Recolectar sensaciones

 


Cercanías del refugio de Bise, 27 de junio de 2021

Croix Grand Chernoy – Refugio de Bise.


No es fácil observar a las sensaciones, ver cómo estás nacen, se desarrollan o llegan al climax ese en que uno parece levitar al modo de santa Teresa sumido por entero en un ramalazo de felicidad y plenitud o por el contrario descendido a los infiernos de un sentimiento de puro odio. Para examinar esos instantes sin que las sensaciones vuelen torpedeadas por un observador metido a curioso, habría que desdoblarse en un difícil equilibrio de funambulismo. Aún así siempre tenemos, si tan curiosos somos, la posibilidad de examinarlas a posteriori. Me sucede en este momento a las cinco y media de la tarde metido en la tienda al resguardo de la lluvia. Un día duro de esos que te dejan la espalda y el cuerpo molido. Había caminado las tres primeras horas bien salvando algunos desniveles considerables, pero tras el piscolabis de mitad de mañana el cuerpo se me resistía. No había ningún placer en estas circunstancias. En dos ocasiones había equivocado el camino subiendo a dos picos que podía haber evitado, pero bueno, a esa hora todavía me iba bien y disfrutaba comprobando cómo mis piernas respondían, lo que no fue el caso más tarde. Dos veces tuve que parar a comprobar las pulsaciones, que en ningún caso deberían pasar de las ciento cincuenta, porque me veía sobrepasado.

Me dediqué un poco a eso, a observar qué sucedía en mi cuerpo y en mi cabeza. La noche anterior, después de salir a fotografiar las estrellas y el paisaje nocturno del lago Leman, fue la eclosión de un ramalazo de erotismo provocado por una imagen reciente, después la paz de la soledad de aquel paraje, el silencio, la sensación de bienestar; sin embargo esta mañana era resistir. Ahora, tumbado en la tienda, me observo en retrospectiva, recuerdo esas sensaciones que acompañaban al cansancio pero también la placentera y larga cabalgada por una afilada cresta cuajada de botones de oro y nomeolvides, o la aparición repentina al fondo del macizo del Mont Blanc envuelto en nubes. Al cuerpo y a la mente les estamos proporcionando continuamente información y ésta puede ser baladí, indiferente a nuestro ánimo, pero de camino por las montañas, una nueva perspectiva, un paso complicado o la exultante belleza de un especial rincón, hacen que nuestro organismo responda de una manera particular, sensaciones de bienestar, cansancio, impotencia, fuerza o debilidad se mezclan en el caminante formando un particular cóctel que el organismo recibe en bruto y que sólo un buen catador de sensaciones sin prisas es capaz de celebrar. En el menú de la mañana entra, por ejemplo, arrodillarse de vez en cuando a la vera del camino para rendir culto con la cámara a las pequeñas flores que alargan la cabeza a mi paso. Arrodillarse, buscar un encuadre con un fondo oscuro, esperar que la cámara no ponga inconvenientes, que los pone, y disparar. En ese instante la flor y su sencilla elegancia se erige en representante de todo lo que vibra a nuestro alrededor y ese rincón, esa flor, ha representado la belleza más amplia de un recorrido que toma entidad en ese diminuto detalle, o en los colores de un paisaje donde se mezclan las inermes montañas y la vida que las cubre.

Si al final del día destapamos el cestillo de las sensaciones que hemos recolectado y lo que encontramos allí es sólo una amanita muscaria en lugar de robellons, setas de cardo, oronjas, morillas o níscalos quiere decir que el día ha sido fructífero, porque siendo cierto que las sensaciones son lo mejor que tenemos hay que aclarar obviamente que no se trata de todas las sensaciones sino de aquellas afectas a nuestro ánimo.

Larga tarde de descanso bajo una agradable lluvia intermitente. Cuando salgo de casa el mejor lugar del mundo para pasar largas horas es el interior de mi tienda, luminosa, amplia, ligera, una maravilla que los chinos comercializan por algo más de cien euros y que con su peso de setecientos gramos se ha convertido desde hace meses en un agradable hogar cada vez que abandono mi cabaña. Ah, si las cosas del mundo funcionaran de otra manera ni viajando por cualquier parte del mundo la abandonaría. En ese ir ligero de equipaje ideal para una vida nunca faltaría mi tienda. Todo lo que necesito para vivir durante largos meses lo tengo aquí dentro a mano con solo alargar el brazo. Estaba cansado, me tumbé en un prado, comenzó a llover, puse la tienda y ya fue el confort completo, ni moscas, ni mosquitos, ni agua de lluvia que se valga.

He dormido una larga siesta y ahora me despiertan los pájaros. La lluvia suena suave contra la tela de la tienda. Un poco más abajo en el valle después de dejar atrás el chalet refugio de Bise donde he comido, ella ha encontrado su lugar entre grandes peñascos calcáreos diseminados en un bosque de abetos.

Atardece. Mi tienda se convierte en una caja de resonancias tras la cena. Bach y sus conciertos de Branderburgo llenan ahora el espacio interior de esta clara pirámide de tela. Y me acuerdo en este instante de Pascual Maragall que en el documental Bicicleta, cuchara, manzana refugiaba su incipiente Alzheimer en las Variaciones Goldberg. No quiero distraer mi atención de la música. Creo que un día de estos necesitaré hablar de ese documental que ha dejado una honda huella en mí desde esa situación mía en que la memoria naufraga tan a menudo tratando de abrirse paso en palabras que no logro recordar o cuando me paso el día buscando esas dichosas gafas que nunca sé donde he puesto. El Alzheimer como el cáncer son dos amenazas constantes para las personas que vamos cumpliendo muchos años.

Una coletilla, los que no creemos en Dios tenemos que dar eternas gracias a los que sí creen porque ello ha hecho posible estas maravillas que son las obras de Bach. Cioran decía que si Dios existiera debería dar gracias a Bach. A falta de ese Dios que algunos inventaron a la altura de sus deseos, demos gracias a todos los artistas que se inspiraron en ese viejo relato de las religiones para dar vida a un arte desbordante que hoy nos llena de completo gozo.










 

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