Pico de la Tornera, 23 de febrero de 2021
Cuando abro la app que uso para escribir me encuentro en la cabecera de la pantalla una frases que dice: “Lo que da vida a nuestras vidas”. Unas pocas palabras que debí de tomar ayer terminando la lectura del libro de Juanjo, pero cuyo contexto he olvidado. Es lo mismo, quizás sirvan para comenzar mi habitual charleta con mi diario, esta vez envuelto en la niebla de la cima del pico de la Tornera. Hace un rato andaba luchando con la tienda de campaña, esa nueva que compré recientemente a lo chinos y que pesa tan poquito; la ventolera sobre la cumbre, que esta semana he tenido el capricho de elegir, era considerable y aquello más que una tienda parecía un parapente a punto de hacer un despegue espectacular. Una cumbre con un pradito chiquito justo para mi tienda que ni los ángeles más obsequiosos hubieran igualado el regalo. Poco antes de llegar a la cima ésta se había vestido con sus mejores prendas con los últimos colores del atardecer. Quise llegar a tiempo para despedir al sol sobre su cabezota de granito, o acaso era gneis, que mis conocimientos de geología son parcos, pero encontré toda la ladera de levante con una delgada capa de nieve y ello ralentizó mi paso, despacio, sí, no te vayas a dar un morrazo con un resbalón. Llegué lo justo para hacerme una mala fotografía junto al pirulo geodésico, esa rara costumbre de querer decir a los cuatro vientos: mira tío, ahí he estado, ese tipo de fotografías que forman parte de las obligaciones de los ochomilistas que pisan cumbre y que constituyen la prueba irrefutable de que han estado donde dice haber estado, aunque ahora con el Photoshop ni eso, que algunos habrá que para ser creídos tendrán que llevarle a Sebastián Álvaro (si algún día llego a conocer a Sebastián le rogaré personalmente que me perdone por esta reiteración con que el humor me da para recordarlo a raíz de sus manifestaciones sobre los nepalíes que coronaron el K2 recientemente) un certificado firmado por Dios Padre, o en su defecto por Shiva o cualquiera de las deidades del panteón hindú, en donde conste si la cosa ha acontecido con oxígeno o sin él, si de noche o de día o si lo han hecho a la pata coja o simplemente caminando, como Dios manda, que decía mi madre. Eso, que pensando en estas cosas perdí el culo armando el trípode y disponiéndome a dejar testimonio con una imagen ante el mundo mundial, de que hoy 23 de febrero, fecha de nefanda memoria, a no sé qué hora de la tarde, un servidor ponía el pie en la cumbre de La Tornera, cota tal de tal, a dos patas y sin oxígeno suplementario. Como un servidor no es nada patriota, que más bien de tanto viajar se siente un ciudadano del mundo a secas, no le cupo la idea de traerse ninguna banderita, ni tampoco le cupo la idea de cantar ningún himno para celebrar la ascensión, que en todo caso lo mismo lo que hubiera podido cantar habría sido La Internacional o quizás mejor aquello de Era don Pepito, era don José de los inolvidables Fofó, Miliki y Fofito.

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| Peña la Cabra |
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| Pico la Tornera |
De verdad, no es que quiera seguir dando la vara con aquello del uso que se hace desde el sillón de casa con los acontecimientos de una cumbre del Himalaya donde sopla un biruji de cuarenta o cincuenta bajo cero, es que simplemente vino a cuento a raíz de mi ascensión de esta tarde sin oxígeno, bueno, tanto como sin oxígeno, no, que aquí no es necesario llevarlo a la espalda, que lo puedes tomar gratuitamente del aire (pooor, ahora, que ya veremos dentro de unos años).
