Chozo
El viento acaricia mi cuerpo, las esquilas de las vacas suenan como lejanas campanas de un pueblo perdido en la llanura, el sol roza el horizonte. Sentado en una llambría que viejos glaciares han lamido reduciéndolas a bellas formas onduladas que recuerdan a las dunas, pienso en asuntos livianos, dejo que mis pensamientos vayan de aquí para allá a su aire. He abandonado el chozo donde una pequeña tropilla buscaba refugio y he deambulando valle abajo a la búsqueda de un peñasco que me protegiera del viento del oeste, ese que Joseph Conrad describe como el más comprometedor, constante y serio de entre los todos otros vientos. En nuestra casa también es el viento del oeste el que troncha algún árbol o suena incesante durante días. Al contrario que a Victoria, que protesta cuando jornada tras otra se le oye ulular, a mí me entretiene, me gusta, a veces incluso me produce placeres mayores cuando no hago nada y mi atención se centra en el movimiento de las ramas de los árboles y en su música de lamentos. Me sucede algo parecido con la lluvia. Escucharla con la atención con que escuchamos un fragmento de música produce en el ánimo un cierta sensación de placidez. Y si el viento y la lluvia se alían y golpean con fuerza los cristales y las tejas es como entrar en un alegro vivace en donde varios instrumentos se pelearan por llevar la voz cantante en el concierto de la tarde.
Espero a que el sol se oculte tras lejanas lomas,
otro ritual, que como los creyentes de religiones que se postran en dirección a
Entre unas cosas y otras la luna llena de anoche había terminado por convertir mi vivac en un espacio similar a ese tierno prado de sensaciones que Zeus se buscaba en las alturas junto a la bella Hera, mientras los de Príamo, Aquiles y Agamenón se quitaban las vidas frente a Troya. Yo no tenía a Hera a mi lado, pero me la imaginaba en las formas de una moza con la que había coincidido horas antes en el chozo, me la imaginaba y todo, la luna, la comodidad del colchón de aire, los días de soledad se concitaron a mi alrededor para hacer de/con lo femenino un larguísimo y entrañable encuentro.
Me desperté con el sol en los ojos. El espíritu de la no prisas tuvo la culpa. Llambrías laminadas por los glaciares, campos de helechos, yerbazales llenos de luz y el empeño de ir buscando hito tras hito. A mitad de mañana vuelvo a Bachelard y a su poético deambular alrededor de una llama de vela. En el intento de convertir el vino en sangre, o lo que es lo mismo, la llama de una vela en poesía, para una parte sustancial de la obra de este poeta filósofo. En elevar la condición de lo cotidiano a un estatus vivencial concluye todo lo que he leído de él. Convertir la prosa en poesía, trascender la realidad, llenar de contenido aquello que hasta hace un momento carecía de encanto y belleza. Me recordaba a Joseph Conrad cuando insta al lector que viaja a encontrar en paisajes por el que pasamos de apariencia anodina esa belleza que esconden los detalles, el contrate de los colores, ciertas armonías que necesitan de la educación de nuestros sentidos para ser reconocidas y disfrutadas como bellas de parecida manera a como la música necesita cierto empeño, cierto trabajo que sondee entre las armonías y los timbres de los distintos instrumentos los instantes en que todos los sonidos se dirigen a provocar la emoción del escuchador atento. La desolación, el desierto, esta inacabable garganta de Bohoyo por la que desciendo esta mañana constituyen realidades en cuya invisibilidad primera hay que insistir, hacer pasar, como si de un alambique se tratara, a destilar lo que de esencia encierra el paisaje por el que caminamos, la realidad que tenemos frente a nuestros ojos. En cierto modo yo soy la belleza. La naturaleza entera es ajena a sus propias armonías, es nuestro espíritu el factor activo, el que educado y formado en la percepción de la poesía, alienta una nueva visión de la realidad de lo que puede no verse a simple vista, pero que el “experto”, el poeta, descubre en función no sólo de determinados factores objetivos sino en relación con la propia sensibilidad y el hábito de ver y sentir. Mal puede apreciar la belleza de un bosque quien lo atraviesa y no oye a los pájaros o no se detiene frente a las flores que crecen a la vera del camino o para quien la niebla es un estorbo y un problema de orientación.
El
día se ha despertado especialmente caluroso. Ni un brizna de aire corre. He
caminado tres horas largas hasta que me he encontrado el chozo

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