Chozo
alto de
Cualquiera
diría que pasaba la noche en uno de los anfiteatros pétreos más bellos y
solitarios… Solitarios… jaja, eso era hace cuarenta o cincuenta años, cuando un
fin de semana de inverno coincidíamos allí sólo un puñado de personas. Ahora el
Circo se ha convertido en eso, en un circo. Voces, gente que no respeta las
horas nocturnas y parece estar de botellón, otros que pasaban hablando voz en
grito como quien sale de la calle Huertas después de que se haya cerrado hasta
el último bar. Todas las veces que me desperté se veían luces de linternas
bajando los Barrerones.
Entiendo
poco a mucha gente que viene aquí a vocear, que no sabe hablar con normalidad y
que convierte los senderos del Circo en una feria. Una lástima porque siendo un
entorno tan propicio, tan hermoso y salvaje apenas dejan espacio para que las
montañas nos hablen y nos cuenten qué ha sido de ellas desde la última visita.
Cuando recuerdo una antigua integral de invierno aquí mi memoria no es sólo yo
y lo que hacía o dejaba de hacer entonces, es esa escenografía de un vivac en
los Hermanitos, la silueta negra, la luna y su sospechoso- halo alrededor, la
mole del Almanzor emergiendo al amanecer envuelta en su blancura de caramelo.
Hay una relación con la montaña y con las pendientes de nieve. Una madrugada,
todavía de noche, noche de luna de otro lejano invierno en que se celebraba
Pero
¿cómo cojones van a hablarnos las montañas en medio de este gentío, de este
vocerío? ¡Todos al fuego eterno!… jajaja. Bueno, la verdad es que en la montaña
quizás quepa casi todo, está mañana sin más, que camino de la portilla del
Crampón que empezaba a estar molesto con las voces y esas cosas, un grupo
numeroso que subía detrás de mí y que llevaban la charla de los andaluces más
andaluces. Les dejé pasar a ver si así les oía menos, pero volví a toparme con ellos.
Cuando me acercaba ya hacía un instante que uno de ellos tenía la bota de vino
en la mano ofreciéndomela. ¿De dónde venís?, le pregunté con segundas. D’un
pueblo de Cevilla. Los pobres habían salido a última hora de su pueblo, hecho
cinco o seis horas de coche y habían llegado a
Resumiendo, que soy un gruñón. En la próxima reencarnación me hago político y prohíbo la entrada en Gredos a to quisqui; o me hago rico, compro todo Gredos, lo vallo y no dejo pasar más que a los amiguetes.
Soy un gruñón. Yo soy tardo de memoria e igual que me debo repetir las citas de los libros para aprender a ser buena gente y no un cabroncete, igual debo hacer con las cosas corrientes de la vida para no caer en al tentación de creerme que estoy solo en el mundo ;-). Y lo repito porque abrir los ojos y ver el Almanzor y el Ameal así, coloradotes, con las mejillas rojas por el amanecer como si se estuvieran ruborizando por la desnudez que exhibían, era el eterno espectáculo que siempre ha alimentado a los espíritus poéticos. Y como este vagabundo de las montañas lo es, pues eso, que era un gusto estar allí todavía dentro del saco de dormir contemplando el espectáculo.

En
fin, en la larga ladera del Belesar y del Risco de las Natillas, ya al fin yo y
mi soledad fuimos la misma cosa. No en vano elegí esta ruta. Ni por pienso,
como diría aquel, habría vuelto por los Barrerones. Vengo a Gredos mucho menos
de lo que debería y si el Circo no es lugar de mi predilección la culpa la
tiene el gentío que allí encuentro. La decisión de bajar por la garganta de
Bohoyo estaba principalmente en que quería reencontrarme con aquel trayecto de
Uno siempre ha sido un poco solateras, pero me da que esto se me va agudizando con los años. Hay días en que la soledad se me convierte en un espacio encantado en donde el niño chico que me siento vuelve a encontrar el regazo materno de que procede. Eso que llaman la ley del eterno retorno.
¡Socorro!, voces en el camino! Se me acabó el chollo.










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