Un nuevo escenario: Las Dolomitas




Cercanías del refugio Pleiterknapennhütten, Italia, 2 de agosto de 2019.

Alta Vía de las Dolomitas 2 Refugio Spitzstenhause (Alemania) - Bressanone - Cercanías del refugio Pleiterknapennhütten (Italia).


La última noche había puesto todo mi equipo y yo mismo a punto, colada, ducha, orden en mis cosas y, a última hora, cuando hablé con Victoria, tuve la sensación de que un trozo de civilización había entrado en mí. El salvaje que llevaba semanas dando vueltas por bosques y montañas como los osos, al sentirse limpio y con nueva ropa, sin que una cosa se derive de la otra, sintió necesidad de cambiar también de paisaje. Fue simplemente un clic en mi interior. De repente pensé que mi cuerpo y mi ánimo me estaban pidiendo otras montañas y las otras montañas no podían ser otras que las Dolomitas.

Por la mañana inicié el largo descenso a Oberaudorf desde donde sabía que tendría tren casi directo a Bressanone, el punto de inicio de la Alta Vía de las Dolomitas 2, un recorrido de dos semanas que dejé a medias el pasado año por problemas en una pierna. Las Dolomitas son una inevitable referencia para el vagabundo desde que era muy joven, un reino mágico de abismos y picos que es imposible dejar de añorar primero por su belleza y después por el rastro de recuerdos que a ellas me llevan. Amigos, hermosas paredes escaladas en la edad más entusiasta de la vida, una amante que perdió la vida en ella… Todo se concita para que año tras año me vea atraído para regresar a ellas.


Esta mañana me preguntaba si no tenía mucho de exageración esa exaltación de la mujer que hacía, creo, el último día. Lo resumía preguntándome si no habría en la literatura mucho de literatura. Tener algo mucho de literatura implica acaso idealizar, exagerar, o mejor, reducir ideas simples a un estadio de sobreestimación que sólo sería aprehensible por el artista en algún proceso de inspiración.
En un relato que leí días atrás, Kein y Wagner, de Hermann Hesse,
el protagonista muere en medio del paroxismo del conocimiento de sí y de la realidad que en todos los años de su vida había logrado alcanzar. La muerte aparece como revelación, conclusión de un conocimiento superior, un estado de realización que cualquiera diría suponía el objetivo de su vida. 
En la película que vi ayer, El artista y la modelo, de Fernando Trueba, el protagonista parece culminar al fin la realización de una obra entrevista como objetivo fundamental de su existencia, en su caso plasmada en la realización de un desnudo femenino donde se concentra su ideal de belleza.
En su estudio no hay más que obras de desnudos femeninos, que es hacia donde se ha dirigido su trabajo de escultor desde siempre. Es un hombre mayor para quien el final de la vida está a la vuelta de la esquina y se desespera en la búsqueda de esa idea con la que ha de columbrar su vida como artista. Tiene miedo de morir antes de haberlo conseguido. Su obra queda terminada al fin, la modelo se marcha y él queda solo frente a la pura belleza marmórea de un desnudo deslumbrantemente bello. Se sienta enfrente de la escultura, la contempla largamente. En su regazo yace una escopeta de caza. Aparece un plano de las ramas de unos árboles llenas de pájaros y se oye un disparo. Las aves salen volando. Unas secuencias antes el artista ha dicho a la modelo que si los artistas necesitan una modelo es para consultar con la naturaleza y, añade, cuando uno empieza comprender las cosas, es hora de marcharse. ¿Comprendió la belleza esencial, se marchó?

En ambos casos, tanto en el relato de Hesse
como en la película de Trueba, lo que se percibe es la búsqueda de valores absolutos que parecen superar en el alma del individuo el valor de sus propias vidas, la belleza, la posibilidad de comprender la vida y de realizarse a través de una obra, en el relato de Hesse, y el alcanzar esa idea para la que se ha vivido siempre, en el film de Trueba, superan la humanidad primaria para elevarse a la altura de aspiraciones que, vistas desde nuestra vida pedestre ordinaria parecen ser, y vuelvo a la pregunta del principio, hacer literatura de la literatura.

Cuando escribo determinadas cosas, el otro día hablando, por ejemplo, de un retrato enigmático, siento lo que escribo como tal, y lo que siento desde el estado de ánimo que ha suscitado la escritura y mi inmersión en una idea forma parte de un modo de entender la realidad; sin embargo no es raro que suceda que, pasado un buen rato, aquello me parezca una licencia literaria necesaria para nombrar algo que normalmente resulta muy difícil de expresar, o acaso, también es posible, aquello pertenezca al ámbito de un deseo de trascender una realidad que me resulte excesivamente plana.


Ayer tarde ya estaba de nuevo, después de atravesar Austria, en los valles italianos que dan acceso al pie de mi siguiente ruta. Encontré no muy alto un buen sitio para pernoctar. Poco después de dormirme me despertó el fragor de la tormenta. Duró varias horas. Amaneció lloviendo. Dios, cuánto me costó levantarme. ¿Cansancio acumulado, la murria producida por este tiempo de nieblas y lluvias?

A dos mil metros se veían las nubes jugueteando en las hendiduras de los valles. Por el oeste una crestería levantaba sus grandes dientes sobre un mar de nubes. Me costó mucho llegar al refugio Plose donde unos tagliatelles con setas y ragú de capriolo, un trozo de tarta y la cerveza consiguiente me dejaron en sazón para dos horas más tarde sumergirme de nuevo en la niebla.


En esta parte de Italia el alemán y el italiano se mezclan como en una aguada en una amplia transición que debe esperar hasta el sur de Bolzano para definirse plenamente en italiano. Cosa de la guerra del 15-18, como llaman aquí a la Primera Guerra Mundial. Los austriacos perdieron la guerra y como consecuencia este territorio es Italia de facto, aunque no en la cultura ni en la lengua que se conservan íntegras en toda esta zona norte. Es tanto así que el pasado año encontraba dificultad en ocasiones para que quisieran comunicarse en italiano. Algo así como si un catalán o un vasco se negaran a hablar contigo en castellano.

Apenas llovió por el camino que vagaba largamente por una inclinada ladera entre prados y bosques, un sendero bello, aéreo y perfectamente acondicionado. Creo que con mucho son los italianos los que mantienen el mejor nivel de atrezatura en los senderos de sus montañas.


La tormenta brota del cielo con la rutinaria prestancia de todas las tardes. Ayer en el sur de Alemania, hoy en el norte de Italia. La empatía que tienen las tormentas con estas montañas es proverbial, un amor platónico de no dejar en paz ni un día a estas benditas tierras allá donde ellas estuvieren. Como tantas veces me salvé de la lluvia por los pelos. Fue terminar de poner la tienda y empezar la fiesta. Ojo, que el té se enfría. Me incorporo, tomo un par de sorbos, mastico un trozo de barrita, oigo los truenos cercanos, el repicar del agua sobre mi tienda. Esta tarde toda mi cotidianidad cabe entre una taza de té y este ambiente de truenos y agua.










No hay comentarios: