Montañas de Euskadi

 

Cercanías de Bera, 29 de julio de 2020

Irun-cercanías de Bera.


Mis incursiones recientes en el ajedrez van a ser en este “viaje” veraniego un motivo más con que alimentar la desaparición del tiempo en mi vida de vagabundo. Es mediodía, y como llevo caminando desde las siete y media he aprovechado la presencia de un hilo de agua junto al camino para tripear a la sombra y de paso echar una partidita. Es curioso cómo reaparecen y desaparecen determinadas aficiones. No creo que esa vieja pasión que me persiguió mientras caminábamos de un lado a otro del Pirineo toda la familia, un hábito que, estuviéramos donde estuviéramos, me hacía sacar un viejo tablero electrónico después de la comida para sumergirme en las escaramuzas del ajedrez, vaya a desaparecer fácilmente después de este virulento resurgimiento. Esas cosas que pasan, igual que aquella otra época en que viajaba cargado con un par de lienzos que transportaba a las alturas en el Pirineo de Lérida para compatibilizar la pintura al óleo con las ascensiones a las cumbres del Certescán. Memorables aficiones que si quisiera resucitarlas todas ya me faltarían años de la vida para hacerlo. Y conste que motivaciones no me faltan últimamente, unas venidas de Toledo de la mano de David de Resino que ya piropeó alguno de mis trabajos a la pluma o de José Zalabardo también él buen acuarelista que casi me inclinó mientras subíamos días atrás a la Maliciosa a comprarme un juego completo de acuarelas para retomar también una afición que recorrió algunos años de mi juventud. Sí, mi disposición para estas cosas está en el umbral del parto, pero miedo me da que de veras se produzca éste y me vea obligado a aumentar mi impedimenta en unos kilos más, algo prácticamente imposible según el estado de mi espalda. Óleos, acuarelas, máquina de escribir, tinta, pluma, cuadernos, ajedrez, equipo de música. No cabe todo en mi mochila.

Resumiendo, que aprendiendo como lo estoy haciendo a vivir más pausado y a dar el gusto a mis intuiciones y ocurrencias, ya no tengo ningún resquemor de pararme bajo cualquier sombra a echar una partida de ajedrez o a seguir leyendo el tocho de historia de Paul Preston. Esta mañana acaricié con la mirada las aguas del Cantábrico y dentro de un mes o mes y medio me gustaría hacer lo mismo con las del Mediterráneo después de atravesar toda la Cordillera Pirenaica, pero… eso sí, sin prisas. Además le tengo que dar tiempo a mi cuerpo para que poco a poco vaya cogiendo la forma habitual de los veranos.



Eran las ocho de la mañana cuando hoy el taxi me dejó a pie de monte al otro lado de Irún, una larga estribación que se alza al sur del río Bidasoa que ya recorrí otras veces y que sigue resultando ideal para calentar motores. Una senda sin excesivos desniveles que atraviesa ribedales, pinares y a cuya vera crecen esporádicos abedules y avellanos. Estaba nublado y se caminaba fresquito en el bosque, pero no duró mucho, enseguida la temperatura subió y caminar se hizo algo penoso. No obstante ahí estaba una curruca capirotada con su canto temprano para alegrar la mañana, la misma que semanas atrás me daba los buenos días subiendo la garganta de Caballeros en Gredos. Me duelen las piernas y el mal estibado que he hecho en mi macuto me hace caminar torcido. Y la culpa la tiene el agua, cerca de tres litros para mantener mis problemas de riñón en mediano orden. Me lo dijo el urólogo el pasado lunes: atento, porque corre usted un riesgo si a uno de esos cálculos le da por viajar por los uréteres. Beba mucha agua. Así que eso, dos o tres kilos más a mi impedimenta que ya salió de casa con un respetable básico de 13 kilos, que se convirtieron en 15,5 con la comida y que se ponen en 18 y medio con el agua; y todo ello además con una escasísima forma física. Así que calma, voy con el ajedrez.

Lo caminos de esta parte del País Vasco invitan a un caminar tranquilo o acaso soy yo y mi disposición de hoy a forzar un paso que se adapte a mi estado de ánimo. Junto al embalse de Endara el restaurante está cerrado, solo abren los fines de semana, así que arreo para arriba y, previendo dormir en cualquier promontorio que me pille cargo con tres litros de agua. Me van a salir peces en la tripa.



En un alto sobre Bera doy por terminada mi jornada. Hoy no habrá necesidad de poner la tienda.

Toda una noche de viaje y la larga caminata de hoy han dejado mi cuerpo dolorido y sin otras ganas que no sean las de tumbarme en el colchón y acaso escuchar un poco de música. Me temo que, como casi siempre, estos primeros días hasta que mi cuerpo adquiera cierta forma física van a ser duros.

Al final desaparecieron todas las nubes y ha quedado una apacible tarde de sol ideal para hacer nada. Elijo un tema que me es caro, Mi patria, de Smetana. El cielo y las montañas, también mi patria, hacen de fondo a la música. Cuando suena el tema del río Moldava sólo tengo que reemplazar a las aguas del Bidasoa que corren uno o dos centenares de metros más abajo en el valle. Smetana resulta un tanto atronador y ampuloso para el momento, pero se lo perdono porque la melodía que sobrenada en toda la primera parte sí que es encantadora en su sencillez. 




 



 

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