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| La Tornera |
Pues sí, eso de lo que da vida a nuestras vidas se lo he pillado a Juanjo San Sebastián que es un vasco que no sólo sabe lo que se dice sino que de tanto en tanto se saca del sombrero ideas tan originales e interesantes que es necesario tener constantemente un lapicero a mano para subrayarlas y que éstas no vuelen. Yo no comprendo a mi amigo Paco, Paco el estrellero, que además tuvo la felicísima idea de construirse una casa frente al incomparable marco de la naturaleza (que diría Félix Rodríguez de la Fuente) del Circo de Gredos, Paco, que es un señor que lee mucho y que también le gustan los libros de Juanjo, pero que no los subraya, razón por la cual un servidor recibe de tanto en tanto de regalo alguno de esos libros que él ya ha leído. Bueno, de hecho es también el que me suministra y me aconseja sobre la mejor bibliografía de montaña. Éste de Juanjo, sin más, me lo regaló él. ¡Ay!, que haría mi pobre memoria sin los subrayados, ese gusto de volver a los libros que has leído a lo largo de la vida, volver a ver qué decía de más interesante don Unamuno cuando lo leíste a los veinte años, o a comprobar las frase memorables de Homero, aquello de cuando los caballos lloraban tras la muerte de Héctor, o… todos los infinitos párrafos en que nuestros ojos han recalado para deleitarse con unos versos o una idea genial. En fin, que gracias de todas maneras a Paco, porque si no me hubiera regalado el libro de Juanjo me habría perdido algo verdaderamente interesante. Interesante como eso de lo que da vida etcétera; porque vamos a ver, pandas de ….. (larguísimos puntos suspensivos) que… (más puntos suspensivos) ¿no os enteráis, tíos, que lo que da vida a la vida no es eso? De verdad, el que quiera saber cómo se come eso de… (que ya he repetido varias veces, eso de la vida) pues que eche un vistazo, por ejemplo, hay muchos por ahí, a Cita con la cumbre. Ahí os enteraréis de qué va la cosa. Y si no sois aficionados a la lectura, tanto monta, en ese caso citaros con alguna cumbre, venid a daros una vuelta por alguna de ellas, o a echaros un sueñecito en su picorota (atentos a la autoridades, eso sí... y ello siempre que seáis discretos y no lo divulguéis mucho, porque si cunde el ejemplo ya la hemos jodido), y seguro que encontraréis pequeños tesoros con que engordar la vida. Sí, un tono un tanto pedagógico que no me gusta, pero es que por aquí se está levantando un viento que azuza en exceso mi tienda y necesito terminar de cualquier manera.
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| La Tornera |
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| El Ocejón al fondo |
Últimamente para elegir a qué montaña subir cada semana no uso ni la geografía ni mis preferencias montanas. Está tan cambiante el tiempo que he decidido regirme por los partes meteorológicos a fin de disfrutar la noche bajo un cielo estrellado. Hoy podía haber ido a los montes Carpetanos, pero cuando sobrepasé La Cabrera encontré que por allí había demasiada nieve reciente y aunque me había traído las raquetas de nieve preferí el suelo firme a ese curro ímprobo de abrir huella. En las cumbres de Somosierra la nieve era todavía más abundante, así que poco más allá de Lozoyuela giré a la derecha y me dirigí a la sierra del Rincón. Allí hay un manojo de bonitas cimas para pasar la noche. Dejé la furgo en el puerto de la Puebla con la intención de subir a dormir en el Alto del Porrejón, pero llegué allí tan pronto que decidí seguir adelante. El día anterior Pedro Nicolás daba cuenta en su muro de su ascensión al pico de la Tornera, que era precisamente la cumbre bonita y prominente que tenía allá por delante en la lejanía; así que hacia allí me dirigí pese a que quizás llegara entrada la noche. No fue el caso. Es una cordal agradable de caminar con algunas alturas graníticas que hacen entretenido el sendero. A la izquierda se yergue siempre a la vista la cima del Ocejón y a la derecha constantemente tenemos Peña la Cabra, que poco a poco va cambiando su forma piramidal por aquella otra oblonga y que veré constantemente cubierta por una nube lenticular que al final se convertirá en su gorro de dormir cuando el sol se oculte detrás de ella.

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| La Tornera |
Ahora una despedida rapidita y me pongo con la cena. El viento agita discretamente la tienda y de vez en cuando me regala algunas gotas de agua sobre la cara provenientes de la condensación. El cono superior de mi tienda, sujeta con un bastón, aparece iluminado por la luna como si éste fuera el ábside una iglesia gótica iluminado por la luz de la mañana. Hace un temperatura tolerable y, como siempre, la sensación de soledad es magnífica. Hoy, caliente y confortable como estoy en el saco, no me van a dar las ganas para salir a hacer ninguna fotografía nocturna. Otra vez será.
Me voy con la cena.
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| Cabeza del Viejo y Cerro Collado Míjar |
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