“Fue afortunado en verdad, Ogata Korin;
Cima de
El verano ha instalado en nuestra sierra calores olvidados que vienen ahora a darnos las buenas tardes con un cierto sabor a hora de siesta que ni siquiera aminora la débil brisa que atraviesa el collado Marichiva. Pero los pinzones ni se inmutan , y menos las moscas que zumban junto a las orejas. Yo siempre me pregunto qué coño buscan las moscas revoloteando alrededor de la cabeza como si allí fueran a encontrar qué se yo, zumba que te zumba como si mi cabeza fuera ese panal de rica miel al que aludía el poeta.
Venía pensando mientras subía hacia Marichiva en esta manía de escribir cada vez que piso el monte, que es algo así como esa otra manía de pensar J y que a fin de cuentas tampoco es una manía excesivamente peligrosa, ya que incluso desde el punto de vista higiénico bien pudiera considerársela tan útil como cepillarse los dientes. El cepillo te mantiene limpia la dentadura y la escritura despeja no pocas incógnitas de tu cabeza; sí, que las cosas del mundo están casi siempre muy embrolladas y hasta donde se pueda conviene desembrollarlas, cosa que escribiendo resulta generalmente más fácil. Bueno, pues junto a estos razonamientos se me ocurría que mucho en la vida es repetirse, que resulta que a mí lo que me apetecía esta tarde era volver a hablar de Carlos Soria, pero como he escrito tantas veces sobre él, pues que encontraba un poco chungo volver otra vez a darle a la vaina de la edad y a cómo este hombre, que parece no cumplir años, torea todas las convenciones sobre la edad habidas y por haber. Pero aún así me digo: y qué pasa si te repites. Y es que, coño, el tío ha aterrizado proveniente de Nepal hace media hora y ya está de nuevo en el escenario de su habitual entrenamiento subiendo y bajando Telégrafos a la carrera. Vamos, que no deja a su cuerpo un minuto de descanso. Días atrás, que había subido al FB una fotografía corriendo monte arriba con su hija, ya se lo había comentado. Me encanta, le decía. Y es que sólo de verte subir ya se le pone a uno el ánimo de comerse el mundo. Sigue, sigue alimentando nuestras ganas de vivir. De verdad que no puedes imaginarte la fuerza que infundes, a mí en concreto, con tu disposición de ánimo. Me marcho todo el verano a vagabundear por los Alpes. Allí cumpliré 73 años y “sólo le pido a Dios”, como dice la canción, que dentro de otros diez pueda seguir haciendo lo mismo. En mi macuto llevaré tu recuerdo para que me dé ánimos.
Repetirse a estas alturas, como si de un mantra se tratara, ese sí se puede, para que quede bien enquistado en la cabeza y no se olvide que pese a la edad sí se puede, que tiene que seguir pudiéndose porque si no la jodimos, al menos en tanto el cuerpo pueda dar de sí. A veces se me ocurre que este diario de jubilado no tiene otra función que la de ser testimonio para un tiempo por venir de un presente que quisiera ser también el futuro. Tanta especulación y tanto dar vueltas a parecidos asuntos un día sí y otro también no puede tener una finalidad muy diferente.
Ahora escribo en el collado de Tirobarra. El azul del cielo, el amarillo pujante de los piornos, y las nubes, blancas como esas que pintan los niños pequeños sobre un cielo intensamente azul, forman un apacible cuadro. Tumbado sobre la hierba escucho a los pájaros, una ligera brisa barre el collado, al calor de hace un rato le ha sustituido un ligero fresco y la tarde se ha hecho deliciosamente sosegado. La cima del Pingarrón, donde quiero pasar la noche, está ahí a tiro de piedra, pero no hay prisa.
En la cumbre, mientras el sol lentamente busca el lecho donde pasar la noche, leo a Luis Antonio de Villena. “Su vida fue un culto a la efímera sensación de belleza”. Efímera, leve, suave como el roce del ala de la paloma. Frente a mí las laderas de Peña Oso y Peña Águila reciben la tibia luz del final del día, algunas mariquitas trepan por mis piernas sorprendidas por la presencia de un extraño en sus dominios. Y esa efímera belleza me recuerda una vez más a un amigo que gusta caminar en la noche, caminar en la oscuridad, rastrear el juego de las luces y sombras que la luna va dejando en los callejones entre los grandes bloques de granito, salir al encuentro de la eclosión del sol entre las montañas, buscar la suavidad de la brisa que agita las ramas de los árboles en la espesura del bosque. Y recuerdo una de aquellas noches de cuando era joven de recorrer España en auto-stop, en que accidentalmente me pilló el final del día en una alameda y cómo la belleza aquella noche fue el arrullo de las hojas de los álamos que sonaban como una deliciosa música acunando mi sueño. Y cómo aquel vivac en el bosque posteriormente, cuando tuvimos una casa y un pequeño terreno, influyó para que dedicaremos un espacio en que plantar una reducida alameda que más tarde enriquecería mi sueño durante tantas noches de brisa y viento. Esas noches ahora en que me despierto en la cabaña y el sonajero de las hojas de los álamos cercanos me acompaña.
Efímera belleza la que encontramos a nuestro paso, hoy esas pequeñas flores blancas, cerastium (
Belleza efímera ahora ya la del universo que se enciende encima de mi vivac, hace unos días sobre el Corral del Diablo, otras veces sobre el Morezón o sobre cualquier otra cumbre de nuestras sierras. Belleza efímera de este mundo que pisamos cuando nos acercamos a las montañas, cofrecillo todas ellas de rincones donde se atesora tanta gracia en la que recrearse, donde es posible aquietar y dar paz al espíritu. Amén.
















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