado bien. Así que
mañana fresca y soleada para disfrutar de estos magníficos
senderos.
Cuando el camino se remansa sobre los
prados inferiores me decido a continuar con la lectoescucha del libro
de Hesse en el punto en que lo había dejado, el relato El último
verano de Klingor. Esto sucedía a Klingor: “Alegría y arrebato
creador le sacudían como una alegre y húmeda tormenta y hasta que
el dolor le aterraba de nuevo, descubriéndole los fragmentos de su
vida y de su arte. Estaba loco, como lo está todo creador. Pero en
el furor de la creación acertaba con suprema inteligencia, como un
sonámbulo”. Y cuando oigo esto me paro y comprendo que no es otro
el fin al que alude la película de Fernando Trueba que vi hace un
par de días, El artista y la modelo, la culminación de una vida
reflejada en una obra de arte. Un asunto del que hablaba más arriba,
cuando el hálito de la muerte se coló en mis reflexiones. Sólo que
aquí el protagonista, pese a culminar su obra no se mata como en el
film de Truena. “Terminado el cuadro, al cabo de estos días
azotados, lo guardó en la cocina que no se usaba y cerró con llave.
Nunca lo mostró a nadie. Luego tomó veronal y durmió un día y una
noche. Cuando despertó, se afeitó, se lavó, mudó de ropa y se fue
a la ciudad a comprar fruta y cigarrillos para regalarle a Gina”.
También la vida por mucha obra de arte que sea puede terminar en ese
reino de las pequeñas cosas.
El paisaje
terminó convirtiéndose en paisaje lunar con enormes moles calcáreas
erigidas sobre este desierto de roca. Más lejos el terreno, como si
Saturno lo hubiera desgajado se abrió en un gran abismo junto al
sendero. En el refugio Puez me tomé una menestra con una salchicha y
salí pitando. Era domingo y a partir de aquí el sendero hasta el
paso Gardena estaba muy concurrido. Una última forcella, Les
Pizes me dejó ante el magnífico e impresionante panorama del Grupo
del Sella; más a la derecha quedaba la mole del Sassolungo, que mi
amigo Pepe Moreno, que suele leer este blog, reconocería con cierta
nostalgia, una salida memorable que realizamos Pepe, Ignacio Aldea,
Victoria y un servidor.
El paso Gardena estaba también a tutti
plen. Demoré en el refugio el tiempo para comer unos espaguetis y un
trozo de tarta de almendras y luego busqué un alto lejos de del
mundanal ruido para poner mi tienda. Por cierto, un punto magnífico
que parecía el centro de este mundo.
Y esto es todo por hoy, mi amiga
desconocida. La tarde está cayendo definitivamente y es hora de ir
preparando la cena. Ha sido un placer volver a encontrar un correo
tuyo en mi buzón.
Un beso y un gran abrazo de oso, como
te gusta mandarlos a ti.





















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