De una noche de insomnio y una mañana de niebla

 



“Todo lo que pueda enunciarse está desprovisto de importancia” (De algún antiguo filósofo chino)

 

 El Chorrillo, 16 de noviembre de 2020

 

 El cerebro es un  ente autónomo que va a su bola, por eso sus gustos son incontrolables, sean éstos sus preferencias por el encanto de ciertos culitos o el deseo de someterse a ciertas excentricidades como ésta de subir alguna noche a dormir a la cima de una montaña, porque hay que estar tarado, sí, para salir del calorcito de casa, agarrar el coche, hacer un centenar de kilómetros y allí sin más empezar a subir un cuestón en medio de la niebla con un gran fardo sobre la espalda. Lo de los culitos pase porque es cosa que genera a la postre largos y sutiles placeres, pero mira que lo otro…  En fin dos hechos ineludibles de los que, aunque quisiera huir, huir conceptualmente quiero decir, sería imposible. La noche pasada, sin más, que metido en el saco de dormir en la cima de una montaña, me desvelé a eso de las cinco de la mañana y ya me fue imposible dormir y de tan a gusto que estaba en el saco oyendo el viento que sonaba como una flauta afónica, fue grato  sucumbir a esas manías que  acechan al cerebro que, estando excesivamente ocioso, ya lo advertían los curas cuando éramos chiquitos, una de las primeras cosas que se le ocurren es soñar como infantes en las cercanías de lo reyes magos con los juguetes de su preferencia.

Ayer, además, como no había manera de dormirme hasta me dio por terminar la novela de Ignatius, ese personaje cuya comicidad y excentricidad a punto estuvieron de dar con sus huesos en el manicomio. Hablo de La conjura de los necios. Y quedaba el final tan bonito después de tanto destrozar a golpe de ingenio la loca vida de nuestro mundo, que a punto estuve de dormirme de nuevo con una sonrisa en los labios. Ignatius el escéptico al fin se libera de la tutela de su madre, encuentra en Myrna al alma amiga, se le abre la válvula pilórica, respira de nuevo con intensidad, la jaqueca desaparece, mira “agradecido la nuca de Myrna, la cola de caballo que golpeaba inocente sus rodillas. Gratamente. Y, tomando la cola de caballo con una de sus manazas, la apretó cálidamente contra su húmedo bigote”. Broche de oro para un final que amenazaba con encerrarlo en una loquería.

Empezaban las primeras luces a penetran por la ventana del refugio cuando terminé el libro. Es curioso esto de despertarte en plena noche así sin más, sin que un problema de mala conciencia te tenga agarrado por el cuello, sin que te apremie el pago de una hipoteca o sin que el delirium tremens de un enamoramiento te haya asaltado a la vuelta de la esquina. Despertarse así, con una placidez en el alma tal de sentirte en el calor del saco de dormir como quien se despierta entre los brazos de su amante.

Como había ya un poco de claridad me incorporé un momento para asomarme a la ventana a ver qué se cocía fuera, lujo de refugio en que sin salir del saco alzas el brazo y te asomas, y lo que encontré fuera era la nada en persona. Estaba pendiente por si tenía que salir disparado en gayumbos con mi cámara a dar cuenta de algún extraordinario amanecer pero, inútil esperanza, una espesísima niebla lo cubría todo, así que mejor echarse a dormir un poco más. Para abrirme paso en la niebla ya tendría todas las horas de la mañana más adelante.

Tienen las mañanas de niebla un encanto tan especial que bien merecían tomárselas con calma bien desayunado y dormido. Si yo quisiera juntar, como quien reúne en un jarrón un manojillo de gratos recuerdos, una colección de ellas para adornar el florero de este domingo de mañana, sería inevitable recurrir a largas caminatas por los Alpes o por los Pirineos, esos días en que el universo se reduce a unos pocos metros de visión a tu alrededor, pocos metros que tantas veces se visten de una belleza indescriptible cuando el sendero atraviesa un hayedo o asciende por el campo amarillo tostado sobre el que el terciopelo de la niebla da al entorno una calidad de extraordinaria belleza; o quizás recordar algunos paseos por viejas calles adoquinadas de ciudades de Europa a las que la presencia de la calina matinal, cierta mañana sin más que caminaba yo por las calles de Bérgamo y en que la llanura del Po había engalanado la ciudad con la gasa leve de su bruma; o recuperar de la memoria algún viaje primavera por la Toscana cuando las alargadas formas de los cipreses trepando por una colina camino de una casa señorial o una ermita envueltas por la calina proporcionaban al paisaje una clara y bella suavidad.

Cuando fui a salir del refugio resultó que estaba lloviendo. Volví a entrar a colocarme el equipo de agua. Bajando recordé aquella cita que había leído días antes en un libro de filosofía: “Todo lo que pueda enunciarse está desprovisto de importancia”. Me había perseguido aquel pensamiento desde el momento en que lo leí. Es decir, lo inexpresable, todo aquello que vive en nosotros y que no encuentra modo de ser expresado es lo único que realmente tiene importancia. El pensamiento fue un hallazgo. Ponemos toda nuestra fe en las palabras como si estas fueran la llave del conocimiento esencial y terminamos dándonos de bruces contra la realidad de que aquello que más nos importa, y entre ello la belleza es uno de los elementos más importantes, es inexpresable.

Algo así sucedía descendiendo de Cueva Valiente envuelto en la niebla camino del collado del Hornillo. La soledad volvía a ser en este ambiente el compañero ideal para, arropado en la lluvia y la niebla, dejar libre la mente de pensamientos y descender en un mero y sencillo estado de contemplación entre añosos pinos donde no faltaban viejos ejemplares de ramas desnudas que habían perdido tiempo ha la vida, pero cuya desnudez servía al caminante para acercarse quizás a algún corolario inexpresable.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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