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| Origen del retrato: muro de Ramón Portilla “La cara que se te queda cuando los c....... de tus mejores amigos te abandonan y pasas la noche a -25º sin tienda ni hornillo…”. |
El Chorrillo, 22 de febrero de 2021
Esto de llevar un diario a veces es un coñazo. Estás tan tranquilo leyendo un capítulo de Juanjo San Sebastián (Cuánto es mucho tiempo) en que Ramón Portilla le ha engatusado para acompañarle en uno de esos sueños por colecciones a los que éste es tan aficionado —Cumbres bíblicas, míticas y mitológicas, se llama el sueño—, y que consiste en este caso en subir el monte Ararat, aquel en que atracó el Arca de Noé, y terminas y piensas en echar una partida de ajedrez antes de ir a la cama y de repente caes en que el diario, tal huérfano carente de calor familiar te mira de reojo como diciendo “¿y yo qué? Y es que este pobre niño se ha habituado tanto a que un día sí y otro también ponga mis mano sobre él y le garabatee un millar o millar y medio de palabras que, ahora, cuando me ve echar mano del tablero de ajedrez, parece montarme enfurruñado una escena de celos desde la mesita en donde reposa a lo largo del día esperando que lo abra y le haga mimos con las yemas de los dedos.
Pero vamos a ver ¿qué quieres que te cuente a estas horas de la madrugada?, le digo. Y éste, que me ha visto sonreír hace unos minutos, alarga la cabeza y me dice:
–Pues me podrías contar por qué coño te reías hace un momento y poco antes de hace un momento sonreías… por ejemplo.
Mi diario es la leche, desde que lo adopté como recinto de mis pensamientos y reflexiones se ha habituado tanto a mi compañía que ahora más que otra cosa se parece a nuestro gato Mico, que en cuanto te descuidas se te sube al regazo para que le cuentes alguna historia. Bueno, es que antes de cerrar el libro me hizo gracia lo que contaba Juanjo, cuando después de ascender el Ararat preguntan en Estambul, en el hotel, si tienen baño turco con masajista y como les dijeran que sí, pues que allá fueron. Sólo había un inconveniente, y este consistía en que las dos masajistas disponibles eran jóvenes y muy guapas. Quizás no hubiera sucedido nada, escribe Juanjo, agrega un punto y seguido y a continuación nos dice que “… así que terminanos en los baños público más cercanos”. Esa clase de silogismo que estudiábamos en el bachillerato que en base a dos premisas había que construir una conclusión que estuviera dentro de la leyes de
La parte de la sonrisa venía a cuento de las aficiones de Ramón por “las colecciones”, sobre las que Juanjo hace una curiosa digresión. Dice que le resulta difícil entender por qué cuando uno es joven piensa en objetivos individuales, escalar tal montaña, hacer esto o lo otro, mientras que cuando “va sumando años y quedan más por detrás que por delante” es entonces que los sueños surgen por “colecciones” en lugar de por unidades. Y me hacía sonreír esto último porque no otra cosa me sucede a mí desde hace tiempo, una temporada de coleccionar caminos de Santiago, otra de completar las Vías Alpinas de los Alpes o las rutas que cruzan el Pirineo, en primavera circuncaminar la islas en un radio de mil o dos mil kilómetros a la redonda; últimamente subir cada semana a dormir en alguna cumbre. No había caído en ello, pero desde que me jubilé no he hecho otra cosa que hacer colecciones, quizás bastante parecidas a las que hacía de niño cuando coleccionaba cromos, sellos o conchas de mar.
Me he encontrado con esta pareja ya en tantas ocasiones y con su humor, que pareciera que ya fueran a formar parte de mis recuerdos de la época de confinamiento, esa que recordaremos para siempre, esperemos, como tiempo de lectura y recogimiento hogareño –no hay mal que por bien no venga, que dice el refranero–. Los dichos de Ramón, su amigo Aníbal para Juanjo en ocasiones, precedidos por aquella quijotesca salida de “Mis arreos son las armas, mi descanso es pelear, mi cama las duras peñas, mi dormir siempre velar” y las anécdotas que aparecen aquí y allá como la de aquella dichosa gaviota en las tierras del río Yukón o los territorios del noroeste canadiense cuyo vuelo alrededor de Ramón describe con regodeo minuciosamente Juanjo: “La gaviota nos vio a los cuatro, pero eligió a Ramón. Se lanzó hacia él y le sobrevoló a una distancia prudencial… repitió la maniobra, pero esta segunda vez dejó caer sus heces, viscositas y calentitas sobre el hombro de Ramón”. A lo que siguió, naturalmente el descojono infinito de Juanjo. Yo no sé si a Juanjo o a Ramón, ambos autores de libros de montaña, se les habrá ocurrido alguna vez escribir un volumen dedicado exclusivamente a relatar y celebrar en el campo literario esa sana amistad que por tantas montañas del mundo ha rodado. Yo, y conmigo creo que otros muchos, leería con gusto una aventura así plagada de tan densa amistad y montañas.
La última entrada en el muro de Feisbuk de Ramón es una muestra de ese sentido del humor que tanto Juanjo como él saben regalarnos. La fotografía de su entrada, que es la misma que encabeza este post, venía acompañada de este texto: “La cara que se te queda cuando los c....... de tus mejores amigos te abandonan y pasas la noche a -25º sin tienda ni hornillo…”. Ese momento que llega, y gracias a que llegó, en que ya es posible reírse de uno mismo, ¿no?, comentaba yo a su entrada.

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