El Chorrillo-Irún, madrugada del 29 de julio de 2020
Siempre que salgo de casa para pasar una larga temporada por los
caminos o las montañas tengo la sensación de que estoy al comienzo de una
historia. Un libro que empieza como hoy a las puertas de casa despidiendo a
Victoria con cierto deje de emoción. El sol posaba manso a unos dedos sobre el
horizonte y las nubes de levante, unos cúmulos orondos y como llenos de calor,
se incendiaban por un momento antes de sumergirse en la noche. Victoria
aguardaba entre las dos hojas de la cancela esperando verme desaparecer tras el
cambio de rasante. Me volví una más vez para saludarla con la mano. Paciente
esta mujer que tan bien lleva estas excentricidades del vagabundo al que un día
se le enciende una lucecita por dentro o un hormiguillo le empieza a correr por
el estómago y de inmediato ya no para porque quiere salir disparado hacia las
montañas.
Este año tardó en llegar ese momento pero al fin se hizo presente,
mi cuerpo volvía a pedirme soledad, montañas, bosques; una vuelta a ese
primitivismo de que se nutre mi ser desde que me hice adulto.
Este año es muy especial. Es la primera vez que cojo el transporte
público desde que comenzó la época de la incertidumbre y me siento como quien
sale de la seguridad del pueblo a un mundo hostil por el que tiene que abrirse
paso para llegar a las montañas.
Me acompaña Amiri, un senegalés que se dirige a San Sebastián y
que en Méndez Álvaro andaba perdido buscando la estación de autobuses de
Avenida América. Va a recoger pimientos en Euskadi. Y ganarás el pan con el
sudor de tu frente… eso dijo Yahvé, pero a lo que no llegó Yahvé fue a
prever la cantidad de hijos de Adán y Eva que iban a vivir a costa del sudor de
la frente de otros. Sí, Yahvé era algo corto de luces, porque ya metido a crear
algo bien podía haber organizado el patio de la creación de un modo menos
rocambolesco.
Días atrás escribía un post titulado Ah, los nietos, y hoy
ya de camino el autobús abriéndose paso en la noche hacia el norte, recordando
a Victoria que quedará sola por una larga temporada si nada se tuerce, pensaba
que algún día tendría que escribir un post similar, algo así como ¡Ah, esas
parejas…! Parejas que pacientemente llevan las pequeñas debilidades de sus
compañeros de vida, esos mil y un reajustes que pasada la efervescencia de los
primeros tiempos hay que llevar a cabo para construir algo de lo que ambos
puedan estar verdaderamente satisfechos. El reajuste de los hábitos y de los
diferentes temperamentos y expectativas para después en un arranque de
creatividad construir un hogar, una familia, criar a unos hijos y así poco a
poco ir entendiendo qué es eso de la vida, ese fregao en que nos metieron
nuestros padres y en el que metemos a nuestros hijos sin pedir permiso a nadie
y en donde tan fácil es perderse. Pero me temo que nunca voy a ser capaz de
escribir sobre tal asunto. Uno nació con un alto cociente de rubor y el rubor,
esa cosa que a veces se manifiesta en las mejillas y otras, como es mi caso, en
un infranqueable muro de silencio donde decir “te quiero” puede convertirse en
un frustrado parto, es un personajillo que ama la discreción y los
sobreentendidos. Vamos, que hay cosas que si no las comprendes así, sin más,
con la mirada o con una caricia… pues eso.
Antes de salir sopesé la posibilidad de llevarme el coche y
visitar diferentes zonas de los Pirineos, un plan que se adaptaba a la
situación sanitaria del país, pero que no terminaba de convencerme porque le
restaba ese no sé qué de encanto que tienen las largas travesías en que la
soledad y el contacto con los elementos de manera prolongada te convierten en
un ermitaño, un vagabundo, unas circunstancias en que te transformas tantas
veces en algo más que un caminante; en realidad según pasan los días y las
semanas te conviertes tú mismo en naturaleza, eres uno con el universo, las
estrellas o los bosques. Oigo hablar a veces en las redes elogiando tal o cual
paraje de los Pirineos, lugares hermosos que frecuentar y, estando de acuerdo
con esos comentarios, pienso sin embargo que para vivir con cierta intensidad
todo lo que la montaña nos puede ofrecer se necesita algo más que subir una
colección de cumbres o atravesar bellos bosques. En italiano se utiliza una
palabra, rapporto, que siendo parecida a su homóloga en castellano relación,
tiene unas connotaciones más intimistas. El rapporto es tal al cabo
de muchos días de caminar solo por montaña, de llegar a establecer un nexo que
se podría comparar al que mantienen una pareja de enamorados que anhelan una
mutua compañía en la que se sienten más realizados, más plenos. Lograr ser
musgo con la montaña, como citaba Martínez de Pisón a Matthiessen, ser parte de
ella, requiere largos momentos de soledad y silencio. Las montañas, el firmamento,
la lluvia, susurran de continuo a lo largo del día o la noche en claves que
necesitan una cierta preparación espiritual para llegar a ellas y para que
ellas sean parte de nuestro estar con nosotros mismos.
Quizás caminar solo sea un especialísimo modo de meditación en el
que confluyen las fuerzas de la naturaleza con nuestra propia energía interior,
una aspiración por otra parte que estuvo siempre presente en algunas religiones
orientales. Una simbiosis que hace de la estancia en los bosques o en los parajes
solitarios de las montañas una fuente de belleza y bienestar que, unido al
esfuerzo y las dificultades que se superan, crean en el caminante una suerte de
elevación personal que es fácil que en algunas ocasiones se resuelva en
sensación de plenitud, esos instantes que en ningún momento de nuestra vida
podremos olvidar.
Tuve un momento así hace un par de años por estas fechas. Llevaba
un mes caminando por los Alpes y los dos días últimos habían sido especialmente
empeñativos, me había encontrado con neveros que sin crampones me pusieron a
prueba, más arriba la niebla lo cubrió todo, el terreno era complicado y para
colmo empezó a llover copiosamente. No pude encontrar un lugar para mi tienda
hasta una hora después. Allí, bajo la capa de agua, estuve mucho tiempo
esperando a que disminuyera el chaparrón. Quedé totalmente empapado. Aquella
noche, un zorro o un lobo se me coló en la tienda por un pequeño resquicio y se
llevó la comida de dos días sin que yo, exhausto de cansancio, me apercibiera.
Sólo me quedaron unas zanahorias. Estaba acampando en las cercanías de un lago
y a la mañana siguiente más allá del agua apenas se veía nada. Tenía por
delante al menos un día y medio hasta el siguiente refugio. Todo estaba en mi
contra, pero apenas había echado a andar subiendo unas fuertes pendientes
enfundado en toda la ropa que tenía porque el frío era intenso, cuando sucedió
el milagro, la niebla, las dificultades, la carencia de comida y la
incertidumbre del camino a seguir me regalaron aquella mañana unos tales instantes
de plenitud de recordarlos para el resto de mi vida.
Ese tipo de cosas son, creo, lo que me empuja en tantas ocasiones
a ponerme en camino y a hacerlo por largos periodos de tiempo.



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