De camino al puerto de Bujaruelo, 12 de agosto de 2020
Si no escribo un día no pasa absolutamente nada, pero siempre me
queda la intriga, porque aunque no tenga ninguna idea sobre la que me merezca
la pena escribir, sé que en el hecho de ponerme a ello siempre existe la
posibilidad de que se despierte algo entre los dedos de mis manos que pueda
calificar de interesante. Cuando una pareja decide tener un niño saben que lo
que habrá después de nueve meses será un bebé, pero cuando, y valga esta
rocambolesca referencia, tomas el teléfono entre las manos no tienes ni idea de
si lo que va a salir será niño, niña, un cuento o una reflexión sobre vaya
usted a saber. Así que, pese a que no tenga nada que contar cojo el teléfono y
escribo, aunque sea como hoy empezando a decir “si no escribo…”. Tu escribe que
ya vendrá algún enanito a sugerirte algo, me dice alguien por dentro. No es que
escriba para no volverme loco como decía no me acuerdo quién, sino para tener
conocimiento de lo que pueda escribir. A simple vista esto parece una chorrada,
pero de chorrada nada, que ya lo decía la Duras… bueno, bueno, basta de
prolegómenos que si no esta introducción se va a llevar la totalidad de mi crónica, o
lo que sea.
Sucedió sin más que bajando del Ibón de Batanes me encontré con
una pareja de catalanes añosos que me pararon para saber si por ahí, y
señalaban mi camino, se iba al col de Mullet y al refugio de Gaube. No tenían
ni idea de dónde se encontraban ni para dónde tenían que tirar. Les hice un
mapa sobre el terreno, por allá a la derecha, siguiendo las señales
rojiblancas, se va a Panticosa, por donde vengo yo a los ibones de Bramatuero y
Batanes y siguiendo valle arriba, al final, a la izquierda se llega a los lagos
de Aratille y a la derecha al col de Mullet. Habían encontrado sospechoso su
camino ya que a poco se había convertido en una pequeña trocha, una simple
desviación del sendero principal. Me llamó la atención porque primero, iba
cargadísimos y después me daba la impresión de que iban totalmente a ciegas. Juraría que no
llevaban siquiera un mapa. No es lo usual, porque la gente mayor con la que me
tropiezo da la sensación de conocer con pelos y señales el terreno que pisa.
El valle de Ara es un valle apacible que se camina con la tranquilidad
de quien se da un paseo por la Casa de Campo un día de otoño. Era el camino de
nuestros años mozos, de cuando cargábamos comida para dos semanas, cuerda,
maza, mosquetones de hierro, casco y todo lo demás para ir a escalar aquella
hermosa pared de la que nos habíamos prendado nada más tomar contacto con el
ambiente de los círculos de montaña. Subir la norte de la Pique Longue al
Vignemale era entonces el primer deber de todo treparriscos que se preciara.
Era bonito salir de Madrid como unos pipiolos, unos pardillos que estaban
descubriendo el mundo de la montaña y encaramarse a aquella pared de
apariencia, cuando se la mira de frente, de fenomenal paredón. Cosa de no poder
dormir la noche anterior pero que una vez encaramado a ella se convertía en un
placentero cuarto grado que asumía el papel de bautizo para saberse ya dentro
del gremio de los montañeros madrileños. Nuestra primera escaramuza después de
haber hecho nuestras primeras armas en Pedriza, Galayos o Gredos.
Hoy, el eco de los recuerdos era como pajarillos cantando alrededor de mi cabeza, viejas ascensiones, estancias con la familia en el bello bosque de bojes de los prados previos a Bujaruelo; también fue el lugar de nuestra luna de miel, esos tiempos de empezar a conocerse realmente e ir organizando el largo y apasionante puzzle de la vida.
Lo realmente notable de este descenso fue que en mitad del sendero me encontré una fenomenal bolsa de palmeras con chocolate que seguro había perdido el último caminante con el que me crucé. ¿Qué iba a hacer? ¿Tomar la bolsa y salir corriendo detrás de él gritando, eh, se te han caídos las palmeras? ¡Unas narices! Las tomé y llegando al primer altillo me senté y me dí un premio gastronómico con semejante delicatessen. ¡Santo! qué gustazo para el comebocatas en que me había convertido estos últimos días. Bueno, ni bocatas se le podía llamar a aquello que me prepararon en el refugio de Respomuso, una vergüenza que en un refugio puedan vender semejante mierda. El queso ni se veía, el salchichón cuatro rodajas y el pan una papilla que se deshacía entre las manos como si fuera puré. El recuerdo que tengo de lo que dan para llevar, eso que ellos llaman picnis, en algunos refugios es tan lastimoso, y el refugio de Estós se lleva todas las Palmas, que dan ganas de devolver a la cocina semejantes engendros. En el refugio de Respomuso hice un gasto de setenta y tantos euros en comida, pero no podían venderme ni siquiera un trozo de pan. Puaf, no sigo hablando de refugios porque me da algo, esos lugares que teniendo cuatro o cinco habitaciones meten a cincuenta tíos o tías apretados en dos de ellas y todo para evitarse algún tiempo de limpieza.
Cuando faltaba una hora y media para Bujaruelo el camino comenzó a
convertirse en un reguero de gente. Evidentemente la civilización estaba cerca.
Sí, eso que llamamos civilización frente al otro mundo de la no-civilización que
todos buscamos cuando un exceso de aquella nos atosiga al punto de salir pitando
de las ciudades para encontrar un poco de aire, un bosque, un cielo en donde
puedan verse las estrellas.
¿Veis? Si hubiera cedido a la tentación de dar el tiempo de la
escritura a una larga partida de ajedrez me habría quedado con la intriga de
saber qué podría haber escrito y no sólo por el qué sino por la posibilidad
también de que le pueda visitar a uno un ángel, cosa que también sucede de
tanto en tanto cuando relee lo que ha escrito y le gusta tanto como para que
sienta ciertas cosquillas al nivel del ombligo o un poco más abajo, que es
según algunas culturas orientales donde reside el centro del yo, preciso
lugar por tanto que eligen los japoneses que deciden hacerse el harakiri. Yo,
como de harakiri nada, lo que sí hago es mirarme el ombligo, no por las
pelotillas que debe de acumular después de dos semanas sin ducharme, sino
porque mirándome al ombligo me miro a mí mismo que es afición más propia de
mujeres, siempre atusándose frente a un espejo, pero que, caminando solo es un
buen recurso para llenar lo poco que pueda tener yo de gregario.
Hoy la traca de la tormenta se estaba adelantando, así que de comer en Bujaruelo nada, en el restaurante me daban hora para dos horas después, compré unas croquetas y dos bocadillos y salí pitando para el puerto a pillar un lugar para la tienda antes de que se armase la marimorena. Encontré un hueco en aquellas pendientes entre los bojes y poco después de instalar la tienda empezó la tronada. Era temprano, así que bendita tarde bajo la protección de mi habitáculo de tela.



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