Refugio Spitzstenhause, 31 de julio de
2019
Via Alpina. Tramo Morado. Cercanías de
la cumbre de Robalm - Refugio Spitzstenhause.
Tengo en el
salvapantallas del teléfono de repuesto un desnudo femenino que me
resisto a sustituir porque desde que lo encontré por ahí me
prendé de él. Es un retrato algo enigmático al que miro
inútilmente intentando descifrar su misterio, acaso ese fragmento de
misterio que muchos guardan en lo más profundo de sí. Es cierto que
vivimos tan deprisa que tropezar con un bonito cuerpo desnudo a lo
primero que invita sin más es a guardarlo en la faldriquera para echar
mano de él en el primer momento de soledad que la añoranza femenina
me ponga por delante. Se trata de una mujer que camina de frente en
un plano que recuerda a aquellos que aparecían en las películas del
oeste en que la pantalla era ocupada por entero por el espacio que
media entre la cartuchera del revolver y la cabeza del protagonista.
La posición de sus manos emula a Gary Cooper en Solo ante el
peligro, pero ella no mira al frente pronta a disparar sobre nadie,
mira a unos metros por delante de sí como concentrada en un
pensamiento que la obsesiona. El retrato está ligeramente
desenfocado. Sus pechos y su pubis evocan un mundo más real que el
que nos ocupa la mayor parte del día, ese mundo en que la ternura,
el amor, lo deseos profundos dan cuenta de nuestro yo más íntimo y
verdadero. Ese mundo en que la vida deja a un lado la prosa, los
intereses económicos o sociales para concentrarse en la esencia del
propio ser, su exultante necesidad de amor, belleza, ternura.
Mi amor al Dios de mi infancia y mi
adolescencia se ha sustituido largamente por el amor a las mujeres y
la veneración de su cuerpos, de ahí que sea en ellas, ellos y su
misterio, cuando la necesidad de oración llama a mis puertas, que mi
ánimo recale. Niño, al fin el vagabundo, necesitado tanto de un
pubis como de la caricia de una amante.
El ambiente de alguno de estos refugios
es tan agradable que ganas dan de quedarse todo el día. La niebla y
la lluvia desaparecen aquí engullidas por la música y el confort.
No había puesto el despertador anoche. Estaba considerando
levantarme cuando hubo claridad y el tintineo de la lluvia empezó a
cantar sobre el techo de mi tienda. Fuera la niebla era espesa de
mascarse, apenas se veía a unos pocos metros.
Eché a caminar en aquel mundo
fantasmagórico pensando que el sendero descendía sin más, toda una
sencilla bajada después de la empeñativa subida del día anterior.
Craso error. Pronto me vi trepando en medio de un fina lluvia
envuelto en la niebla por un sendero que no tardó en convertirse en
una pequeña escalada, bien que ayudada por cables. El pico imposible
bajo el que había dormido se convirtió en el objetivo de mi camino.
Todo estaba resbaladizo del demonio. El vagabundo trepaba por allí
seguro, pero a la vez admirado de encontrarse repentinamente en
un ambiente tan bello e inhóspito que ponía a prueba sus viejas
capacidades de escalador. Salvaje y profunda belleza de aquel momento
entre la niebla poniendo mis cinco sentidos en afianzar mis pies para
evitar cualquier eventual resbalón.
Es mediodía. Debo abandonar el refugio
y salir de nuevo a la lluvia y la niebla. Luego continúo.
Sería muy difícil hacer comprender a
quien no ha vagado nunca por bosques desconocidos e intrincados el
encanto que supone atravesarlos en esta infinita soledad en que se
recogen con la niebla y la lluvia. Tantas horas, tantas, entre esa
intimidad que el bosque respira en tales circunstancias, intimidad
apenas turbada por el lejano rumor de un riachuelo o las gotas que se
desprenden de las ramas ahítas de agua. De tanto en tanto el sendero
cruza una pista, avista a lo lejos la construcción de un ganadero,
pero el centro de su vida es el silencio, la muerte manifiesta en
grandes ejemplares que cayeron yertos por la carga de sus muchos
años, por el empuje del viento o el peso insostenible de la nieve en
sus ramas; también la vida corre por ellos manifiesta en los días
de sol o en los pájaros que entonces visitan sus ramas, pero hoy el
bosque es un monasterio de clausura silencioso y yerto donde en los
pies de elefante de las viejas hayas crece un verde brillante que
contrasta con la mortecina tristeza de sus colores apagados y
sombríos. La misma belleza que esconde la tristeza bajo su aparente
negación de la vida. Tiempo de nostalgia, fondo para un romanticismo
cargado con el estilete de la nostalgia pero que el caminante
atraviesa con el gozo de quien esta mañana siente en la realidad que
le rodea el hálito de las cosas profundas que duermen en su propia
alma y que la intimidad del bosque despierta envuelto en la niebla y
la lluvia.
El sendero terminó por perder su
intimidad cuando se tropezó con el hermano mayor de una pista
forestal. Quise comer en Sachrang, pero de nuevo los horarios
alemanes lo impidieron. Llovía. Me refugié en un cobertizo a ver
qué hacía. En el macuto no me quedaba nada de comida y el refugio
próximo quedaba a dos o tres horas. Decidí continuar, de perdidos
al río. Mi ascenso fue menos poético que el recorrido matinal,
estaba demasiado pendiente de la manduca, ya se sabe que un estómago
vacío ni rinde ni te deja que las sensaciones se esponjen a su
gusto.
A las cinco estaba arriba. Hubo suerte,
el establecimiento era una joya: cuarto para secar la ropa y mi
colada, una buena cama, excelente la cena, una ducha de agua caliente
de la que mi cuerpo ya había perdido la memoria. No faltaba nada.












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