Leyendo a Juanjo San Sebastián

  

Los dos originales que forman esta imagen pertenecen a Desnivel

El Chorrillo, 19 de febrero de 2021

 

“Ya no soy hombre ni pájaro, sólo alguien
que se debate entre el cielo y la ternura, el aire
y la soledad”.

(Bájame una estrella, Míriam García Pascual)

Leo bastante, de todo un poco, lo que me recomiendan los amigos, algunos regalos que recibo, libros que salen tirando del hilo de otros libros, cosas de la montaña, pero sobre todo aprecio los libros que hablan sobre la vida y en particular aquellos cuyos autores destilan por sí mismos unas enormes ganas de vivir. Abro esta noche un libro que me regalaron recientemente y que lleva el título Cuánto tiempo es mucho tiempo, y lo escribe Juanjo San Sebastián, al que después de leer su otro libro, Cita con la cumbre, profeso una suerte de respeto y consideración que ahora, al abrir su segundo volumen se me presenta como una suerte de caja de sorpresas en la que presiento encontrar lo mejor que, como lector y persona, busco en cualquier libro que cae en mis manos. Creo que escribí un artículo sobre él cuando terminé con su libro sobre el K2. No recuerdo qué dije entonces, mi memoria es frágil, pero cada vez me preocupa menos porque me brinda la oportunidad de recrear continuamente realidades como si estas las viviera por primera vez. Stendhal había dejado escrito en algún lugar que habría deseado en su vida olvidar completamente dos cosas, "El Quijote" y los maravillosos relatos de "Las mil y una noche", para así poder volver a experimentar todos los años la voluptuosidad de leerlos por vez primera. Con la escritura sucede algo parecido, lo que te permite volver una y otra vez sobre los hechos y las personas que en cierto modo forman parte del tegumento de tu propia sustancia.

Hay gente que escribe bien, pero no es suficiente escribir bien para que te decidas a meterte en las páginas de un libro que tantas horas te lleva de lectura; en el libro tienes que comprobar cómo la vida corre a raudales por sus páginas, tienes que encontrar pensamientos e ideas que alumbren tus propios pensamientos y, en casos como el de Juanjo, que te inspiren la sensación de las gracias que puede encerrar toda vida humana. Pensamientos escuetos que te hablan descarnadamente de realidades sin ninguna concesión escénica. “A veces la vida es así: uno asume sacrificios y riesgos prolongados sólo por un momento de plenitud”. Y unas páginas más adelante, en su libro Cita con la cumbre: “Dicho de otra manera: todas las cosas que nos hacen disfrutar en plenitud, pueden hacernos sufrir enormemente, no podemos pretender disfrutar sin estar dispuestos a sufrir proporcionalmente. Así es el amor, la pasión por las montañas o por lo que sea, así es la vida”.

Escribir y leer tienen mucho de recrear la vida, son como linternas con las que nos abrimos paso en la oscuridad de la existencia. Tántos porqués a intentar desvelar, tántas verdades a descubrir, tántos elementos que armonizar en el ámbito de nuestras contradicciones. Cuando uno termina un libro y no ha tenido que hacer uso del lápiz o el boli para subrayar aquí o allá alguna verdad esclarecida o desvelada, una idea genial o simplemente interesante, cuando no ha sufrido, no sé ha emocionado y sentido con el autor el dolor por ese amigo, Atxo, que quedó allá en la montaña, el libro no puede ser un buen libro. Hace días abandoné las páginas de un volumen de una autora muy conocida que tiene alguna decena de libros publicados. No llegué a la mitad, le faltaba vida a sus páginas. Mi lapicero de los subrayados yacía adormecido a mi lado sin ninguna esperanza de ser usado durante toda su lectura. Hoy, comenzando Cuánto es mucho tiempo, sólo en unos minutos el lapicero ya me ha hecho varios servicios. Las primeras palabras que encuentro al abrirlo ya me hacen parar la lectura y considerar un pensamiento original lleno de resonancias que apuntan a sumergirse dentro de uno para explorar nuestro propio mundo interior. Así comienza el libro de Juanjo: ‘Existen infinitas clases de paisajes: selváticos, boscosos, fluviales, agrestes, costeros, interiores… salvajes, monótonos, desolados, paradisíacos, grandiosos, despiadados…  y con frecuencia solemos definirlos sin caer en la cuenta de que, al hacerlo, nos referimos en realidad al estado de ánimo que nos provocan”. Una idea nueva, sugeridora, que en cuatro líneas nos habla de cómo las montañas y los paisajes que amamos son parte de la razón de nuestro ánimo, ellos son las aguas que engrosan nuestras vidas y dan sentido a nuestra peregrinación por el mundo. “Ya no soy hombre ni pájaro, sólo alguien que se debate entre el cielo y la ternura, el aire y la soledad”. Míriam no describe un paisaje, sus versos son el resultado de las vivencias que el paisaje y las montañas le provocan. Una simbiosis entre el hombre y la montaña de la que éste se nutre y que Juanjo expresa en la página inmediata de su libro de una manera tan gráfica como elocuente. Esto escribe: “De niño debí de caerme en el caldero donde se fabricaba la pócima de las ganas de vivir”. “Todo el que vive muere, pero no todos lo que mueren han vivido”, escribía él en Cita con la cumbre, recogiendo las palabras que un alpinista neozelandés había hecho grabar en su camiseta.





La pérdida del deseo de trascendencia por cualquier clase de actividad alpina, que él expresa tras su larga experiencia en la montaña, quizás sea una de las facetas que más me gustan de este hombre. Esa cualidad humana tan preciada y atractiva de la sencillez y la humildad es algo que no está de moda ni en el mundo del alpinismo, ni en la política ni en la actividad social, y que por tanto, cuando uno se la encuentra en su camino, pues eso: ¡Chapeau!

Apenas leyendo una página y media de este nuevo libro y ya me ha dado suficiente aliciente como para quedarme hasta las tres de la mañana sacándole punta a alguna que otra intuición que me estaba provocando la expectativa de esta nueva lectura. Antes de cerrar el kiosko echo una ojeada al índice y me encuentro con un curioso título que reza así: “Portilla, Ramón Portilla y las contradicciones no antagónicas” (genial retruécano, por cierto). Total, que tratándose de Ramón con el que pasé un par de semanas de agradable compañía siguiendo su libro Historias de bellas montañas, me picó la curiosidad y no esperé a que llegara el turno del capítulo para la lectura. Conozco poco a Ramón, pero el retrato que hace Juanjo de él en apenas una página, de alguien que es incapaz de trazarse un sueño sin ponerse de inmediato a caminar tras él, mezclándole en sus convicciones marxistas, las de Juanjo, para resaltar la “contradicción no antagónica” que le hace exclamar “¡No me jodas que el Portilla es socio del Peñalara!”, me ha hecho soltar una sonora carcajada.  De todos modos, bromas aparte, a Juanjo a las cualidades de buen narrador y alpinista se le añaden, con ese breve retrato de Ramón, aquella otra de excelente retratista.

Pasadas las cuatro de la mañana. Se acabó. Buenas noches.

 

 

 

 

 


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