Ibón de Batanes, 11 de agosto de 2020
No creí estar tan cansado hasta el momento en que me tumbé dentro
de la tienda. Joder, qué reventado estaba. Me estiré y ya no pude moverme.
Estuve en un duermevela mucho tiempo, el agua repicaba en el techo de la
tienda. Era agradable sentir así de cansado todo el cuerpo, sin nada que hacer,
sin más cuestas que subir o bajar, sin esos grandes cascotes que sortear, que
saltar. Nada, entregarme a las sensaciones del cuerpo. El viento vapuleaba la
tienda. Después de un buen rato al fin me decidí a hacer un esfuerzo por comer
algo.
La noche anterior había estado lloviendo y cuando sonó el
despertador no tenía pinta de cejar. Seguí durmiendo, una o dos horas más. Creo
que hoy no miré el reloj en todo el día. No uso reloj, contesto cuando alguien
me pregunta por cuánto falta hasta allí o hasta allá, caso siempre de algún
dominguero de esos que ocasionalmente aterrizan por el monte. No usar reloj es algo
que te sumerge en el no-tiempo. La hora de levantarme es la única que entra en
este tipo de rutinas, así que no es difícil que me suceda lo que hoy, que cuando
me senté al fin para comer algo en el ibón de Batanes eran las dos de la tarde.
Quizás llevaba algo más de cinco horas caminando. Había cogido desde el principio ese
modo de andar como cansino, lento pero persistente, y entre eso y el buscar
hitos durante casi todo el camino se fue el santo al cielo. Sí, hacía tiempo
que no pasaba tantas horas buscando hitos, ese deporte en que los primeros años
de caminar por el Pirineo era tan habitual, no sé si porque subía a lugares
poco corrientes, no sé, o es que uno se ha vuelto más civilizado y usa rutas
más regladas. Divertido; llegas a un hito y a buscar se ha dicho, nada por
aquí, nada por allá, te quitas las gafas de sol para ver con mayor claridad y,
por fin, allí, a freír monas, avistas el hito salvador que te ha de llevar por
el buen camino. Pero, ah, no se crea que los hitos siempre conducen a alguna
parte o siquiera por el buen camino, que, amigos, a los hitos a veces los carga
el diablo con tan mala leche que te llevan a donde no tienen que llevar, como
me sucedió esta mañana. Se ve que alguien se pierde y, ya perdido, atisba que
la cosa puede ir por ahí y se lía, él, buen samaritano a poner hitos por aquí y
por allí. Eso hasta que ya mosca sacas el gps y descubres que los hitos te han
llevado más allá de los cerros de Úbeda. A ver, que levanten la mano los que no
han seguido tropecientas veces hitos falsos. Con los hitos sucede como en la
vida misma, te equivocas de hitos y ya la has cagao, puedes dar con tu vida en
un precipicio. Bueno, pero ya se sabe, aunque algunos no vayan a enterarse
nunca, mapa, brújula y un gps tanto para no perderse en la vida como en el
monte.
Vamos, que buscando hitos se te hace más entretenido el día y el cuerpo ni se entera porque, como le sucede a un servidor, le es difícil estar a dos cosas a la vez. Hoy, como tengo cierta tendencia a la transgresión, cosa en general divertida en un mundo en donde nos han enseñado que hay que cumplir las leyes y las normas a rajatabla, que diría mi madre, y que el personal tiende a acatar en demasía porque no sabe que las leyes las han hecho para los cazagallinas y no pa los otros, pues eso; como tengo cierta tendencia a la transgresión, decía, y las notas indicaban que había que bajar hasta Panticosa, perdiendo un montón de desnivel y dando una vuelta desconsiderada, decidí acortar por una ruta más salvaje y mucho menos frecuentada por los lagos de Bramatuero, collado del Letrero y los ibones superiores de Batanes, para descender al valle de Ara.
La experiencia estuvo bien, salvo la ristra de piedros que me
encontré bajando a los ibones de Batanes. Había pasado un par de veces por
aquí, sí, cuando era jovencito y los piedros me los hacía saltando de uno a
otro, pero entre que ya no soy jovencito y que mis piernas se han vuelto mucho
más quebradizas el laberinto de los piedros es como para echarle de comer
aparte si es que no quiero jugar a partirme la crisma, y aunque no fuera así,
que mis piernas, aunque habituadas a caminar millas son quebradizas y
condriomaláticas. Así que paciencia y ojo al canto, a pisar huevos se ha dicho.
Y con más razón a mitad de las pedreras, un decir lo de pedreras ya que aquellos eran mucho
más grandes que pedruscos, porque se puso ya llover. Éramos muchos y parió mi
abuela, ahora chupa pedrera embutido en la capa de agua y con las rocas
resbaladizas a rabiar. No, si ya te digo…
Me intriga cómo los cartógrafos son capaces de marcar ciertos
“senderos” en muchas partes de la orografía de montaña. Allí entre los piedros,
por ejemplo, porque de hecho miré el gps y mediante él localicé algunos hitos
en aquel laberinto. Pequeñas sendas que se pierden en las laderas o que
atraviesan grandes bosques… me intriga como se llegan a trazar en los mapas senderos
tan perfectamente localizados para que un gps los pueda encontrar en un pequeño
margen de unos metros. Bravo por la precisión del gps, pero bravo y mucho más
meritorio por la precisión del trazado del sendero en el mapa.
Hoy no esperé a que me pillara la
tormenta por el camino. En cuanto pisé un pequeño prado junto al ibón inferior
de Batanes, pese a que llovía, aunque poco, me apliqué a preparar mi casita
viajera de setenta de ancho por uno noventa de largo con su coqueto porchecito.
El lugar era una joya. A mis pies el lago y enfrente la enorme masa de la
vertiente sur del Vignemale.







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