Noches en las cumbres: Cueva Valiente

 




Refugio de Cueva Valiente, 13 de noviembre

 

El viento suena en este refugio como una gaita mal afinada a la que se le escapase él aire por algún resquicio. Después de dejar firmemente cerrada la puerta que contribuía con sus soniquetes a crear un ambiente de castillo abandonado, todavía han quedado unos ruidillos que ya no sé si son de algún espíritu que ronda la soledad de esta construcción o es alguna imaginación mía que en lugar tan aislado busca resucitar alguna historia de miedo.

Como otras noches en las alturas lo primero que he hecho ha sido sacar el trípode e intentar hacer algo con un pequeño rescoldo de luz que quedaba sobre el horizonte. Desde de Peña Lijar había caminado entre la niebla, pero poco antes de llegar a la cima de Cueva Valiente despejó un poco. Tenía que aprovechar, así qué, a oscuras ya, anduve de un lado para otro tratando de recoger en el recinto oscuro de mi cámara alguna imagen interesante, las luces de Madrid bajo las tripas de las nubes quedaban muy bien de fondo sobre la silueta del refugio y unas rocas del fondo.

Me sorprendió lo limpio que estaba el refugio, así que calenté mi cena y me fui directamente al saco. La noche anterior había dejado a medias un video que me envió mi amigo Carsten, el apasionado de las canoas, y me propuse terminarlo.

 Así que embebido en esta breve soledad guadarrameña volví al lado de Robert Perkins, el protagonista del documental Into the Great Solitude. Robert es un norteamericano amante de la soledad y de los grandes recorridos en canoa por las desoladas tierras del norte del Canadá, ese territorio que Victoria y yo sobrevolamos un verano hasta las misma desembocadura en el Océano Ártico del legendario río Mackenzie, y que ahora, de la mano de Carsten, he redescubierto como inmenso filón para una clase de aventuras que he tenido que posponer para mi siguiente reencarnación porque en esta vida, tan corta es, ya no me da tiempo a hacer tanta cosa.



Robert ha tomado una avioneta que le transporta a él, a su canoa y a su equipo a un remoto paraje del norte donde a mil kilómetros a la redonda es imposible encontrar un alma. Despide con el brazo en alto al piloto que le recogerá dos o tres meses después al otro lado del país. Agua, ríos, lagos, el mullido suelo de la tundra, formaciones rocosas, los lobos amigos merodeando alrededor de su tienda, grandes manadas de caribúes, un oso que tiene curiosidad por ver de cerca aquel exótico animal que se desplaza por el río en una canoa. Y un día que llega la lluvia y Robert, que lleva una cámara como compañera de viaje, tendido en su tienda, le cuenta a ésta un sueño, el pesar de no saber nada de un padre mayor recientemente salido de una operación complicada, le habla de sus sensaciones allá en la forzada reclusión de su tienda apaleada por una lluvia que no cesa durante días. Y claro, recuerdo también yo un día que circuncaminando la isla de Formentera hube de permanecer dos días a pocos metros de la costa bajo una lluvia torrencial que no paró en ningún momento y que avivada por el viento me obligó a salir varias veces para afianzar los tiros de la tienda con grandes bloques de roca porque aquella amenazaba con emprender el vuelo. Y ese montón de horas envuelto siempre por el estruendo de las olas que golpeaban las rocas a pocos metros de mi tienda que poco a poco se fue llenando con montones de palabras que salían de mis dedos dando cauce a sentimientos encontrados, unas veces de cierto temor ante la violencia de la tormenta, otras de febril escritura para dar constancia de una felicidad que salía de mi cuerpo a borbotones ante ese estar ahí junto al mar embravecido bajo la lluvia solo, totalmente inmerso en esa naturaleza que era parte del Todo y en la que yo y mi pequeño confort en la tienda de campaña se integraban formando una apasionante unidad. La situación de Robert, el navegante solitario, no tiene nada de extraordinaria, simplemente llueve y aprovecha para conversar con su cámara y contarnos de lo que ve y siente.

