Cerro Ventoso, 16 de febrero de 2021
Debería ser aburrido escribir una vez más en la estrechez del saco de dormir mientras fuera una espesa niebla deposita un gran tapete de humedad sobre mi saco y mi equipo, debería, pero es lo que hay y como me acabo de despertar, las once de la noche y no tengo otra cosa qué hacer, con el rabo mato moscas –un decir–. Esta tarde, cuando aparqué la furgo en lo alto del valle que lleva a
Así que que ¿qué coño hacia yo en collado Ventoso con esa niebla y con esa nieve profunda y con ganas después de tres semanas de confinamiento perimetral de volver a mi rutina de dormir en alguna cumbre? ¿Siete Picos donde ya había dormido al final del otoño y donde todo estará lleno de piedros en donde existe la posibilidad de romperte una pierna en uno de esos agujeros que se abren en la nieve cuando está tan blanda? ¿En Montón de Trigo, sube Cerro Ventoso, baja Cerro Ventoso entre una espesa niebla, desciende a
Los hacedores del mundo, o Yahvé según algunas religiones, deberían haber contratado a algún inteligente físico que hubiera inventado un mundo sin condensación, que de poco sirve un saco con mucha pluma si dentro de la manta térmica esto parece una sauna. Me había metido en el saco y al poco éste ya estaba empapado por fuera. Demasiadas prisas esas de crear el cielo y la tierra en tan sólo siete días; así le salió el planeta, especialmente en lo que concierne a los hombres, y no sólo por el asunto de la condensación. Porque mira qué chapuza la del dichoso Yahvé con aquello de los hombres; primero que se le rebelan con aquello de la manzanita y después crear eso, una humanidad cuya historia fue siempre un río de sangre. No es que le saliera el tiro por la culata, es que no dejó títere con cabeza en sus desafueros; porque luego, eso, intenta arreglar la chapuza mandando a tu hijo que, aunque fuera una buena persona que tanto servía para un roto como para un descosido e hizo lo que pudo, tuvo después a un San Pablo que le salió rana y estigmatizó a media humanidad, a la mujer en concreto, y convirtió aquella primeriza religión en una pequeña infamia que a la altura de Julio II ya no pensaba más que en conseguir la gloria en la tierra sustituyendo la humildad de un portal de Belén por la suntuosidad del Vaticano, lugar en que por cierto no les da vergüenza ni a cardenales ni papas vivir, sí, en esa chocita tan poco digna de la humildad del Evangelio.
Vamos que el mundo lo hicieron fatal y por eso yo estoy que me cuezo en la humedad de la manta térmica. Aunque no sé si en vez de echar la culpa a Dios por haber creado la condensación no tendría que comprarme una funda de vivac que transpirara lo suficiente... Por lo demás la noche está linda, linda y tenebrosa, como a mí me gusta, porque asomo la cabeza por la abertura del saco, eso sí, como quien se da una ducha de agua fría, y fuera se ve tal si los lobos de
Diver, sí, un vivac en estas condiciones en mitad de la nieve y bajo la sospecha del acecho de los lobos, aunque seguramente lobos no habrá, bien que no lo desecho, pero zorros cabrones los hay por estos lares en cantidad, que ya la última vez, hace sólo tres semanas, tuve que defenderme de ellos a bastonazo limpio en Marichiva, por lo que hoy he atado y bien atado mi bolsa de la comida dentro del macuto y dejado a mano los bastones para liarme a mandobles como Don Quijote con aquellos zorritos que vengan a buscar pelea.
Por cierto que en estas cosas del monte no sólo son peligrosos los zorros que también están los comentaristas fundamentalistas que, en leyendo esta crónica ya les entrarán ganas de llamarme la atención con aquello de que pueda estar infringiendo el toque de queda, aunque aquí no haya calle posible por la que pasear en la noche. Pero ya saben estos, jarabe de palo, como hacía el Tenorio de Zorrilla cuando los chilladores inoportunos le andaban a la zaga, aquello de “Cuán gritan esos malditos,/ pero mal rayo me parta/ si en concluyendo esta carta/ no pagan caros sus gritos”. Sí, los amantes de las normas, obedientes hasta para tirarse de cabeza en un pozo o morir por Dios,
Se ha levantado un fuerte viento, la manta térmica suena como el velamen de un velero en la tempestad y me regala una continua ducha sobre la cabeza. Una de dos, o me cuezo de calor metido entero en el saco o me mojo. Medianoche. Voy a ver si intento dormir y así mañana si no caen chuzos de punta me doy una vuelta por Montón de Trigo.
* * *
Nada, no lograba dormirme, así que después de un buen rato saco la cabeza por el ventanuco del saco de dormir y… maravilla, el tenebroso ambiente de las nieblas y el viento han desaparecido y encima de mí yacen en su perpetua serenidad
Yo creo que las estrellas hablan, sí, seriamente, con profundidad, unas veces a través de la música de su silencio y su soledad –ay, lo que se pierden los que no vivaquean, los que no aman el arrullo de las brisas nocturnas que tanto serenan el alma y tanta paz trae a los sentidos–; otras hablan como relatoras de historias, como nexos con lejanos recuerdos, con esas vivencias que has acumulado a lo largo de cientos de vivacs en las montañas de toda una vida, en las riberas de los ríos, junto a los acantilados o el rumor de las olas.
Cuántos regalos trae el silencio, la soledad, la noches.
Voy a intentar dormir de nuevo. Lo hago con el interrogante de que acaso, quién sabe, esas estrellas que veo desde mi saco de dormir quizás hayan dejado de existir hace miles de años. En todo caso las estrellas que llegan hasta mi vivac en Cerro Ventoso esta noche sólo pueden ser los ecos de un tiempo infinitamente lejano.
Buenas noches.


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