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| Peñalara desde La Najarra |
El Chorrillo, 7 de diciembre de 2020
Esta mañana me encontré en FB un comentario tan emotivo que nada más leerlo sentí la necesidad de escribir sobre ello. Estas líneas han tenido sin embargo que esperar pacientemente a que terminara con una tarea intermedia que en cierto modo tenía que ver con el comentario. De la última experiencia de días atrás con mi tienda aguantando la ventisca ésta no salió muy bien parada, toda la noche tuve la tienda encima por la fuerza del viento que la tumbaba, así que me puse a darle vueltas a cómo arreglaba aquello y se me ocurrió la brillante idea de añadir dos tiros más en lo alto de los laterales que impidieran desplazar la varilla principal hacia los lados y que de paso me dejara dormir sin problemas pese al viento. Fue una tarea un poco complicada para uno que de coser apenas sabe subir unos pantalones o dejar unas cortinas a la medida conveniente. Tuve que poner buenos refuerzos y después sellar las costuras. Creo que el resultado fue bueno. Ahora tendré que probarla.
A cuento venía porque el amigo X, que acostumbra a subir a dormir a la cumbre de Peñalara una vez cada invierno, ya me contaba de una ocasión en que amaneció con la tienda casi completamente enterrada bajo la nieve. Las tormentas y las ventiscas ni las nombraba, pero ya me imagino que alguna tuvo que tener en una hábito que repite religiosamente cada año desde hace un cuarto de siglo, precisamente desde que murió su esposa. Fue su comentario que me recordó la necesidad de poner a punto urgentemente mi tienda.
Quizás deba copiar el comentario completo antes de continuar. Me emocionó hondamente leer sus palabras: “A mí también me gusta eso de perderme sólo por las cumbres de vez en cuando y dormir arriba. Hay algo de similitud en una cosa pero que yo hago como a modo de promesa, sí, de esas que a veces nos imponemos. Y es la de que todos los años en invierno desde que murió mi esposa, subo sólo un día cualquiera y duermo en la cima de Peñalara; es algo que hago desde hace 24 años. Huelga decir, que en algunas de esas invernales noches pasadas en esa familiar cumbre me han pasado cosas y alguna que otra tempestad, a pesar de escoger días en los que el clima presagiaba bonanza, pero aún así recuerdo una en la que amanecí con la tienda casi completamente enterrada en la nevada de esa noche. A pesar de todo, tanto en esa, como en las decenas de las otras que pernocté en la cumbre, han sido buenas, especialmente una Noche Vieja también pasada allí en la que estuve largo rato contemplando las luces y cohetes pirotécnicos que se quemaban en Segovia. Fue muy emotiva aquella noche. En fin, son nuestras queridas e íntimas vivencias”.
Hay veces en que basta visualizar un breve relato para que la emoción te corra por dentro hasta lo más hondo. A mí no se me hubiera ocurrido un homenaje tan emotivo y entrañable como el que describía X. En una ocasión perdí a mi amiga, amiga y amante, en los Alpes mientras escalábamos en el macizo del Ortles; un enorme bloque al que se había agarrado se la llevó consigo vacío abajo. Fue una experiencia terrible que pesó sobre mí durante muchos años hasta el punto de obligarme a abandonar la escalada. No se me ocurrió un bello gesto como es el caso de X. Quizás mi emoción de hoy tenía su raíz en mi propia experiencia, ese infinito dolor del que sólo se puede salir al cabo de mucho tiempo. El acto de subir a Peñalara cada invierno, que en cierto modo es la renovación de un dolor y con él la reafirmación de un cariño, un amor, que pareciera que nunca se pudiera extinguir pese al pozo de la nada en que se ha hundido quien tan cerca estaba de nosotros, tiene en su profunda intimidad el mensaje subyacente de hacernos comprender lo que de más impenetrable y admirable tiene el ser humano. Y ello pese al mundo estúpido en que vivimos en donde la mentalidad del rey Midas o la mediocridad de las aspiraciones parecen ahogar todo lo que de noble tenemos la especie de los sapiens.
Cuando empecé a escribir estas líneas, que han derivado involuntariamente al sujeto que padece una ausencia irrevocable, tenía sin embargo en mente algo ligeramente diferente, en quienes pensaba era en mujeres, aquellas que en la historia de las montañas viven la espera del marido, de la pareja que ha ido a aquel lado del mundo donde las montañas son inmensas en altura y peligro, o que como Goretta, la mujer de Renato Casarotto, espera sola pacientemente durante veinte días en invierno metida en una cueva de hielo que hace de campamento base a su marido que estaba abriendo una vía en una peligrosa arista del McKinley. De mis últimas lecturas recuerdo a un puñado de ellas: la mujer de Kukuzcka sola frente a un parto mientras su marido ha ido a escalar una nueva vía en un ocho mil; Bel, la novia de Fernando Garrido, de un lado para otro de Argentina o Chile o esperando en
Respondiendo al comentario de X le decía que cuando subiera dormir este invierno a Peñalara, me acordaría sin lugar a duda de él. Historias de amor que no se olvidan. No sé, se me antoja que todas estas cosas que acaso pasan inadvertidas en los relatos de montaña, atentos como estamos al curso de los acontecimientos y dificultades con que se enfrentan unos y otros, unas y otras, en la montaña, olvidamos la historia paralela que se da en la pareja entre el que se queda en casa y el que está lejos acaso forzando un vivac a ocho mil metros. ¿Cuál es el hilo conductor entre el que se va y el que se queda? Pienso también en todos esos amigos veteranos que continúan haciendo escalada de dificultad y cuyas parejas miran con cierto resquemor partir a cada momento hacia las tapias o las grandes paredes a su otra mitad.
Admiramos el Taj Mahal construido por el emperador musulmán Shah Jahan en honor de su esposa fallecida en el parto de uno de sus hijos, sin embargo el Taj Mahal es sólo eso, un hermoso mausoleo. Demasiado grande, demasiado perfecto y ostentoso. Aquí, sin embargo, para los que andamos a pie por el mundo, que cuanto más somos adoradores del dios de las pequeñas cosas –dicha, la nuestra–, nada más hermoso que esas historias de amor, no confesadas, no dichas, que se encierran, entre diedros, placas, fisuras, couloirs, dolorosas distancias, las vidas de los que esperan, de los que parten o de los que cada invierno suben a dormir a Peñalara para volver a recordar, recordarla a ella, una vez más un año tras otro.

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