Al fuego del crepúsculo, tantas veces posado sobre la paz de un lago o la corriente tranquila de un río, una mañana sucede el intenso azul del cielo y sus nubes blancas posadas en el espejo calmo del agua con la limpidez de un réplica gemela. La calma absoluta ha llegado al lago, Robert se ha instalado en una isla en medio de aquella nada y la quietud del agua y del cielo se hace también quietud del alma.

 Y me atrae tanto esa vida solitaria donde el río, el cielo, las rocas, los colores de la tundra son la única compañía que casi olvido esta mi otra también magnífica soledad de este momento en una cima de nuestro Guadarrama que, aunque no es el norte del Canadá, sí representa una hermosa isla izada sobre el cielo del llano madrileño.

 Robert, como no tiene otro cámara que él mismo, una y otra vez se pone frente a la grabadora de vídeo y charla con ella. Mientras, a sus espaldas nubes lenticulares doradas flotan en el cielo y en las aguas del atardecer. Filosofa, trata de aclararse a sí mismo, de comprender a ese individuo perdido en medio de la nada. Cuando termina sus regulares reflexiones, alarga la mano y aprieta el interruptor de la cámara. Lo que se ve a continuación es un cielo que parece robado a El grito, el conocido cuadro de Edvard Munch, que poco a poco en un breve travelling se va transformando en la gran mancha de bermellón del crepúsculo cruzado en su mitad por la delgada sombra oscura de la orilla opuesta del río.

En estos días, dice con su tranquila voz de hombre en paz consigo mismo, tengo un mejor conocimiento de quiénes son ellos, los animales con los que me encuentro, de quién soy yo; aprendo que todos nosotros somos diferentes ramas de un mismo árbol. Alguien podría mirarme desde arriba, desde el aire, y decir lo que hago, pero ¿es eso realmente, eso que verían, lo que estoy haciendo? ¿o es otra cosa la que realmente hago? Ese encuentro que tenemos a lo largo del camino con el lobo, con el oso, con el halcón peregrino, con el pequeño gorrión, con el pez, con  la luz del sol, con las pequeñas flores, esos miles de regalos que podríamos colgar en nuestro árbol de navidad si fuéramos niños... Cada una de estas cosas son el viaje, dice Robert, y la aventura que emprendes, y ello es mucho más de lo que yo esperaba encontrar en orden a merecer la confianza de cuanto me rodea. Tengo que encontrarme con ellos como iguales y escucharles con ahínco en sus tranquilas voces.

 Robert se recrea en los colores de la tundra, apretados como guedejas multicolores formando pequeños enjambres vegetales de armonías cálidas. La naturaleza se hace armonía y belleza en cada palmo del terreno cuando unos ojos sin prisas se detienen a contemplar este paisaje adaptado al frío y a los largos meses de oscuridad.

 Y en algún momento el paisaje de los grandes ríos se cubre de nieve y me recuerda entonces cierto día de invierno en que al alba me eché a caminar por el páramo salmantino totalmente cubierto por la nevada de la noche anterior, los caminos desaparecidos, los molinos de viento a lo lejos como fantasmas girando en el silencio y la blancura del llano. 

Se acerca, sí, el frío y el viaje debe terminar. El día fijado con el aviador para recogerle al otro lado del país, Robert despliega el techo de su tienda cómo si fuera una gran vela y al poco aparece en el horizonte la avioneta que ha de recogerle al final de su aventura.

Se trata de una bella historia. Cierro el programa del vídeo y por un momento respiro hondo en la oscuridad de este curioso refugio de Peña Valiente donde el viento sigue sonando como si atravesara los tubos de un órgano. Me alzo del saco para asomarme un momento a la ventana, la niebla envuelve en su regazo este pequeño trozo del mundo. Ha llegado la hora del sueño, buenas noches.

 

 

 

 





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