En deuda con el placer

 


Camino del Col de Les Mattes, 28 de junio de 2021

Refugio de Bise Col de Mattes


Probablemente será algo que se respira que sucederá todo el verano, así que cuando la vi venir, unos pocos truenos restallando por las alturas, no lo dudé. De hecho ya se acercaba mientras subía buscando con la mirada cualquier mínimo espacio que me pudiera servir para poner la tienda. Era pronto, las tres y media, pero sí dejas que la tormenta te sorprenda en un bosque como éste, severamente pendiente, estás arreglado, no secas tu impedimenta en dos días. Así que fue oír los primeros truenos y colocar la tienda en lo mejor que encontré, un pequeño lomo bastante inclinado. Efectivamente, apenas demoró unos minutos empezar a llover. De hecho me vino muy bien, el viejo amigo del dolor de espalda ha despertado hoy de una manera inusitada y tras la comida en Chapelle d’Abondance me ha venido cantando la marimorena sin ninguna consideración. Llevo años haciendo ejercicios a diario para mitigarla, pero como sí quieres arroz Catalina, cuando le da no para. Aunque lo mismo en esta ocasión con razón. En Chapelle tuve que desviarme algún kilómetro para acercarme al supermercado y ya se sabe que cuando se entra en un supermercado el carrito de la compra va repleto. Sí, incluida el agua salí de allí con cuatro o cinco kilos más. Demasiado para una espalda con problemas. Y aunque comí a la orilla del río y algo del peso pasó de mi mochila a mi cuerpo éste —¡guauu!, petardazo al canto— sigue un tanto acojonado por todo lo que le echo a la espalda. La tormenta vuelve a la carga, pero es curioso ni los papamoscas ni los carboneros garrapinos se arredran por ello. Entre trueno y trueno los oigo cantar al unísono con la lluvia.

La música de la lluvia no es como la de Bach, pero precisamente es su monotonía y su reducido número de voces, el ruido sobre la tela de mi tienda, sobre las hojas de los árboles o sobre una espesa vegetación de hojas grandes, la que crea un fondo sonoro tranquilizador que hace de la tarde un rincón de mi propia casa.


Las seis de la mañana parece que es una hora con la que ha sintonizado bien mi cuerpo. Cuando comencé a caminar hace unos días tomé la determinación de dejarle un poco a su aire, así que todas las noches apago totalmente el teléfono y dejo que mi cuerpo decida a qué hora levantarse, y lo que sucede es que en los tres días que llevo por aquí siempre ha sido esa hora a la que me ha despertado. Hoy no había muesli así que desayuné como en la infancia, pan con leche, ese desayuno universal de cuando de niño iba al colegio y lo primero que encontraba sobre la mesa de la cocina era un gran tazón lleno de pan. La leche había hervido, ah, qué poco me gustaba cuando mi madre me ponía a la espera de ese momento, allí como un pasmao esperando a que el hervor levantara la tapa del cueceleches y por el agujero central empezase a desparramarse la espuma. Desayunar y salir pitando para el colegio en la otra punta de Madrid, desde el Alto Extremadura a Estrecho. El tranvía, algunas veces en el parachoques para ahorrarme unas pesetas, después el metro Príncipe Pío – Ópera – transbordo en Cuatro Caminos y Estrecho. Así durante ocho años, eso sin contar los sábados o algunos domingos que iba caminando hasta allí. Sábados y domingos porque había que ir a misa. Después de la misa tocaba jugar al fútbol, defensa central de la selección del cole durante algunos años, y por la tarde cine. Apenas pasaba las horas de la noche en casa. En vacaciones sí, lejos de Madrid, en mi caso acampando a la orilla del río Alberche, tenía que ir a misa los domingos a Aldea del Fresno y pedir que el párroco me extendiera un justificante de haber asistido durante los dos meses. Los salesianos eran la reoca.

Así que desayunar y tirar para arriba. Estas primeras horas de la mañana son muy gratificantes. Subir lentamente mientras ves despertar las montañas. Hasta el Pas de la Bosse, algo más de una hora, no me quito el forro, hace fresco. Allí, una vez he alcanzado el sol, hablo un rato con Victoria. He convenido con ella en mandarle mi posición con el teléfono satelital cuando no tengo cobertura, pero es que dentro del bosque ha sido imposible. Me disculpo. De todos modos ya está acostumbrada. Desde allí es todo bajar sin prisas. 


Elegí un libro poco adecuado para esa mañana,
En deuda con el placer, de John Lanchester, un hombre, al decir del traductor, erudito, voluptuoso, snob y terriblemente civilizado que fue, junto al Marqués de Sade, una de las grandes mentes transgresoras de su época. Aquello sonaba bien, pero en esencia el placer sobre el que escribía el autor era el de las papilas gustativas, que con toda seguridad cumpliría todos los requisitos del paladar de mi amigo Paco, eminente cocinero, además de estrellero, de las tierras avulenses (Paco, si lees esto y tienes curiosidad dame un toque y te mando el libro). Leí durante una hora, una prosa rica y densa que cumplía todos mis requisitos, pero que llegado al punto de la preparación de la primera receta en la que los huevos de esturión y otras exquisiteces fuera de mis usos culinarios eran obligados, terminé por abandonar. En su lugar encontré un libro caro a Irene Vallejo, de cuando leí El infinito en un junco, un libro de esos que la autora se llevaría a una isla. Se trataba de El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani. Así que en ello estoy. Cuando me metí en la tienda, mientras la lluvia tamborileaba sobre el techo volví a la lectura, pero tendré que dar marcha atrás, porque dos de los capítulos los escuché medio dormido.

Empieza a oscurecer. El agua sigue repicando sobre la tela de mi tienda y el estómago está pidiéndome que me ponga con la cena.





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