Peña Quemada, 3 de diciembre de 2020
Viento del oeste, mi capitán. Y ya se sabe que siendo el viento del oeste agárrate que vienen curvas. Me podía haber quedado más abajo en un pradito junto a Peña de
Había mirado con cierto temor las previsiones de diez bajo cero en
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| Peña la Cabra |
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| La Cabrera |
Hoy eché al macuto un viejito saco doble Pedro Gómez que hacía décadas no usaba por eso, por lo viejito y lo guarro que está –imposible limpiar eso, me dijeron en la tienda cuando lo vieron, se desharía– pero es que el anuncio de la bajada de temperatura me tenía mosca. Calculaba, decía, y es que la ventolera, que inclina peligrosamente la tienda, me distrae de mi escritura. Además, este saco es más estrecho y escribir dentro de él es algo complicado porque me obliga a tener el teléfono a cinco centímetros de la nariz y lo que faltaba para un estrábico al que ya se le va un ojo para cada lado, así que si este ejercicio de proximidad me vuelve además bizco, menudo cuadro el mío, ya no volvería a ligar en la vida. Calculaba, sí, además que no estaría bien irme a la tumba sin haber visitado todas estas cumbres secundarias que partiendo del puerto de Somosierra forman las ondulantes lomas que terminan después del puerto de Reventón dando un repentino respingo irguiéndose para formar la atrevida cumbre de Claveles y su hermana mayor, Peñalara.
Así que por culpa del tubo de escape terminó haciéndoseme de noche un poco más allá de Peña de
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| Peñalara |
De noche, como San Juan de
Ahora, cenado y cómodamente instalado en esta bamboleante tienda que espero resista al viento, debería hablar de algo que traía metido en la manga desde esta mañana y que me encontré en el muro de la amiga Julieta, una amiga mexicana que hace el noble trabajo de intentar llevar a amigos y familia de fallecidos un poco de paz y sosiego. Ella había compartido un post que llevaba el título de Un camino y que comenzaba de esta sugestiva manera: “¿No será que la pareja es un camino y no una meta? ¿Una entre otras formas de caminar?” Me gustaba la idea, nunca había pensado en la relación de pareja desde esa perspectiva que aplicamos a la montaña y que perfectamente se puede referir a la vida en general: no es lo importante llegar a Ítaca sino el camino que lleva a ella. Apañado hubiera quedado Odiseo si después de tantas aventuras y de cargarse a todos los pretendientes de su amantísima Penélope, no se inventa algo, cualquier disculpa para ponerse de nuevo en camino.
Debería ser posible un camino a ninguna parte, pero dadas las condiciones en que opera el cerebro siempre deseoso de fijarse una finalidad a todo, mejor servirse de esa su afición pero sin hacerle excesivo caso. Él me propone una cumbre, una pareja con la que vivir y bien, vamos a ello, pero lentamente, poco a poco, sin prisas, contemplando y viviendo minuto a minuto qué sucede en el camino, qué sucede en el momento presente. Las pequeñas cosas que suceden esta tarde desde que aparqué el coche en Braojos hasta este mismo instante es el camino; que continuará mañana, con nieve o sin ella, hasta que vuelva a poner el pie de nuevo en mi casa. Por medio habrá habido un hipotético objetivo, una cumbre, pero de hecho (¡coño, la tienda se me viene encima con estas ráfagas repentinas de viento! Alberto, ¿seguro que has fijado a conciencia todas las piquetas? Espero que sí…), pero de hecho, sólo será parte de ese eterno retorno cotidiano al que ha de seguir un objetivo para que sea posible estar de nuevo en el camino, que es lo que importa. Mañana por la noche después de cenar, ya junto al fuego de la chimenea y lejos de esta ventisca que a duras penas me deja escribir, se lo voy a contar a mi chica, a ver qué le parece a ella eso de que seamos un camino, un camino incluso hacia ninguna parte, pero que en cualquier modo sea hermoso.
El viento se está poniendo impertinente al punto de echarme la tienda encima de continuo. Con este viento va a ser difícil que nieve, que es lo que yo quería para esta noche. Despertarme con toda la montaña nevada iba a ser un bonito regalo para mañana. En fin, ya veremos. Buenas noches.
* * *
Pero no, de buenas noches nada, que apenas pude dormir una o dos horas. Mi tienda, una de esas ultraligeras, de algo menos de kilo y medio es bonita y resistente, pero tiene unos exiguos setenta centímetros de ancho y lo que tiene de bueno para estar sentado, lo tiene de malo cuando un fuerte viento sopla por los costados. El viento era tan fuerte que inclinaba la tienda hasta caérseme a golpetazos encima. Y mira que la tienda ha recibido grandes palizas en Alpes y Pirineos que me han obligado a veces a pasar horas haciendo presión sobre la tela contra el viento, pero no escarmiento, se me olvidan estas circunstancias. No dormí, pero acurrucado en el saco, ese famoso Pedro Gómez, estaba calentito pese a los golpetazos que me arreaba cada poco cuando la tienda caía sobre mí al embate del viento, sólo que en algún momento quise tirar del saco para que me tapara bien la cabeza y date, lo desgarré, se abrió un boquete de dos palmos y medio. No quise darle importancia, pero es que todo dentro del saco era una nube de plumas; me costaba respirar, tragaba plumas, escupía plumas, se me metían por los ojos plumas. Ni don Quijote en aquella venta en que se lió a almohadazos con el arriero a costa de Maritornes. Y tod0 en plena oscuridad, que cualquiera se movía y asomaba la cabeza por encima del saco con aquel temporal. Podría escribir un libro con todo lo que me pasó por la cabeza en esta larga noche. En algún momento me veía llamando al día siguiente a Ramón Portilla para que pusiera solución a mis siguientes noches por las cumbres, porque claro estaba que necesitaba un saco, eso, como Dios manda, que decía mi madre. Y una tienda también como Dios manda, aunque eso tenía fácil solución en casa con una iglú del año la pera que tengo que funciona bien, pero que pesa un huevo. Ya he pedido a los chinos unos guantes de esos que llevan una calefacción dentro, y unos calcetines y… ni me acuerdo, porque lo que no se puede es utilizar un saco de los tiempos de María Castaña que tenía más cosidos el pobre que to las cosas. De todos modos, no nos engañemos, de noche del loro nada, la verdad es que con eso de vivir el presente de que hablaba más arriba y que me alimenta mucho, la noche fue magnífica allí arrebujado mientras la ventisca cantaba su serenata a base de hostia limpia.
A la mañana, cuando asomé la cabeza, el espectáculo estaba servido, un manto de nieve cubría la montaña, más allá de diez metros no se veía ni pijo, pero estaba bonito. Hice una foto de la tienda de recuerdo, después quité los palos y metí todo en el macuto a mogollón antes de que volara. Querría haber bajado por el lado contrario al que subí, pero la prudencia llamó a mi puerta, con aquel temporal no era fácil consultar el gps del teléfono. Así que tira para abajo, amigo. Después de atravesar de nuevo por Peña de

















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